Ingreso mínimo: cómo frena el empleo pero combate la precariedad
En un país donde el empleo precario ha sido durante décadas una herida estructural, el Ingreso Mínimo Vital (IMV) ha llegado con una promesa disruptiva: no solo cubrir las necesidades básicas, sino devolver el control sobre el tiempo, el trabajo y la vida. Pero en su quinto aniversario, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef) ha puesto cifras a una paradoja incómoda: el IMV disminuye la probabilidad de trabajar en un 12%. Una cifra que, lejos de condenarlo, debería abrir el debate sobre qué tipo de inserción laboral queremos fomentar y a qué precio.
No es un dato menor. Tampoco es del todo sorprendente. Numerosos estudios internacionales llevan años advirtiendo que las rentas garantizadas tienden a reducir la urgencia por aceptar empleos mal pagados. En el caso español, lo que la Airef constata es que ese descenso en la participación laboral se agrava especialmente entre los jóvenes, los hogares monoparentales y quienes reciben mayores cuantías, alcanzando un desincentivo del 20%. Una alarma estadística que, para algunos, valida el prejuicio clásico: que el IMV “acomoda” y desactiva a los pobres. Pero para otros, más atentos al contexto, revela algo mucho más profundo: que por fin hay personas que pueden permitirse decir "no" a la precariedad.
Porque el IMV, aun con sus sombras, ha introducido un giro civilizatorio en la relación entre pobreza y trabajo. Según la misma Airef, permite rechazar empleos basura, mejora la correspondencia entre formación y empleo, aumenta la probabilidad de firmar contratos indefinidos (un 3%) y genera una estabilidad que puede traducirse en mejor rendimiento laboral. Lejos de ser un lastre, puede ser una palanca para dignificar la búsqueda de empleo. Es decir: menos trabajo, sí, pero más libertad. Menos urgencia, pero más elección.
Según el diario El País, ahí es donde la lectura economicista choca con la visión social. ¿Es el objetivo que todo el mundo trabaje a cualquier coste o que lo haga en condiciones aceptables? ¿Queremos incentivar el empleo inmediato o construir trayectorias laborales sostenibles? El IMV, al cubrir mínimamente las espaldas, permite lo que ningún contrato temporal ni ningún “mini-job” garantiza: tiempo para decidir, para formarse, para buscar mejor.
El valor de no aceptar cualquier trabajo
La crítica más reiterada del informe de la Airef se dirige al llamado “incentivo al empleo”, el complemento diseñado para hacer compatible el IMV con la actividad laboral. Su fallo, según la institución, es claro: no logra corregir el descenso de participación en el mercado de trabajo. ¿Por qué? Porque su diseño es opaco, poco ágil, de duración incierta y dependiente de datos fiscales con años de retraso. En otras palabras: porque no genera confianza. ¿Cómo va a planificar una madre soltera una reincorporación gradual si no sabe cuánto durará el incentivo ni cuánto cobrará?
Si el IMV baja la probabilidad de trabajar, quizá es hora de preguntarse no solo cuánto se trabaja, sino cómo. En una economía donde los sueldos de muchos trabajadores pobres no cubren siquiera el coste de la vida, ¿es realmente problemático que un ingreso garantizado permita esperar algo mejor? La Seguridad Social lo resume así: el IMV “permite mejorar condiciones de vida y aspirar a un empleo adaptado a la formación”. No es que la gente no quiera trabajar. Es que por fin puede elegir no hacerlo en cualquier cosa.
Este fenómeno, lejos de ser un fracaso, podría interpretarse como una victoria del Estado de bienestar. Pero para ello, hace falta acompañar la prestación de políticas activas potentes: formación, orientación, itinerarios personalizados. Justamente lo que la Airef reclama reforzar. Porque si el IMV se convierte en una renta de larga duración sin salida, entonces sí estaremos ante un síntoma preocupante. Hoy, el 60% de los beneficiarios lo cobra más de tres años, y eso debería activar todas las alarmas sobre los mecanismos reales de transición laboral.
La crítica al IMV suele venir envuelta en una moralidad tácita: que trabajar es mejor que no hacerlo, y que cualquier prestación que lo dificulte es sospechosa. Pero quizá es hora de cambiar la pregunta. ¿Por qué estamos dispuestos a celebrar que una persona consiga un empleo de 600 euros al mes y no que reciba una ayuda de 600 para no aceptar condiciones indignas? ¿Por qué damos por hecho que el mercado laboral es siempre el lugar donde se “integra” y se “dignifica” a las personas vulnerables?
El IMV no es perfecto. No llega a todos los que lo necesitan —más de la mitad no lo solicita, según la Airef— y sus trámites siguen siendo farragosos. Pero ha roto una lógica peligrosa: que el hambre sea el principal motor del trabajo. Y eso, en una sociedad avanzada, no debería verse como un problema, sino como una conquista. @mundiario
