El Dépor vibra con Yeremay: el canario apunta a una temporada histórica
Hay futbolistas que no necesitan un discurso para explicar su peso: lo cuentan el marcador y la estadística. Yeremay, con su gol ante el Albacete, volvió a encender esa certeza que en Riazor ya empieza a ser rutina: el Deportivo tiene en sus filas a un jugador que no solo destaca, sino que inclina partidos. Diez goles y siete asistencias en lo que va de curso no son un dato bonito, son una brújula. Y lo más inquietante —para los rivales— es que todavía queda calendario, todavía queda margen y todavía queda la sensación de que su techo no ha aparecido.
La comparación con su mejor temporada, la 2024-25, no se hace por nostalgia, sino por pura aritmética. Entonces firmó 15 goles y 5 asistencias; hoy, con 10 y 7, ya está llamando a esa puerta por otro lado, como quien llega antes de lo previsto y sin pedir permiso. No se trata solo de sumar cifras, sino de cómo las suma: con influencia real en el juego, con protagonismo constante y con esa cualidad que no se entrena. Yeremay no espera el partido; lo provoca.
Pero el canario es más que números, porque en el Deportivo hay una herida que no se cierra con estadísticas. El club ha vivido demasiados años de sombras, de frustraciones, de temporadas que prometían y se deshilachaban en el tramo decisivo. Por eso Yeremay no es solo un atacante brillante: es una bandera emocional. Cuando recibe el balón, la grada se incorpora con ese reflejo que solo provocan los futbolistas que anuncian algo distinto, como si cada control fuese una posibilidad de futuro.
Y en un equipo que sueña con volver a Primera, ese tipo de jugador no es un lujo, es una necesidad estructural. El ascenso no se construye solo con orden y esfuerzo: también se sostiene con talento, con desequilibrio, con alguien capaz de romper el partido cuando el rival te lo cierra. Yeremay es chispa, valentía y descaro, pero también es responsabilidad. En su fútbol hay alegría, sí, pero también hay un mensaje: el Dépor ya no está para sobrevivir, está para competir.
Lo más fascinante, además, es que Yeremay no parece jugar con la comodidad del aplauso, sino con la incomodidad del ambicioso. Su evolución partido a partido habla de un futbolista que no se conforma con ser diferencial un día; quiere serlo siempre. Y esa ambición, en un vestuario de Segunda, vale casi tanto como un gol, porque contagia. Cada acción suya parece recordarle al equipo que el objetivo no es mejorar: es volver.
Si Yeremay termina superando los registros de su mejor campaña, no será solo una marca personal. Será la confirmación de que el Deportivo tiene un líder futbolístico listo para cargar con el peso de los momentos decisivos. Y, en el fondo, será también una noticia para la ciudad: porque cuando un jugador así se enciende, el ascenso deja de ser una palabra lejana. Se convierte en una idea concreta. En una posibilidad. En algo que, por primera vez en mucho tiempo, se puede tocar. @mundiario


