Perros, cazadores y cercos en El tiralíneas de plomo, de Llüisa Lladó
Los griegos tenían varios dioses para designar lo onírico, entre ellos Ocnos y Morfeo. De hecho, a los Oneiroi, pertenecía Fobétor, uno de los daimonei de los sueños asociado especialmente a las pesadillas.
La lectura del poemario de Llüisa Lladó, El tiralíneas de plomo (Buenos Aires Poetry), conduce a una exploración metafórica de la sintomatología de los sueños angustiosos que la propia autora elabora a través del uso exacerbado de imágenes. "Eco que distrae al ruido grave/ donde una no acierta el origen/ del perdigón que se extravía,/ carcoma de mata,/ tras el espíritu caliente/ del animal que corre malherido". (pág. 25). Lo siniestro se manifiesta a través de un acopio de hipérboles y sinestesias que aproximan el poema a una clase de revelación enigmática. Lo más parecido a una declaración del oráculo: "Has amanecido HUSKY/ transformada/ en el reflejo salvaje" (pág. 28)
Lo simbólico advierte un aura apocalíptica que se articula en dos vertientes: la primera se refiere al propio paisaje en la que aflicción y zozobra encuentran su expresión en el vértigo de una producción textual que arraiga en las fobias y en las pesadillas. La incertidumbre ante lo que depara el destino acontece desde poemas-episodio donde perros, cepos, cazadores y frondosidad arman lúgubres escenarios con una sensación claustrofóbica que va in crescendo hasta la última parte que es un tributo a la infancia, pero aprehendida desde la inestabilidad emocional: "Yo pienso que la soledad es una migaja así,/ una sábana deslenguada/ en un tendedero de extrarradio". (pág. 87).
La segunda vertiente se refiere a la propia estética del poemario, al origen formal de su concepción, a sus entrañas. Lladó encuentra en el surrealismo una preferencia por representar esa escenografía de seres anodinos, de anomalías y de paradojas para que la animalización y la reificación sean constantes productivas en una escritura que no mira al sentimentalismo, sino al corazón de las tinieblas, al insondable lenguaje de lo críptico: "Tus antecesores/ no nacieron en Siberia,/ fueron criados en una explotación/ que luego los vendía/ a todos los zoológicos del mundo". (pág. 29).
El hermetismo no solo consigue el distanciamiento con lo afectivo o lo nostálgico, sino que también recrea un telón de fondo para la violencia que se erige constantemente a través de figuras y emblemas que crean en el lector una sensación de asfixia poderosa y duradera. No hay ni un solo resquicio en el que los versos auguren algún tipo de expectativa alentadora. Sucede todo lo contrario. Para Lladó, el poema es una aproximación al acertijo del oráculo. Escribir es sinónimo de premonición y la premonición conlleva el lastre de las imágenes que el sueño fabrica desde lo insondable. Lo insondable es subyugante. Produce lobos: "Un instinto/ con la única discordancia/ de que el muerto no se descompone,/ sino que vomita". (pág. 49)
La etimología de monstruo, monstrum, arraiga en la naturaleza semántica de premonición, puesto que monstruo es aquello que es presagio. Señal divina del inframundo. Lo que está por conocer. Lo que no siempre es alivio para el sujeto, sino sobre todo daño y percance.
Tras releer el poemario, tengo la sensación de enfrentarme a unos versos que son un intento de sublimar los miedos que nos atenazan desde lo arcaico. Lo sobrecogedor de las heridas que preceden a la muerte, la existencia como tortura, ya que es una lucha contra el inexorable devenir en el que la escritura de Lladó insiste con la convicción de que el surrealismo es la mejor manera de ser Indra, dios de las tormentas en la mitología hindú. Quien acaba con la serpiente Vritra: "La esquiva mirada de la bala/ hacia la liebre/ con el soplo de un metal/ que ladra y abate". (pág. 20)
El tiralíneas de plomo establece ese espacio liminar en el que Ocnos y la propia existencia del sujeto se confunden. El mal sueño es, en definitiva, escarmiento y aprendizaje. Aprendizaje para mantenerse en vilo. Porque las sombras no descansan con su prolongación de acabamiento. Porque hay que asumir que la muerte no tiene por qué ser una liberación: "En Katowice,/ hubo un rapto radiofónico y/ en sus ondas de mar estalló/ el vidrio/ de un hospital de neonatología". (pág. 70) @mundiario