Ganó el Deportivo con apuros y volvió a demostrarse que no tiene delantero centro
Hay victorias que no ordenan el discurso, pero alivian el ánimo. El Deportivo de La Coruña llevaba demasiado tiempo necesitando una de esas y la encontró ante el Albacete, después de cuatro partidos sin ganar en casa y más de dos meses y medio de espera. El 2-1 final no fue una exhibición ni despejó todas las dudas, pero sí devolvió a Riazor una sensación olvidada: la de competir, sufrir y, al menos esta vez, salir victorioso. Ganó el Deportivo con apuros y volvió a demostrarse que no tiene delantero centro.
El partido fue un ejercicio de contrastes. El Deportivo arrancó con una media hora aceptable, dominador en la posesión y paciente frente a una defensa de cinco muy ordenada. No era un dominio abrumador, pero sí suficiente para transmitir control. El plan de Alberto González, basado en el repliegue y la espera, funcionaba en silencio, sin grandes sobresaltos para ninguna de las dos porterías.
Todo cambió cuando el balón llegó a Yeremay. El canario resolvió una larga secuencia de pases con una aceleración, una pared y un remate raso al palo largo que rompió la imbatibilidad de Mariño. Un gol de futbolista diferencial, de esos que no abundan en la categoría y que explican por qué el Deportivo vive muchas veces de chispazos individuales más que de una estructura ofensiva sólida.
Dos meses y medio después, Riazor volvió a celebrar una victoria. Yeremay y Álvaro Ferllo sostuvieron a un Deportivo aún incompleto
El gol alteró el guion. El Albacete adelantó líneas, aparecieron las primeras polémicas arbitrales y el partido entró en una fase más desordenada. El Deportivo, que apenas había probado al portero rival, encontró una recompensa casi excesiva en el descuento del primer tiempo, cuando un centro lateral acabó en la red tras un desafortunado despeje en propia puerta. Dos tiros entre palos, dos goles: eficacia máxima y una ventaja que no reflejaba del todo lo visto sobre el césped.
La segunda parte confirmó lo previsible. El Albacete dio un paso al frente y el Deportivo reculó. Alberto González movió el banquillo con valentía y el premio llegó en forma de un golazo de Obeng, una chilena espectacular que metió el miedo en Riazor y devolvió la fe a los visitantes. A partir de ahí, el partido se convirtió en un ejercicio de resistencia local.
En ese escenario emergió la otra gran figura de la tarde: Álvaro Ferllo. El portero sostuvo al equipo con varias paradas decisivas y evitó que el empate llegase cuando el Deportivo ya no encontraba continuidad con balón. Fue, probablemente, el jugador más determinante del encuentro, una certeza bajo palos en un equipo que todavía busca certezas más arriba. Lo dicho: dos meses y medio después, Riazor volvió a celebrar una victoria. Yeremay y Álvaro Ferllo sostuvieron a un Deportivo aún incompleto.
Las decisiones arbitrales, discutibles en ambos lados, añadieron ruido a un final ya tenso. Penaltis reclamados, goles anulados y un criterio irregular que dejó a todos insatisfechos. Pero más allá del arbitraje, el partido volvió a señalar una carencia evidente: la falta de un delantero centro fiable. El Deportivo gana, pero lo hace sin un hombre gol que le permita vivir con algo más de tranquilidad.
La derrota corta la buena racha del Albacete, pero no invalida su camino. La victoria devuelve oxígeno al Deportivo, aunque no soluciona sus problemas de fondo. Es un pequeño frenazo para unos y un pequeño empujón para otros. En Riazor, al menos, volvió el aplauso. Y en el contexto actual, eso ya es mucho. La dirección deportiva no fue capaz de incorporar a un hombre gol y el equipo de Antonio Hidalgo sigue acusando ese vacío, del mismo modo que su escasa determinación: le falta intensidad, orden y talento. @mundiario