Sobre Espejo de mediocridad, de Fernando Mañogil: la poesía sin ambages
Espejo de mediocridad (Talón de Aquiles, 2024) es el séptimo poemario de Fernando Mañogil. Con él recuperamos su tono vehemente, su decir apasionado, su versatilidad a la hora de proponer nuevas perspectivas para sus temáticas permanentes, siempre creativamente revisadas, infundidas de la autenticidad de una voz nunca gratuita; su capacidad para levantar escenarios en donde refulgen las pulsiones más esenciales del hombre.
El libro está dividido en tres partes. En la primera, “La apertura de la caja de Pandora”, abundan las referencias a la mitología, especialmente al mito de Ícaro −aunque este motivo traspasa los límites de esta sección−, de la que podemos extraer numerosos ejemplos, entre ellos estos versos: “Hoy quisiera volar de este refugio / como Ícaro, pero con alas certeras”. El poema “Crucifixión” se inicia con estos versos: “Busco alzar el vuelo emigrante / del ave mitológica”; pero sigue con esta frustrante constatación: “Pero la realidad me empuja hacia el abismo, / hacia el tubérculo enterrado en las profundidades”. En “Ser invisible” el poeta intenta sostenerse en la paradoja y quiere “tener la certeza de que todo es incertidumbre / y, a sabiendas de lo etéreo / volar hasta lo invisible”.
Pero lo que más caracteriza esta parte es ese terror a las múltiples amenazas que muestra la vida: “Quedarme en casa −como decía Pascal− / quizás sea lo más sensato, si deseo no sufrir / por el caos que envuelve las ciudades”. Es el miedo, el peso de la incertidumbre: “… que no puedo tenerlo todo atado, / que la diosa Fortuna, que lo augura todo, / va a descontrolar mi vida”. Abunda la visión pesimista: “Aunque goce de libertad / seguiré siendo, / por hoy y por siempre, / el encadenado”. Aunque se intenta remontarla mediante un equilibrio: “Los días son vasos medio llenos / o quizás medio vacíos, / lagos negros en los que naufragar / recuerdos de viejas fotos / en donde la felicidad se plasmaba”.
En “Golpes vitales” hay un doble sentimiento, de cansancio ante tanta adversidad y también de culpa: “…ansío un remanso / para otorgar descanso / a estos huesos cansados / de los golpes infligidos / por los embates de la vida”. “Algún dios ha decidido imprecarnos, / castigarnos por nuestro egoísmo desbocado”. Y en “Avenida de la frustración” reconocemos esa mirada que el poeta tanto prodiga, una visión del mundo descorazonadora, unas posibilidades propias muy constreñidas: “La pena es no haber acertado / con la puerta de la vida / y caminar con los zapatos tristes / por un mundo que se desmorona”.
Pero hay que remontar el vuelo, ocupar otros personajes que ansían la fortaleza, aquellos que adquieren la fe en una realidad factible: “Hoy, más que nunca, / el porvenir es nuestro, / las almas danzantes / nos llevarán en volandas / hacia un nuevo mañana / en el que bostece, / con un brillo sempiterno, / la experiencia irremediable de la vida”. Pero no, la solución que se avista no se puede alcanzar. Así nos habla de la tierra prometida que necesitamos vislumbrar, pero a la que nunca llegaremos “porque es fruto invisible del tormento / auspiciado, desde el inicio de los tiempos, / por la mente humana”.
Otro de los motivos principales del poemario es el espejo que se menciona en el título. Mañogil nos habla de los “reflejos narcisistas que se pierden en las profundidades”, y de esa referencia a la que se aferra: “Quiero crecerme ante el retrato del espejo”; y de la que obtiene una respuesta a veces desconcertante: “A veces, cegado por la rabia, / soy un extraño frente al espejo, / un mediocre reflejo moribundo / que vaga sempiterno / hacia el olvido interminable”. “He olvidado quién soy, el espejo / devuelve imágenes inconexas / de una vida que pudo haber sido / pero ya -después de llegar al umbral / del tiempo- no posibilita la dicha”.
En el poema “Ad mortem” de la segunda parte, titulada explícitamente “La derrota”, se unen esos dos motivos del vuelo y del espejo: “El espejo que me mira se / resquebraja / y suelta un humo informe / que se desata por todos los subterfugios / hasta llegar a mi alma, / que ya vuela hacia / la cara oculta de la luna”. En esta segunda parte, del poema “Gritar en el desierto” destacaría estos versos: “Sé que debo revestir mis miedos con penachos de sonrisa, / aislar el odio en el rincón más hondo de mi alma, / calmar la sed tragando tierra, / morir por alcanzar la otra orilla”. El poeta toma la voz de personajes drásticos, dramáticos, como en “Poeta maldito”: “Mañana quizás me lance a las vías del tren, / quizás me sumerja en el abismo…”.
En la tercera sección del poemario, “Atisbos de luz”, como indica el título encontramos anuncios de claridad, casi siempre referida al cálido contacto humano: “Me olvidé de todo, de todo lo olvidable, / menos de la incipiente inminencia / de tu abrazo infalible”. O cuando dice: “Y mientras, / la felicidad / adscrita al túnel luminoso de tus pasos…”. Pero ese idilio luminoso se interrumpe en “La luz en la jaula”: “Boqueo para intentar respirar, / para salir del humo fatuo, / de la risa bastarda que reverbera / impasible en el reflejo del espejo, / pero ya solo me devuelve / la imagen perseverante de la mediocridad”. Esa mediocridad que es el lastre de una vida a menudo insuficiente. En Espejo de mediocridad, Fernando Mañogil sigue buscando la cruda verdad a través de unos versos contundentes, de unos poemas que exploran la realidad existencial sin obviar ninguno de sus recónditos pliegues, derribando cualquier intento de mentira. @mundiario


