En pocos meses, Mohamed Salah ha pasado de rey de Egipto a villano de Liverpool
Mohamed Salah encendió la mecha en plena crisis del Liverpool y todo Anfield explotó con estruendo. Las declaraciones del egipcio tras el terremoto deportivo han provocado una ola imparable de críticas entre exjugadores y voces históricas del club. El momento elegido, en mitad de resultados preocupantes y con Slot señalado, no ha hecho más que multiplicar el incendio interno. Una bomba pública donde Salah sabía exactamente dónde golpeaba.
Las reacciones no han tardado en multiplicarse: Michael Owen apeló al compromiso grupal, Chris Sutton denunció una “falta de respeto”, Danny Murphy pidió cerrar filas, Neville habló de fractura táctica y Carragher directamente le acusó de comportamiento infantil. La hemeroteca del club cae como un martillo sobre el crack africano. Para muchos, Salah ha cruzado líneas que los viejos mitos jamás se atrevieron a pisar.
El Liverpool vive un delicado equilibrio competitivo y emocional que se deshace partido a partido. Salah aparece señalando al vestuario, pero el verdadero foco apunta a un entrenador sentenciado por la grada y condenado por sus propios jugadores. Slot ya no controla la tormenta y muchos intuyen que el punto de no retorno ha llegado. Anfield nunca perdona a quien rompe el silencio en la derrota.
En Egipto, por el contrario, elevan al extremo al estatus de mito sagrado. La Federación egipcia lo proclama como “Rey” e incluso su seleccionador le ofrece respaldo público en plena polémica. Ese apoyo nacional alimenta la sensación de choque cultural y deportivo. Salah no solo defiende su figura; defiende una identidad. Y eso es dinamita pura para un vestuario herido que pedía calma desesperadamente.
La guerra civil en el Liverpool ya está abierta. La herida es profunda, visible y emocional. Y el vestuario, lejos de unirse, parece dividirse entre banderas, egos y reproches. Salah quiso hablar. Y habló. Pero quizá eligió el peor momento: cuando las derrotas duelen, cuando Slot tiembla, y cuando Anfield exige silencio. El ruido ya es ensordecedor. Y el Mersey baja más turbio que nunca. @mundiario


