Sobre los relatos de No era esto a lo que veníamos, de María Bastarós
Me han gustado los relatos que María Bastarós incluye en No era esto a lo que veníamos (Candaya, 2021). Están escritos en tiempo presente, mayoritariamente en una tercera persona que sigue a cada protagonista (mayoritariamente mujeres o niñas) en un minucioso recorrido por los pasos que parecen responder a la llamada de unos motivos brumosos, a una atracción por lo diferente que pueda suponer una huida, a un afán por lo transgresor, lo emocionante, sin miedo a lo temerario.
Son relatos que a menudo acuden a lo visual de los paisajes -imponentes los del desierto-, a lo audible de las diáfanas voces y los pensamientos, y también a lo olfativo: “Haciendo que todo apeste a humo, a lluvia seca, a bayeta mal escurrida”. El ritmo es pausado, sigiloso, como si el narrador acompañase de puntillas a sus protagonistas desde su espalda, accediendo a una sucesión de detalles significativos, constructores de un pequeño universo emocional, que se unen a un carrusel tan sereno como tremebundo. Es un ritmo al que, en mi particular lectura, me he ido ajustando paulatinamente. Primero, intuyendo la plenitud de su maestría, y al final −incluso más al repasar las primeras páginas del libro− sintiéndola de lleno como una música envolvente que despidiese imágenes encerradas en unos límites que las protegen de una realidad callada y mentirosa.
La resolución de los cuentos o relatos siempre resulta muy arriesgada. Un final fallido, demasiado abrupto, más incoherente que inesperado, puede decepcionar a algunos lectores. Hay demasiadas veces en que esos desenlaces apuntan a la absoluta incertidumbre o a la solución tajante, y eso es algo que algunos no perdonan. Las últimas palabras del primer relato de este libro dicen: “Ella volando detrás, hacia lo desconocido”. Imaginemos o no, porque no se puede apenas, eso desconocido que se encontrará la protagonista. Aquí lo que nos importa es de dónde ha partido, qué motivos la han impulsado en esa aventurada dirección y esa información es la que Bastarós nos proporciona desde la sutileza de su prosa.
En el libro se alternan los relatos más cortos −entre seis y doce páginas− con unos cinco de unas veinte páginas. Quizá por una lógica del tiempo inmerso en ellos, los que me han dejado más poso son, en su mayoría, los más extensos. Aunque, de los cortos, me ha divertido mucho “Huevas de trucha”, una desternillante sátira de un padre que invita a su jefe a su casa y le hace la pelota ridículamente por su evidente sumisión.
De cada uno de los relatos participa alguna sordidez, lo escabroso, lo monstruoso. De los más largos, destacaría “El día de la escopeta”, que encierra a una mujer hermosa en el ámbito terrorífico de una casa, con un padre y un marido completamente degenerados, brutales, mezquinos. El primer relato, “Cena de mayores”, del que antes he citado su final, nos sitúa frente a una niña que le hace frente a una odiosa realidad con la fantasía de sus juegos rebeldes, una realidad compuesta por el recuerdo de su padre muerto, ahora suplantado por el novio de su madre. Aquí se dice algo que está presente en los numerosos cuentos que presentan a niñas como protagonistas: “La infancia es el territorio de la incertidumbre”.
Las niñas que habitan estas narraciones sienten el terrible vacío de unas madres que las desatienden, y que han cometido la terrible acción de emparejarse con un hombre que no es su padre. Niñas que siguen unos impulsos que no se paran a razonar, y que finalmente las conducen a lo desconocido o a una accidentada vuelta hacia sí mismas, como la de otro relato excepcional: “Ritual iniciático”. En él, como en otros, pero aquí más, abunda la presencia de la naturaleza, especialmente del desierto, que está perturbadoramente descrito en los ojos impávidos de una niña fugitiva. Otro relato destacable es “Los que mantienen el fuego” que, en este caso, excepcional en el libro, lo seguimos desde la perspectiva de un protagonista masculino, un joven que huye de una pulsión pederasta que una vez sintió ante un bebé, una obsesión que lo persigue. Para finalizar, de “Nunca sale gratis”, voy a copiar unas frases que ejemplifican la excelente prosa de la autora:
“La provisionalidad general daba pie a adoptar actitudes nuevas: parecía que nosotros también estábamos a medio hacer, que aún podíamos construirnos de cualquier manera, ensayar otras identidades”.
“No estoy acostumbrada a una versión callada de mi marido. A menudo he deseado que hablara menos, que hiciera hueco a lo que no se dice. Pero su silencio no se parece al sosiego: es un silencio estridente, chillón. Un silencio que quiere ser escuchado”.
“Me pregunté, si sometidos a escrutinio, todos sus gestos serían así, una especie de reproducción vacía de lo cotidiano. Tal vez los míos también lo serían”.
“Me parece que ese silencio me alimenta, que solo existo, aunque sea un poco, en esa quietud sin implicaciones, en la ausencia de todo lo demás”. @mundiario


