El comercio exterior chino se debilita tras seis meses de tensión con EE UU

Las exportaciones chinas caen por primera vez desde que Trump desató su ofensiva arancelaria, y Pekín empieza a sentir la presión.
Contenedores en un puerto. / RR. SS.
Contenedores en un puerto. / RR. SS.

La maquinaria exportadora más poderosa del planeta ha empezado a tambalearse. Medio año después de que Donald Trump encendiera la mecha de su guerra comercial, China registra su primera contracción en las ventas al exterior desde abril: un 1,1% menos en octubre respecto al año anterior. Lo que para algunos analistas era una mera batalla retórica entre potencias, comienza a dejar cicatrices visibles en el tejido económico del gigante asiático. El dragón rojo, acostumbrado a desafiar las crisis globales, parece empezar a notar el cansancio.

El impacto psicológico en Pekín es tan importante como el económico. Durante décadas, la idea de una China imbatible, capaz de absorber cualquier choque externo, se mantuvo como un dogma incuestionable. Sin embargo, el desplome de las exportaciones hacia Estados Unidos —un 25,2% menos en octubre— evidencia que ni siquiera la segunda economía del mundo puede escapar del alcance de los aranceles y la incertidumbre política. A ello se suma un crecimiento del PIB que ha perdido ritmo, situándose en el 4,8% en el tercer trimestre, su nivel más bajo en un año.

El descenso no es solo fruto del enfrentamiento con Washington. También pesa el fin del impulso artificial que las empresas chinas generaron durante el verano, cuando adelantaron sus envíos para esquivar los aranceles, y la apreciación del yuan, que ha encarecido los productos chinos en los mercados internacionales. El músculo exportador se resiente, y con él, el modelo de crecimiento que convirtió al país en la fábrica del mundo.

La esperada reunión entre Trump y Xi Jinping, celebrada en Corea del Sur, logró apenas un alivio temporal: una tregua comercial de un año que incluye reducciones parciales de gravámenes y suspensiones limitadas. Pero el daño ya está hecho. La confianza de los mercados internacionales en la estabilidad del comercio chino se ha visto erosionada. Y aunque el pacto ha calmado las aguas, el mar sigue revuelto.

La guerra comercial se cobra su primera víctima visible

Por primera vez en años, las cifras hablan de un freno real. Las exportaciones hacia la Unión Europea, que habían sido un refugio, apenas crecieron un 0,9% interanual, muy por debajo del 14,2% registrado en septiembre. Incluso los socios más cercanos, como los países de la ASEAN, reducen su ritmo de compras. Lo mismo ocurre en África y América Latina, donde las cifras, aunque positivas, reflejan una clara desaceleración.

Este frenazo global sugiere que la guerra comercial no solo ha dañado el vínculo entre Washington y Pekín, sino que ha contaminado las cadenas de suministro y los flujos logísticos internacionales. Las empresas, temerosas de nuevas restricciones, han comenzado a diversificar sus proveedores, restando protagonismo a China como epicentro manufacturero del planeta.

Un modelo económico en revisión

La contracción de las exportaciones pone a prueba la estrategia de Xi Jinping de reequilibrar la economía hacia el consumo interno. El problema es que el mercado doméstico tampoco atraviesa su mejor momento: la crisis inmobiliaria y el enfriamiento del gasto de los hogares amenazan con ralentizar aún más la recuperación. China, que durante años se apoyó en la demanda externa para sostener su crecimiento, se enfrenta al reto de reinventarse en un entorno cada vez menos favorable.

El superávit comercial, aunque sigue siendo elevado —90.000 millones de dólares en octubre—, ha caído un 5,69% respecto al año pasado. La cifra, que en otro momento habría sido motivo de celebración, hoy se percibe como una señal de alerta. Pekín empieza a comprender que la era del crecimiento ilimitado por exportaciones podría estar llegando a su fin.

Los analistas coinciden: esta caída no es un accidente aislado, sino el síntoma de una tendencia estructural. China deberá adaptarse a un escenario en el que la desglobalización, la competencia tecnológica y las tensiones geopolíticas redefinirán las reglas del comercio mundial. La “tormenta arancelaria” de Trump ha sido, en realidad, un aviso de lo que vendrá: un mundo más fragmentado, menos predecible y con menos margen para los gigantes. @mundiario

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