Las incongruencias geo-energéticas escalan hasta el conflicto del Sáhara

Lugar fronterizo donde se saludan marroquíes y argelinos en el Sáhara. / Wikimedia Commons / amekinfo from BLIDA, ALGERIE
Lugar fronterizo donde se saludan marroquíes y argelinos en el Sáhara. / Wikimedia Commons / amekinfo from BLIDA, ALGERIE
Las incongruencias energéticas pagan dividendo. Si a esto le añadimos que ponemos en riesgo también el gas argelino tras reconocer la autonomía del Sáhara Occidental, parece inevitable la tormenta perfecta.
Las incongruencias geo-energéticas escalan hasta el conflicto del Sáhara

España está pagando muy caro sus incongruencias energéticas, ambientales y diplomáticas de los últimos tiempos. La factura, nunca mejor dicho, supera todos los récords históricos. La improvisación  antecede la gravedad de las consecuencias. La última: para no depender del gas ruso hemos puesto en riesgo el argelino tras decidir el gobierno español apoyar la autonomía del Sáhara Occidental.

Los desatinos reiterados  se reflejan en los actuales precios de los combustibles, en el recibo de la luz, el descontrol de la inflación y del gasto público agravado desde la tercera crisis (pandemia, la económica y la invasión en Ucrania) con el reciente malestar en Argelia por avalar el plan de autonomía del Sahara Occidental para contentar a Rabat.

Aunque nuestras incongruencias energéticas no son nuevas, no son por ello menos graves. Nos oponemos a las centrales nucleares, al carbón, a los yacimientos petrolíferos, pero también al fracking, a las incineradoras en centros urbanos, desaprovechamos la biomasa, el biogás,  las electrolineras y cuando rechazamos por razones geopolíticas al gas ruso, apostamos por el argelino pero enojándolos por la cuestión del Sahara. 

Aún más. Estamos pagando el recibo de la luz más alto de todos los tiempos y sin embargo nos resistimos a alterar la fórmula de cálculo e incluso a rebajar la carga fiscal por valor de casi el 50%. Afirmar que la escalada de los precios es culpa de Putin ya no cuela. 

Hubo un tiempo donde también nos oponíamos a las desaladoras,  a que se abrieran  gasolineras próximas a las viviendas y a cerrar pozos ilegales de agua dulce por toda la geografía mientras desertizamos el país. Por no hablar de la tala de árboles en las urbes a costa del hormigón, de ensuciar espacios verdes con toda clase de desechos y de provocar los incendios virulentos para el ecosistema. 
 

¿RENOVABLES? Sí, GRACIAS, PERO LEJOS

La única actitud positiva que conservamos en materia energética está en las renovables y con reservas. Por ser insuficientes para mover la economía a día de hoy y colmar las expectativas de la descarbonización del país en un futuro cercano. Hoy por hoy el país no puede funcionar a pleno rendimiento con saltos de agua de pantanos vacíos, a base de molinillos que casi nadie quiere tener cerca de la vista porque invade el paisaje, o placas solares en las huertas campestres -en el país con más horas de sol de Europa- mientras se abandona el campo. 

Renegamos durante mucho tiempo antes de Putin del sol barato y ahora que invertimos en fotovoltaica recortamos  incentivos fiscales, practicamos represalias tributarias,  sin renunciar a subvencionar infinidad de colectivos y fuentes “fósiles”. Otra incongruencia pasa por no combatir la polución de las ciudades con cada vez más tráfico rodado, liderar los niveles de contaminación atmosférica, lumínica y acústica, o padecer un alto porcentaje de viviendas con déficit energético sin remediar.

De qué nos sirve que los usuarios con conciencia ecológica invierta en el  autoconsumo si luego Hacienda les amenazan con tener que tributar la bonificación obtenida  en la declaración de la renta como retribución en especie.

De la generosidad fiscal inicial pasamos acto seguido al hachazo recaudatorio y confiscatorio, a causa del permanente desequilibrio presupuestario. Más que gestionar el innecesario gasto público nos empeñamos continuamente en elevar la presión fiscal como motor de recaudación.

Un país que arrastra desde generaciones el hábito católico de gastar más de lo que ingresa y mantener toda clase subvenciones y chiringuitos políticos, es difícil que pueda salir de la tercera crisis en pocos años o comportarse con  equidad fiscal para favorecer tanto la descarbonización como políticas energéticas autónomas. 

La sostenibilidad no es un término de moda sino un principio escasamente interiorizado en la vida pública española. Prueba de ello, las resistencias a medidas ecológicas de mayor calado por falta de cultura ambiental. Muchos partidos del arco parlamentario, autonómico y municipalista siguen ninguneando políticas verdes de calado por falta de sensibilidad o por no saber explicar sus atributos. 

Aunque hayamos aprobado la ley de cambio climático (con sus grandes lagunas) este hecho no impide que  España siga tolerando en propio territorio sacrilegios ecológicos e incongruencias energéticas sin remediar con la subida del precio de luz y los carburantes (por causa imputable a Putin y Europa). España, siempre así a salvo del mea culpa. 

El principio vigente de “quien contamina paga” es una falacia indeseada. Y cuando los tribunales nos da la razón, pasan años hasta que se repara el daño o se devuelve al estado natural.

Por la falta de tratamiento de aguas residuales, España es uno de los países con mayores sanciones de la UE. Pese a la persistente sequía, somos el de mayor derroche hídrico de Europa. Tiempo atrás iniciamos el debate del trasvase de agua que pronto ya hemos olvidado. Las compañías de aguas municipales no esconden las numerosas fugas en su red por falta de mantenimiento de unas canalizaciones aparentemente obsoletas del siglo pasado que terminan repercutiendo en las facturas que pagamos.

Prohibimos el plástico de un sólo uso, y sin embargo el 70% aproximado de la basura doméstica lo generan envoltorios de este material. Los excesos de embalaje no casan con el ecodiseño, ignorando la circularidad de los desechos y las millonarias cargas que soportan los vertederos municipales son sufragadas en último término por el contribuyente.

Qué país a día de hoy puede permitirse el lujo de ser una isla energética como España. Apostar por las renovables está muy bien. Pero la realidad es bastante cruel. Hasta que no se inviertan los términos y superemos con éxito la etapa de transición ecológica, hoy por hoy dependemos en un alto porcentaje de los hidrocarburos fósiles del exterior. La pandemia primero y la invasión rusa en Ucrania luego han puesto en la picota nuestras vergüenzas. Alemania depende del gas ruso, pero España del argelino, del grano ucraniano y reza para que un nuevo conflicto con Argelia por el Sahara no nos vuelva más vulnerables con la estanflación al acecho. 

EL CISMA EN EL GOBIERNO PUEDE ABOCAR UN ADELANTO ELECTORAL

El actual ejecutivo echa balones fuera y culpa a factores externos de todos sus males: como los de derechos de emisión de CO2, la normativa de la UE, el precio del gas,  la invasión de Ucrania, Putin, etc olvidando sus contradicciones internas y el cisma dentro del gobierno. 

Esto no ha impedido que desde la cohabitación socio-comunista se apresuren a impartir algunas recetas “mágicas” no faltos de controversia, como: crear una compañía pública de electricidad, impuestos extraordinarios a las eléctricas, usar el coche 2 veces a la semana, rebajar un grado la calefacción de casa, el empleo de la bicicleta “porque no cuesta trabajo” según Sánchez o, consumir menos ropa, carne, electrónica y viajes. No aluden al marisco que se reserva a los caraduras sindicales.

Mientras pedimos un nuevo adelanto de fondos europeos a la UE, nos permitimos el lujo de dedicar el equivalente al 2% del PIB (20.000 millones euros) a políticas de igualdad y feminismo, que seguro redundará en aligerar la factura energética. 

Pero el gobierno no se siente aludido por las trágicas cifras macroeconómicas que prefiere achacar a Putin. Tampoco por las “tímidas” huelgas sectoriales en protesta por el precio de la energía (no secundadas por los sindicatos progubernamentales UGT y CC.OO.), mientras eleva el parque móvil para su legión de altos cargos, critica el fomento del transporte público en algunas comunidades o navega en plena tormenta en el seno de la coalición con la quilla agrietada. 

Por eso no hay que descartar una ruptura de la cohabitación y un adelanto electoral que añada más inestabilidad institucional. Pero las mayores incongruencias energéticas las estamos padeciendo con motivo de la invasión rusa en Ucrania, que nos ha pillado con el inicio de la transición ecológica y aflorando nuestra altísima dependencia externa. 

También es incongruente que España no se replantee la energía nuclear ahora declarada “verde” por la UE por temor al rechazo entre sus socios. Con motivo de la invasión en Ucrania, hay  países que investigan el oligopolio de las petroleras que aprovechan para disparar los precios de sus gasolineras. Que se sepa, España no secunda el ejemplo aunque suban como un cohete pero bajen en paracaídas.

Está por ver las consecuencias que acarrearán al gas argelino el sorprendente reconocimiento por parte de medio ejecutivo español al Sáhara Occidental. Si Argelia decide como represalia cortar el suministro a España, habremos cometido una nueva torpeza diplomática con graves consecuencias para la economía, la dependencia energética y la ruina de los españoles.

Aquí apuntamos a Putin por agredir a Ucrania en su legítimo derecho de existir. Pero acto seguido concedemos a Marruecos la autonomía de la antigua colonia española del Sáhara Occidental que durante años Rabat ha estado beligerando contra el Frente Polisario.

 Las autoridades argelinas ya han calificado de “traición histórica “ el cambio de postura española sobre la cuestión sahariana, provocando una crisis diplomática gratuita con Argelia. Ya solo queda rezar para que no nos suba más todavía la luz y los carburantes ante la insólita incongruencia en geopolítica internacional. @mundiario 

 

 

 

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