Vortex: encerrados en los oscuros días de la decrepitud
Gaspar Noé dedica Vortex a aquellos cuyo cerebro se pudrirá antes que su corazón. Con esta desoladora película, nos sumerge en un relato tan real como la vida misma
Vortex (Gaspar Noé, 2021), es la nueva película de un cineasta famoso por su actitud provocadora. Hay quienes dicen que, por fin, ha prescindido de recursos fáciles como el sexo explícito, el mundo psicodélico de las drogas, o cualquier argumento desaforado que haya utilizado antes para atraer e incomodar al espectador; pero no debemos fiarnos de esas ausencias, considerarlas como una definitiva suavización, porque, sin necesidad de todo ello, mostrándonos una historia de los más corriente —de esas tantas que suceden en el secreto de los hogares o de las residencias geriátricas— consigue lo que siempre ha pretendido: que nos removamos en nuestra butaca, que tengamos que hacer frente a unas imágenes que inciden en la parte más decadente y triste de la vida.
Vortex se aproxima mucho al documental. Es casi un simulacro del mismo. Pero, el que no lo sea, ofrece al director mayores posibilidades de incidir en los aspectos que más lo conmueven. Su forma de presentar los hechos es hiperrealista. Las interpretaciones buscan la máxima naturalidad. Lo que sucede es muy simple. Es el día a día de una pareja de ancianos que ha entrado en la fase de pleno declive físico y mental. Ella (François Lebrune, la actriz que protagonizara la mítica La mamá y la puta, de Jean Eustache) está afectada por una grave demencia senil. Él (un famoso Darío Argento al que desconocía por haberse dedicado al cine de terror) sufrió dos años antes un derrame cerebral y padece una dolencia cardíaca. Aunque relativamente esté mucho mejor, lo escuchamos hablar de forma ralentizada, exponer sus ideas, sobre la familia o el libro que está escribiendo, como si en ese momento las estuviera buscando aún, las estuviera extrayendo de su mente con palabras renqueantes.
El escenario mayoritario de la película es ese piso que tanto ama el anciano, del que dirá no querer apartarse nunca, cuando más tarde el hijo le proponga el traslado a una residencia. Un piso que alberga muchos recuerdos, mucho material —sobre todo libros—, que atestiguan un pasado poderoso y no esta debilidad terminal, esta realidad casi vergonzosa. Es grande, abigarrado, un tanto caótico, pero aún manejable, recorrido por dos seres como si fuera el laberinto de sus propias mentes. Esa acumulación de muebles y detalles, la mayoría inservibles, son los vestigios de otras épocas en los que cumplieron una alegre función, en las que denotaban una poderosa significancia.
Como en su película anterior, Lux Aeterna, —pero esta vez de forma casi absoluta— Noé emplea el recurso de la pantalla dividida, aquel que algunos descubrimos en La soledad, en donde Jaime Rosales lo utilizaba mucho más tímidamente. Aquí, esta estrategia se inicia a los pocos minutos, y solo desaparecerá cuando los dos protagonistas fallezcan. Dos cámaras los siguen en sus evoluciones por la vivienda y, ocasionalmente, en alguna pequeña salida. Incluso, cuando están juntos, prosigue la división. De lo que se trata es de eliminar el contraplano, de que conozcamos la simultaneidad de sus movimientos, de que los observemos en el proceso de sus reacciones o en su simple presencia, a veces estando uno de ellos durmiendo.
Las interpretaciones son precisas. Dario Argento compone un personaje totalmente creíble (creo que, quienes hemos visto a nuestros padres en ese estado de decrepitud, reconoceremos en esos dos personajes el espejo de una edad que iguala bastante a quienes ya la viven inermes). Por otro lado, François Lebrune, encarna perfectamente ese deambular desorientado, las acciones ilógicas o sus conatos, que surgen de una confusión de impulsos interiores, como si se obedeciera a unas órdenes mal escuchadas. En cada gesto describe con detalle las muestras de una baja cohesión mental, de un cerebro que se está apagando.
Hay un tercer personaje que resulta necesario para componer el retrato típico de esa situación que se está describiendo. Es el hijo. En este caso, alguien que poco puede ayudar, pues está intentando salir del infierno de la heroína. Está separado y de vez en cuando se pasa por la casa, casi siempre con su hijo. Lo que siente hacia sus padres es preocupación, cariño y responsabilidad. En los encuentros que tiene con ellos intenta proponer una solución a la que su padre se resiste, pues significa siempre la alteración de un orden al que —pese a los fuertes trastornos que produce— sigue aferrado.
Y es que ya se nos ha mostrado la grave dificultad de esa convivencia. Las dos pantallas nos han relatado fragmentos de dos inconsciencias distintas. La de ella, motivada por su sobrevenida ofuscación, por su aislamiento de una realidad común que no puede interpretar, que no sabe manejarla; la de él, incitada por su necesidad de llevar una vida propia, de seguir con unas ilusiones que compensen la desesperanza que su mujer y su propia edad le imponen todos los días. Esos alicientes son el libro que está escribiendo y una amante. Pero parte del manuscrito lo ha destrozado ella, y la amante lo ha abandonado, sin que él sea capaz de darse cuenta de que, en su estado, no puede exigirle a nadie su compañía. Y luego está el peligro físico que es ella: el gas abierto descubierto in extremis, los cócteles de pastillas que le prepara a él la que había sido psiquiatra y aún, siguiendo una oscura inercia, pretende serlo.
La contemplación de ese panorama tan decadente, de la avanzada senilidad mostrada casi sin tapujos (el escandaloso Noé aquí se muestra relativamente púdico, nos ahorra algunas escenas que, en la realidad, no podríamos eludir) resulta un duro ejercicio realista. Ver a ese hombre derrotado, intentando unas explicaciones que le sirvan como defensa de la poca integridad física que le queda; verlo demandando —disimulada, dignamente— piedad a la vida y a quienes lo aman, es un trago que no quisiéramos tomar, una realidad que desearíamos abolida. Seguir los pasos de esa mujer que vive encerrada en un mundo en el que ha desaparecido cualquier congruencia, es reconocer la capacidad autodestructora de la vida. Y saber de los problemas del hijo con las drogas, es comprobar cómo, antes de la agresión externa, cabe la posibilidad de una propia; de una, de algún modo, voluntaria; de una decrepitud adelantada, autoinducida, absurda. La historia de la vida no suele acabar bien (“bien” sería considerar la posibilidad de una decadencia asumida y digna, un final no visto como un fracaso sino como una salida oportuna y necesaria), y esta película tan realista no puede recurrir a la excepción.
Pero, al igual que hiciera Noé en Reversible, voy a ir al revés, a terminar por el principio de esta historia. Porque todo ha empezado antes. Las primeras imágenes nos muestran a la pareja, ya muy mermada, pero aún en sus plenos cabales. Están en ese sucesivo momento de la vejez en el que se avanza sobre un terreno frágil, que en cualquier instante puede ceder bajo los pasos del tiempo, precipitando al ser hacia una lenta o una rápida destrucción, hasta una abrupta o una dolorosa lentitud en el último tramo de la existencia. Ambos se dan un pequeño homenaje en la terraza de su vivienda, toman el vino del placer y la alegría. Se les ve voluntariosos, en ese intento de mantener una continuidad que sienten endeble. Ella le pregunta: “¿La vida es un sueño, no?” Y él le contesta: “Sí, un sueño dentro de un sueño”, tal vez remedando a Edgar Alla Poe, que tituló así uno de sus poemas. Están intentando comprender qué es eso que les ha pasado durante tantos años y ahora está llegando a su fin, eso en lo que han intervenido con pasión y ahora los tiene cada vez más amordazados.
La siguiente escena es la grabación que, en 1965, realizara la cantante francesa François Hardy, de una canción de Cecile Caulier. Su título es Mi amiga la rosa. La dulzura y la joven belleza de la cantante presentan un terrible contraste con lo que dice esa letra terriblemente melancólica, que habla de la finitud humana comparándola con la breve vida de una rosa. Estas son algunas de las cosas que dice: “No somos gran cosa, y mi amiga la rosa me lo dijo esta mañana… Mira, el Dios que me ha hecho me hace inclinar la cabeza, y siento que me caigo, y siento que me caigo… Mi corazón está casi desnudo, tengo el pie en la tumba, ahora ya no estoy... Tú me admirabas ayer, y yo seré polvo mañana, para siempre”.
Lo siguiente es ver a la pareja ya en pleno hundimiento de sus capacidades. Una cámara cenital enfoca la cama del matrimonio. Él aún duerme, ella se ha despertado. Lentamente, una estrecha franja crece, de arriba abajo, en el centro de la pantalla, dividiéndola en dos. Esa partición enfatiza el devenir solitario de dos personas que, sabiéndolo o no, se acompañarán hasta el fin tan cercano y tan previsto.
Gaspar Noé dedica Vortex a aquellos cuyo cerebro se pudrirá antes que su corazón. Con esta desoladora película, nos sumerge en un relato tan real como la vida misma. Su madre padeció Alzheimer. Aquí se adentra en ese terrible proceso de una muerte creciente, paulatina; la que empieza por desarmar a los fatídicamente señalados, negándoles los recursos para poder refutarla, y acaba apoderándose enteramente del ser, desalojándolo de esto tan común que llamamos vida. @mundiario


