Riazor encuentra alivio en la Copa y en sus jóvenes talentos
En Riazor no se vivió una noche rutinaria, sino un respiro inesperado. Lo que para el Mallorca parecía un compromiso sin sobresaltos acabó transformándose en el oxígeno que necesitaba el Deportivo para seguir con vida en la Copa del Rey.
El 1-0 fue mucho más que un marcador: en medio de un partido espeso y lleno de incertidumbre, el conjunto blanquiazul volvió a encontrar su antídoto en aquello que más frutos le ha dado últimamente —la cantera, Mario Soriano y la fe en los jóvenes—. Y fue Noé Carrillo quien firmó un debut de ensueño con un gol que vale oro y simboliza mucho más que una clasificación.
El contexto no ayudaba. El Dépor venía de dos bofetadas dolorosas en casa y Riazor, lejos de rugir, parecía observar con recelo. Antonio Hidalgo lo sabía y apostó por un once más reconocible, consciente de que “no podía permitirse otro ridículo”. El Mallorca, sin apretar demasiado, tuvo opciones claras ante una defensa local paralizada por el miedo, mientras el balón quemaba en los pies deportivistas.
El Deportivo jugó atenazado durante muchos minutos, incapaz de enlazar pases y excesivamente prudente en los duelos. Aun así, tuvo la primera ocasión clara con un centro perfecto de Quagliata que Cristian Herrera no supo convertir. El fútbol, cruel con quien duda, parecía inclinarse hacia un Mallorca cómodo, aunque poco colmillo mostró para castigar tanta fragilidad.
Tras el descanso, Riazor empezó a despertar. Villares estrelló una volea en el larguero y Mella agitó el partido con desborde y atrevimiento. “Cuando este estadio aprieta, pasan cosas”, había advertido Hidalgo, y la entrada de Soriano, Luismi, Bil Nsongo y Noé Carrillo terminó de encender la mecha. El partido se rompió y la eliminatoria se volvió salvaje.
La locura se desató cuando quedaban apenas cinco minutos. Noé Carrillo controló el balón, levantó la mirada y se lanzó sin titubeos. El centro de Luismi, el poste que frustró a Bil y el rebote que cayó en los pies del debutante se transformaron en un instante eterno: gol y gloria. Riazor rugió como en sus mejores noches y el Deportivo encontró un abrazo con su gente. La Copa volvió a ser refugio, y Abegondo, otra vez, el faro que ilumina entre la bruma. @mundiario


