La nueva fiebre del subsuelo: los minerales críticos y la batalla por su poder

Los minerales críticos se han convertido en el nuevo oro geopolítico, desatando una lucha que, bajo la retórica de la transición verde, reproducen las viejas dinámicas coloniales.
Recolección de litio. / RR SS.
Recolección de litio. / RR SS.

En la historia de la humanidad, el subsuelo siempre ha tenido más poder del que imaginamos. Desde el carbón que impulsó la revolución industrial hasta el petróleo que definió el siglo XX, los recursos enterrados han sido, una y otra vez, motivo de guerras, invasiones, tratados y traiciones. Hoy, en pleno siglo XXI, la narrativa se repite, solo que con nuevos protagonistas: el litio, el cobalto, el níquel, el tantalio o el grafito. Los llamamos “minerales críticos” porque sin ellos no existirían los móviles, los drones, los coches eléctricos, ni las energías renovables. Y porque, como era de esperarse, se han convertido en el botín de una guerra global sin cuartel.

El caso de la República Democrática del Congo es paradigmático. Un país de riquezas inagotables donde el subsuelo brilla más que el cielo. Fue devastado por el marfil y el caucho en tiempos del rey Leopoldo II y hoy sigue siendo exprimido por su cobalto, su coltán y sus tierras raras. Allí, en un tablero cada vez más sangriento, se enfrentan EE UU, China, Rusia y Europa, mientras empresas como Tesla, Apple o Samsung alimentan su cadena de producción con minerales manchados de conflicto.

Los discursos se visten de desarrollo, seguridad y sostenibilidad, pero lo que hay detrás es una feroz carrera por asegurarse el dominio del futuro. El presidente congoleño, Félix Tshisekedi, ofrece acceso a los recursos a cambio de ayuda militar estadounidense contra los rebeldes del M23. China, mientras tanto, mueve ficha sin interferir directamente, pero con miles de millones invertidos en infraestructura extractiva. La Unión Europea intenta no quedarse atrás, sellando acuerdos con países estratégicos desde Groenlandia hasta Namibia, pasando por Argentina o Kazajistán.

Esta pugna trasciende la diplomacia. Estados Unidos ha reactivado su músculo imperial con amenazas de anexiones, tarifas proteccionistas y órdenes ejecutivas que recuerdan a los tiempos más crudos del expansionismo. Europa, menos agresiva, sigue siendo profundamente dependiente: importa el 100% de algunas tierras raras y apenas rasca un 10% de lo que necesita para su propia transición energética. Y en medio de todo, China reina. Refinando más del 60% del cobalto, el níquel y el litio mundial, liderando la producción de grafito y dominando cada eslabón de la cadena de valor tecnológica.

Una geopolítica que no ha cambiado

Ahora bien, el problema no es que queramos baterías para coches eléctricos o turbinas eólicas para dejar atrás los combustibles fósiles. El problema es que el relato verde oculta una geopolítica que no ha cambiado en lo esencial: el control de los recursos sigue significando control del mundo. Y ese control se logra, todavía, a través de la apropiación, la presión, las guerras y el chantaje económico.

Mientras EE UU depende al 100% de China para 15 minerales estratégicos y promueve la reapertura de minas en su territorio, América Latina y África se convierten en el nuevo escenario de disputa. El llamado Triángulo del Litio —Chile, Argentina y Bolivia— o los proyectos de tierras raras en Groenlandia son solo algunos ejemplos de lo que está por venir. La fiebre por el subsuelo no ha hecho más que empezar.

Y quizás esa sea la gran tragedia: que en nombre del progreso, seguimos cavando. Que, con excusas nuevas, reproducimos lógicas antiguas. Que el futuro de la energía limpia se construya, paradójicamente, sobre una tierra cada vez más contaminada de ambiciones y cicatrices. La pregunta que queda en el aire es: ¿cuánto queda por excavar antes de que no haya nada más que polvo? Porque, al final, el poder no está en el cielo. Está enterrado bajo nuestros pies. Y hay quienes están dispuestos a todo por desenterrarlo. @mundiario

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