Sevilla, una olla a presión: los jugadores dormirán en la ciudad deportiva tras caer en Vigo

Cientos de aficionados forzaron la puerta de acceso a la ciudad deportiva, lanzaron huevos, corearon amenazas al presidente del club y obligaron a las fuerzas del orden a intervenir disparando balas de goma al aire para contener el descontrol.
Captura de TV de los incidentes en Sevilla. / Chiringuito
Captura de TV de los incidentes en Sevilla. / Chiringuito

Lo sucedido en la noche del sábado en la ciudad deportiva José Ramón Cisneros Palacios no es un simple episodio de tensión tras una derrota deportiva. Es, sobre todo, el síntoma de una olla a presión a punto de estallar. Sevilla ha vivido una escena impropia de un país democrático y civilizado: cientos de aficionados forzaron la puerta de acceso a la ciudad deportiva, lanzaron huevos, corearon amenazas al presidente del club y obligaron a las fuerzas del orden a intervenir disparando balas de goma al aire para contener el descontrol. La plantilla, que había caído 3-2 horas antes ante el Celta de Vigo, se vio obligada a pernoctar en las propias instalaciones, blindada ante la furia de su propia afición.

El fútbol, con toda su carga emocional y simbólica, es también una radiografía del momento social. La indignación por una mala temporada —con el Sevilla peligrosamente cerca del descenso a falta de tres jornadas— no justifica la violencia ni el caos, pero sí revela una desconexión profunda entre una afición decepcionada, una directiva cuestionada y un equipo incapaz de ofrecer respuestas.

No basta con decir que “la afición es soberana” cuando esa soberanía se ejerce derribando vallas o insultando con cánticos como “Júnior muérete”. Ese tipo de conductas son incompatibles con cualquier proyecto deportivo serio. Si la frustración se convierte en linchamiento, ya no estamos hablando de fútbol, sino de una sociedad con pulsiones peligrosas.

Es evidente que el Sevilla ha naufragado este curso. El nerviosismo es comprensible: el descenso supondría un cataclismo para una entidad que, hasta hace no tanto, competía en Europa con solvencia. Pero ni la crisis deportiva más severa debería desatar semejante histeria colectiva. Ni jugadores ni técnicos ni directivos merecen ser sitiados por una turba. A quien le duela el escudo, que exija responsabilidad, sí, pero dentro de los cauces de una convivencia civilizada.

Ante una final

El partido del próximo martes ante Las Palmas será una final. Pero más allá del marcador, lo urgente es recomponer la paz social del club. La violencia no puede normalizarse como forma de presión. Si se cruza esa línea, lo que peligra no es solo la permanencia, sino la esencia del deporte. ¿De qué sirve ganar si para ello hay que vivir bajo amenaza?

La derrota en Vigo dejó heridas. La reacción posterior abrió una grieta mucho más profunda. En Sevilla, el fútbol ya no es una fiesta: es un espejo de la descomposición. @mundiario

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