De 21 puntos, el Dépor logró 5: ¿qué más tiene que perder para que pase algo?
La derrota del Deportivo de La Coruña ante el Racing de Santander (0-1) no fue un accidente ni una noche desafortunada. Fue, más bien, la confirmación de una tendencia inquietante: el Dépor sigue sin dar el salto competitivo que se le exige a un aspirante serio al ascenso. Y lo más preocupante no es la caída en sí, sino la sensación de que nada cambia, pase lo que pase.
Riazor asistió a un partido pobre, casi raquítico, en el que apenas hubo dos remates entre los tres palos en noventa minutos. Uno lo intentó el Deportivo, desde el lateral izquierdo y sin premio. El otro lo firmó el Racing y bastó para decidir el encuentro. Esa estadística mínima resume mejor que cualquier discurso el problema de fondo: un equipo plano, sin colmillo, incapaz de imponer su fútbol cuando enfrente hay un rival directo.
El Racing, con sus propias limitaciones, hizo lo justo y necesario. El Dépor, en cambio, volvió a quedarse corto. Y cuando los partidos clave se repiten con el mismo guion, el análisis deja de ser coyuntural para volverse estructural. Como se comentó sin rodeos en una tertulia posterior en Radio Coruña, el Deportivo no tiene la mejor defensa de Segunda, ni el mejor centro del campo, ni la mejor delantera. La conclusión, compartida sin demasiada resistencia, apuntaba directamente a la dirección deportiva que encabeza Fernando Soriano, una figura cada vez más cuestionada, pero firmemente instalada en su cargo.
Solo cinco puntos de los últimos 21 revelan un estancamiento que ya no admite coartadas. La derrota ante el Racing vuelve a desnudar a un equipo sin jerarquía ni ambición mientras el club se aferra a la inacción
A esa lista de carencias cabe añadir otra pregunta incómoda: ¿tiene el Deportivo el mejor entrenador de la categoría? La respuesta, aunque no se formulase de manera explícita, sobrevoló el debate. Las decisiones de Antonio Hidalgo, especialmente sus cambios y su lectura de los partidos, fueron duramente criticadas por varios analistas. No como una reacción visceral, sino como la consecuencia lógica de ver, jornada tras jornada, a un equipo que no evoluciona. El Dépor tiene dos o tres jugadores diferenciales –con Yeremay a la cabeza–, pero con eso no basta para ser un gran equipo.
De hecho, los números no ayudan a la defensa del statu quo. Cinco puntos de los últimos 21 posibles son un balance propio de un conjunto resignado a la medianía, no de uno que aspire a regresar a Primera División; máxime, cuando de once partidos jugados en Riazor, solo ha ganado cuatro. Sin embargo, en el club nadie parece dispuesto a mover ficha. Ni el director deportivo ni el entrenador han visto tambalearse su continuidad, como si la inercia fuese una estrategia válida.
El actual problema del Deportivo no es solo futbolístico. Es cultural. La sensación de comodidad, de tolerancia con el rendimiento insuficiente, se ha instalado en una entidad que vive más pendiente de no equivocarse que de acertar. Y en el fútbol profesional, esa prudencia mal entendida suele pagarse cara.
La pregunta final, inevitable, ya no es qué falla en el césped, sino qué más tiene que pasar para que alguien asuma responsabilidades y diga basta. Porque mientras el Dépor siga mirando hacia otro lado, el ascenso seguirá siendo un deseo retórico, no un objetivo real. La frase con que resumió Hidalgo la derrota –“Hicimos un partido lo suficientemente bueno como para sumar”–, casi mejor no comentarla. @mundiario


