Alcaraz tropieza otra vez con la irregularidad
Carlos Alcaraz volvió a la competición en Cincinnati y, como tantas veces, convirtió un partido en una novela por capítulos. Un primer set para enmarcar, un segundo para olvidar y un tercero que fue, más que brillante, práctico. Ganó —que es lo que queda en la estadística—, pero su actuación deja un poso claro: en esta parte de la temporada, su mayor rival puede ser él mismo.
Esa “montaña rusa” que él mismo reconoció es ya casi marca registrada. A veces, la electricidad que lleva en la raqueta se convierte en cortocircuito mental: pierde intensidad, encadena errores y cede protagonismo a rivales que, en teoría, no deberían incomodarle tanto. Damir Dzumhur, sólido y valiente, aprovechó el apagón para igualar el partido y recordarle que la élite no perdona regalos.
La diferencia —y el privilegio de Alcaraz— es que incluso en días grises gana. Lo hizo afinando en los momentos clave, acelerando cuando olió sangre y, por supuesto, aprovechando la mano que le tendió el bosnio en el tramo final. Ese instinto competitivo, esa capacidad para cerrar partidos con las luces intermitentes, es un tesoro.
Pero de cara al US Open, la pregunta es inevitable: ¿puede mantener la corona en Nueva York si se concede bajones de este calibre? La pista dura estadounidense exige regularidad y agresividad sostenida. Y si bien el murciano tiene tenis y físico para dominar, el calendario y rivales como Sinner no perdonarán una desconexión prolongada.
Por ahora, Cincinnati le ofrece una oportunidad doble: sumar puntos y, sobre todo, limar altibajos. Ganar enseñando es un mérito. Ganar aprendiendo, un lujo que solo los grandes pueden permitirse. @mundiario


