Salud, bienestar y política de competitividad para después de la Covid-19

Crisis del coronavirus.
Crisis del coronavirus.
Tres razones por las que un servicio de salud gratuito, universal y de calidad debería ser el eje de nuestro modelo y consecuentemente debería ser objeto de un esfuerzo inverso extra durante los próximos años.
Salud, bienestar y política de competitividad para después de la Covid-19

No existe un único modelo de estado del bienestar. Quiere decir esto que tanto la filosofía que inspira cada modelo, como el peso que se le otorga a los distintos componentes, varía significativamente de unos países a otros, aunque compartan ciertos principios comunes. Así las configuraciones existentes en Francia, Reino Unido, España, Suecia o Japón difieren todas entre si.

Es importante tener esto en cuenta porqué, a veces, cuando se trata este tema, se discute como si fuera posible adoptar lo mejor de cada modelo. Esta es una utopía que, sin duda es útil en una perspectiva de largo plazo, pero poco pragmática para inspirar las políticas con plasmación presupuestaria. En un símil futbolístico, recuerda a cuando los hinchas de un club analizan la campaña como si para cada puesto fuera posible fichar al mejor del mundo.

Saber que no podemos obtener al mejor para cada puesto, entre otras razones por la restricción presupuestaria, nos obliga a priorizar cual es el puesto que es más importante para nuestro modelo, cual es el componente donde deberemos realizar un esfuerzo extra. Evidentemente siempre existe la tentación de tener un poco de todo, lo que generalmente sirve para obtener un resultado mediocre en todos los objetivos.

Me atrevo a sugerir tres razones por las que un servicio de salud gratuito, universal y de calidad debería ser el eje de nuestro modelo y consecuentemente debería ser objeto de un esfuerzo inverso extra durante los próximos años.

La primera de ellas es que España ha sido durante los últimos 50 años un país fuertemente dependiente de los ingresos derivados del turismo. Un sector para el que contamos con numerosas ventajas competitivas: proximidad a algunos de los principales mercados emisores del planeta: Reino Unido, Alemania, Francia, etc.; recursos naturales adecuados (extensión de playas, temperatura del agua, clima, etc.) y buena calidad de infraestructuras y servicios. También con notables amenazas, este es un mercado que se ha hecho extremadamente competitivo en los últimos años, con una progresiva incorporación de competidores a lo largo y ancho del Mediterráneo. Además de los tradicionales, como Francia, Italia, Grecia, etc, podemos contar a Croacia, Turquía, Túnez, Marruecos y más que podrían citarse e incorporarse. Este es un mercado que en los próximos años va a resentirse terriblemente a consecuencia del impacto del COVID-19. La gente tenderá a viajar menos y viajará a destinos que conozca mejor y en los que se sienta más seguro. Esta es la clave, ofrecer seguridad, confianza, la certeza en que cualquier incidencia podrá ser atendida en las mejores condiciones.

En segundo lugar, porque esta función productiva, esa garantía extra ofrecida a los visitantes, en absoluto limita el acceso o la calidad ofrecida a los residentes. Por el contrario, puede aplicarse en condiciones eficientes a los visitantes precisamente si goza de una buena cobertura para los nacionales. En ese sentido cabe recordar que a lo largo de los últimos años hemos asistido a importantes recortes de la sanidad pública, tanto en términos de personal disponible, como de infraestructuras y recursos. Recuperar la inversión en sanidad no solo tendría un importante efecto contracíclico, porque el personal sanitario contribuiría a sostener la demanda interna, sino porqué también apuntalaría el desarrollo de la mayor industria de este país: el turismo.

En tercer lugar, porque especialmente después del papel que el sistema de salud ha jugado durante esta pandemia, goza de un grado de consenso y valoración públicas del que ningún otro elemento goza y por tanto, esta inversión tendría una elevada aceptación social. Un elemento central de esta cohesión, del consenso alrededor de nuestro servicio de salud es la calidad. Es decir, no llega con que sea público y universal, ha de ser calidad. Esta es la condición suficiente. Solo así una gran mayoría social seguirá siendo defensora de este modelo.

Esto no quiere decir, ni que las políticas turísticas, ni las de bienestar terminen o se reduzcan a la mejora de la sanidad. Probablemente será necesario volver a algo similar a los planes de competitivad y repensar cuales son las mejoras de infraestructura pública y privada necesarias, cuál la comunicación que es adecuada para este punto de inflexión en el que nos encontramos, cuales las exigencias que, además, impone el cambio climático, cuál el papel de la calidad de los recursos humanos, cuál el de la seguridad, etc., etc. Del mismo modo que el estado del bienestar deberá buscar una combinación de instrumentos que permitan evitar, cuando menos, que se abran nuevas brechas sociales y actuar especialmente allí donde el mercado a demostrado ser menos eficiente. Quiere decir, que la política implica priorizar y una clave de bóveda del engranaje de nuestro sistema productivo y social es la sanidad. @mundiario

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