Irán plantea cobrar un peaje en el estrecho de Ormuz y eleva la presión sobre el petróleo

El Parlamento iraní impulsa una ley para imponer un peaje a los buques que atraviesen Ormuz, un paso clave por donde circula buena parte del petróleo mundial. La medida llega en plena escalada militar con Israel y Hezbolá, mientras EE UU insiste en una negociación cada vez más incierta.
Un petrolero tailandés es atacado por Irán en el estrecho de Ormuz. / RR. SS.
Un petrolero tailandés es atacado por Irán en el estrecho de Ormuz. / RR. SS.

Irán ha lanzado una señal clara al mundo con un mensaje más político que económico. El Parlamento prepara una ley para cobrar un peaje a los barcos que transiten por el estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles del comercio global. No es un simple trámite legislativo. Es una advertencia escrita con tinta jurídica en medio de un conflicto que ya lleva 27 días y que amenaza con incendiar no solo Oriente Próximo, sino también los mercados energéticos.

Ormuz es un cuello de botella estratégico. Por ese paso estrecho circula una parte enorme del petróleo y gas que alimenta Europa y Asia. Si Irán logra convertir ese tránsito en un sistema de control y cobro, el mensaje es doble. Por un lado, reclama soberanía. Por otro, recuerda que su capacidad de presión no depende únicamente de misiles, sino también de la geografía. En política internacional, la geografía es a menudo la forma más silenciosa de poder.

La propuesta iraní además intenta vestir de legalidad un terreno que suele jugarse en el límite del derecho marítimo. Teherán sugiere que los buques “no hostiles” podrán pasar, lo que abre una pregunta inquietante. ¿Quién decide qué es hostil? En un escenario donde la guerra y la propaganda se confunden, esa etiqueta puede ser un arma más.

Escalada militar y economía global en tensión

Mientras la ley toma forma, el conflicto no da tregua. Irán asegura haber atacado bases estadounidenses en Jordania, Baréin y Kuwait, además de objetivos israelíes. Israel responde con bombardeos “a gran escala” sobre territorio iraní, incluyendo Isfahán, un punto clave por su valor estratégico y militar. En paralelo, Hezbolá mantiene la presión desde Líbano, y los enfrentamientos en el sur del país siguen acumulando muertos y desplazamiento.

Esta dinámica tiene un efecto inmediato fuera del campo de batalla. El precio del Brent ronda los 105 dólares, reflejo del nerviosismo internacional. No hace falta que Ormuz se cierre para que el mundo tiemble. Basta con que parezca posible. El petróleo funciona como un termómetro del miedo.

Irán incluso menciona Bab al Mandeb, otro paso crucial que conecta el mar Rojo con el Índico. Si Ormuz es la garganta, Bab al Mandeb es otra arteria vital. Amenazar ambos equivale a colocar un candado sobre el comercio mundial.

La diplomacia como relato y la guerra como realidad

Washington insiste en que Teherán quiere negociar, aunque Irán lo niegue. Trump afirma que los líderes iraníes callan por miedo interno, mientras el Pentágono evita detallar operaciones y crecen las críticas en el Congreso. Las encuestas reflejan desgaste social, con mayoría de estadounidenses cuestionando el ataque a Irán.

Aquí aparece el fondo del asunto. El peaje de Ormuz no es solo dinero. Es un recordatorio de que, cuando la diplomacia fracasa, los Estados buscan otras palancas para sobrevivir y presionar. Convertir el mar en una aduana es, en el fondo, transformar la inseguridad en política de Estado.

El riesgo es que la escalada convierta el comercio global en rehén permanente, castigando sobre todo a las sociedades civiles, dentro y fuera de la región. La salida no pasa por golpes de efecto ni por amenazas cruzadas, sino por una negociación real, verificable y con garantías multilaterales. Sin eso, Ormuz seguirá siendo un fósforo encendido flotando sobre un barril de petróleo. @mundiario

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