Por qué el Dune de David Lynch de 1984 fue un fracaso de taquilla

Cartel de Dune (1984)
Cartel de Dune (1984)
Un joven Lynch de 38 años siempre manejó equipos pequeños y gozó de libertad artística plena. En Dune tuvo que hacer frente a más de 20.000 extras, casi 70 decorados, 25 personajes protagonistas y un ferreo control desde producción. Se atragantó.
Por qué el Dune de David Lynch de 1984 fue un fracaso de taquilla

Dune (2021).

Este fin de semana llega a los cines Dune, dirigida por el canadiense Denis Villenueve, uno de los directores de su generación (tiene 53 años) más destacado por su capacidad para atraer al espectador hacia guiones complejos mediante los trucos más espectaculares que permite el cine. Por eso Villenueve triunfa entre el gran público y David Lynch es un director para una minoría elegida que no solo ama el cine como entretenimiento, sino también como expresión de arte. Uno y otros están en lo cierto, pero si convertimos el cine en mero – y complejo – arte abstracto, no existiría como tal y el cine es, y tiene que ser, un entretenimiento global que pueda complacer a los sibaritas pedantes y a los toscos neandertales.

Dicho esto, se entiende por qué el Dune de David Lynch de 1984 fue un fracaso de taquilla, no llegando, tan siquiera, a recuperar el dinero invertido en el filme: con un presupuesto de 40 millones, recaudó mundialmente, los nada desdeñables, 30 millones.

Muchas películas clásicas resisten la mirada crítica del siglo XXI, incluso aquellas no tan clásicas (los 80 aún los vemos a lo lejos en el retrovisor de la vida), con efectos especiales muy precarios, resultan tiernos trabajos que querían sorprender al público de la época, pero Dune y sus efectos ópticos y mecánicos, difícilmente merecen el aprobado teniendo en cuenta que Star Wars: Una nueva esperanza se había estrenado  siete años antes y, está, sí soporta el escrutinio del 2021.

Precisamente Raffaella De Laurentiis, productora de la película e hija del también productor Dino De Laurentiis, quien adquirió los derechos de la obra en 1976, tenía el objetivo de conseguir igualar el éxito de esa primera entrega del Star Wars de George Lucas y tratar de expandir el universo Dune por todo el planeta con las obras de  Frank Herbet (son seis libros los que componen el universo Dune del escritor estadounidense), pero fracasó. Quizá la elección del director no fue la correcta, un joven Lynch de 38 años que venía de rodar  Cabeza borrada en el 77 y posteriormente la exitosa El hombre elefante en el 80, pero siempre manejando equipos pequeños y con una libertad artística plena. En Dune, sin embargo, tuvo que hacer frente a más de 20.000 extras, casi 70 decorados, 25 personajes protagonistas y un equipo de trabajo internacional de hasta siete países diferentes. Puede que una obra de tal envergadura fuese demasiado para David Lynch. Un joven y exitoso director que, además, terminó la filmación y trabajó en la postproducción de la película consiguiendo una obra de 3 horas y media de duración que agradó al escritor Frank Herber pero no a los productores.

La película se cercenó casi en una hora y media. Mucho metraje. ¿Resultado? Una película que como piezas de puzle mal encajadas no muestran una imagen final satisfactoria. Sumado ello a que Lynch es un director más onírico que realista y más abstracto que preciso. Algo de poca ayuda en una obra que de por sí es compleja, donde es fácil perderse en su lectura por la cantidad de personajes que hay y en donde las partes más reflexivas y descriptivas contrastan con los fragmentos de acción. Lynch, definitivamente no consiguió resumir en su película la novela de ciencia ficción de Herbet que para Denis Villenueve también ha sido un reto como lector: “Desde aquel año en el que llegó a misma manos – con 14 años – un ejemplar de bolsillo de la novela, desde que abandoné su lectura porque me perdía, porque a ratos me aburría, desde que me peleé con ella, regresé a ella y quedé atrapado, sabía que la haría (la película)[…] Este era el momento justo. Se trata de mi obra de madurez”, contaba el director a la revista Fotogramas.

A quien sí le vino bien Dune en 1984 fue a Kyle MacLachlan, un actor desconocido de 24 años, que debutó en el cine interpretando a Paul Atreides, el Mesías de "Dune". Y a quien luego veríamos en Terciopleo Azul (1986) también de David Lynch, la serie Twin Peaks creada por el mismo Lynch y decenas de apariciones en series diversas como Sexo en Nueva York, Ley y Orden, Mujeres desesperadas, etc.

Kyle MacLachlan en Dune.

Kyle MacLachlan en Dune.

Treinta y siete años después de la adaptación que dirigió David Lynch tenemos la oportunidad de introducirnos en el universo de Dune con los avances técnicos que harán de la experiencia cinematográfica algo atronador como si de fuegos artificiales se tratase: bello y ruidoso. Y con la especial mirada de Villenueve, un ya experimentado director que nos ha planteado complejidades como la de La llegada (2016) o Enemy (2013) y supo resolver eficazmente el peliagudo encargo de la secuela de Blade Runner, Blade Runner 2049. Esperemos que Dune (2021) se convierta, esta vez sí, en una fructifera saga cinematográfica de ciencia ficción donde la consciencia sobrenatural gracias a una poderosa droga, la nimiedad que supone para los mundos de esta historia el espacio-tiempo, la prohibición de todo tipo de informática o las luchas entre causas feudales galácticas son solo una parte de lo que esconde esta historia que merece su lugar predominante en el séptimo arte. @opinionadas en @mundiario

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