Ormuz, clave del pulso entre EE UU e Irán en plena negociación incierta

Tras semanas de amenazas militares y escalada retórica, Donald Trump ha dado un nuevo viraje y apuesta ahora por la vía diplomática con Irán. Sin embargo, los contactos en marcha son aún preliminares, los mediadores operan en la sombra y el desenlace del conflicto sigue rodeado de incertidumbre.
Donald Trump, presidente de EE UU. / @WhiteHouse.
Donald Trump, presidente de EE UU. / @WhiteHouse.

El conflicto entre Estados Unidos e Irán atraviesa una fase marcada por la ambigüedad estratégica y los cambios de rumbo. En apenas 24 días de ofensiva, Donald Trump ha pasado de amenazar con ataques directos a infraestructuras clave iraníes a anunciar una apertura a negociaciones, en lo que supone un nuevo giro en su política exterior.

El detonante inmediato de este cambio ha sido la creciente presión internacional y el impacto económico derivado del cierre de facto del estrecho de Ormuz, un punto neurálgico para el comercio energético global. Pese a las advertencias de Washington, la situación sobre el terreno no ha variado sustancialmente, lo que evidencia la limitada capacidad de ambas partes para imponerse sin asumir costes elevados.

En este contexto, el exsecretario de Defensa Jim Mattis ha descrito el escenario como un “punto muerto”, subrayando que ni Estados Unidos ni Irán cuentan con margen suficiente para forzar una rendición del adversario. Su diagnóstico refleja el escepticismo que predomina entre analistas y responsables políticos.

Las conversaciones a las que alude Trump distan de ser negociaciones formales. Se trataría, más bien, de intercambios indirectos a través de intermediarios internacionales, entre los que destacan países como Pakistán, Turquía o Egipto. Figuras como el jefe del Ejército paquistaní, Asim Munir, han mantenido contactos tanto con Washington como con Teherán, intentando acercar posturas.

En paralelo, el vicepresidente J. D. Vance ha intensificado las consultas con aliados clave como Benjamin Netanyahu, mientras emisarios cercanos a Trump, entre ellos Steve Witkoff y Jared Kushner, exploran canales de comunicación con representantes iraníes cuya identidad no ha sido confirmada oficialmente.

Uno de los nombres que ha surgido como posible interlocutor es el del presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, aunque él mismo ha desmentido cualquier implicación. Aun así, en Washington se analiza la posibilidad de identificar figuras dentro del sistema iraní que puedan facilitar una salida negociada sin alterar completamente el equilibrio de poder interno.

El giro hacia la diplomacia responde también a factores internos. El coste de la operación militar se ha disparado, obligando al Pentágono a solicitar fondos adicionales millonarios al Congreso. Además, la guerra ha generado un creciente rechazo en la opinión pública estadounidense, un elemento especialmente sensible a pocos meses de las elecciones de medio mandato.

El impacto económico es otro factor determinante. La tensión en el Golfo ha mantenido los mercados en alerta y ha elevado los precios de la energía, lo que podría traducirse en un desgaste político para la Administración republicana. A ello se suma la inquietud de los aliados árabes, preocupados por las consecuencias de una escalada prolongada en la región.

Pese al tono optimista del presidente, la propuesta estadounidense —un posible acuerdo estructurado en varios puntos, que incluiría compromisos sobre el programa nuclear iraní— no ha sido detallada públicamente ni cuenta con garantías de aceptación por parte de Teherán. Irán, consciente de su posición estratégica al controlar el estrecho de Ormuz, mantiene una carta de presión clave que reduce sus incentivos para ceder sin contrapartidas significativas.

Expertos advierten de que ambas partes necesitan construir una narrativa de victoria que les permita desescalar sin aparecer debilitadas. Sin embargo, cuanto más se prolonga el conflicto, más difícil resulta para Washington presentar una retirada como un éxito político.

Así, el escenario actual combina contactos diplomáticos incipientes con una tensión militar latente. Estados Unidos e Irán se encuentran atrapados en un delicado equilibrio: avanzar hacia un acuerdo que ninguno puede imponer por completo o arriesgarse a una escalada cuyos costes podrían ser mucho mayores para ambos. @mundiario

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