El compromiso energético e inversiones: los retos de Bruselas para cumplir el acuerdo con Trump

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. / Comisión Europea
El pacto anunciado incluye ambiciosas promesas de compra de hidrocarburos y fondos millonarios en EE UU, sin embargo, gran parte de su cumplimiento depende de actores privados, fuera del control de la UE.

El anuncio de un nuevo acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos, presentado como un hito político para fortalecer los lazos transatlánticos, está rodeado de dudas estructurales que amenazan con diluir sus promesas. A pesar de que Bruselas y Washington han celebrado la intención de incrementar las compras europeas de productos energéticos estadounidenses por valor de 750.000 millones de dólares (unos 650.000 millones de euros) y canalizar inversiones por 600.000 millones de dólares en la economía norteamericana, la propia Comisión Europea ha admitido que carece de las herramientas para garantizar su cumplimiento.

La naturaleza del acuerdo, presentado en Escocia, sigue siendo más política que técnica. No se ha publicado un documento vinculante que detalle las obligaciones concretas, y las cifras manejadas hasta ahora representan intenciones más que compromisos jurídicos. En palabras de un funcionario europeo citado por El País, las inversiones prometidas reflejan únicamente “lo que sabemos sobre las intenciones de las empresas”. De hecho, tanto la compra de combustibles como las inversiones dependen de decisiones empresariales individuales, fuera del control directo del Ejecutivo comunitario.

El compromiso de gastar 650.000 millones de euros en petróleo y gas natural estadounidense durante los próximos tres años enfrenta serias limitaciones prácticas. La UE, como institución, no tiene capacidad para obligar a las compañías energéticas a adquirir recursos en un mercado determinado. “No podemos forzar a una compañía a hacer algo, ni pretendemos poder hacerlo”, reconoció el portavoz de Comercio de la Comisión Europea, Olof Gill.

El problema se agrava al considerar el panorama global del suministro energético. Actualmente, Estados Unidos es un proveedor cada vez más importante para Europa, especialmente desde que la invasión rusa a Ucrania en 2022 redujo drásticamente las importaciones de gas ruso y la UE adoptara una política para eliminar progresivamente las importaciones. Pero sustituir el gas ruso no implica automáticamente aumentar las compras desde EE UU a los niveles comprometidos. Países como Noruega siguen ofreciendo gas natural más barato mediante gasoductos, una opción que compite directamente con el gas natural licuado estadounidense, cuyo transporte es más costoso.

Además, incluso si se eliminara por completo la energía proveniente de Rusia —algo que la UE ya ha avanzado significativamente— el hueco comercial sería insuficiente para justificar por sí solo el volumen de compras prometido a Estados Unidos. El año pasado, el bloque europeo solo gastó 23.000 millones de euros en energía procedente de Moscú, muy lejos de los 650.000 millones comprometidos ahora con Washington.

Inversiones: una promesa que no depende de Bruselas

El segundo eje del acuerdo contempla la promesa de canalizar 600.000 millones de dólares en inversiones hacia la economía estadounidense. A simple vista, esto reforzaría la cooperación económica y estratégica entre ambos bloques, especialmente en un contexto de tensiones globales y competencia con China. Sin embargo, este componente del acuerdo está aún más condicionado por factores ajenos al control gubernamental.

La Comisión Europea fue clara al señalar que este volumen de inversión provendría del sector privado, y no del presupuesto comunitario ni de fondos públicos europeos. Este punto contrasta con el acuerdo similar alcanzado recientemente entre Japón y Estados Unidos, en el que Tokio se comprometió a movilizar 550.000 millones de dólares mediante una combinación de recursos públicos y privados. En el caso europeo, la dependencia exclusiva del sector empresarial añade un factor de incertidumbre: no hay ninguna garantía de que las empresas decidan, en los próximos años, redirigir esa cantidad de capital hacia Estados Unidos.

Además, este movimiento podría implicar un desplazamiento de la inversión fuera del propio continente europeo, algo que ya ha generado críticas en algunos sectores. La UE arrastra desde hace años un déficit de inversión interna, y prometer cantidades tan elevadas hacia el exterior sin instrumentos para garantizar su retorno económico puede tensar aún más los equilibrios internos.

Una alianza estratégica con fundamentos inciertos

La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, defendió el acuerdo como un paso más en el objetivo de reducir la dependencia energética de Rusia antes de 2028. Según explicó, los nuevos compromisos con Estados Unidos ayudarían a diversificar las fuentes de suministro y reforzar la seguridad energética del bloque. Sin embargo, el paso de lo político a lo operativo no es automático. Las empresas europeas seguirán optando por proveedores que ofrezcan precios más competitivos o condiciones logísticas más favorables.

El contexto geopolítico ciertamente ha redefinido la lógica energética de la UE, que busca estabilidad y autonomía. Pero sustituir una dependencia (la rusa) por otra (la estadounidense) no deja de ser un movimiento de alto riesgo si no está respaldado por acuerdos jurídicamente vinculantes o incentivos claros para las empresas. @mundiario