Jesús Quintero y Antonio Gala en Trece noches: la hondura de la conversación

Da gusto escuchar a Gala, porque habla desde un pensamiento delicado ­−que no cobarde−, a menudo poético, fundamentalmente respetuoso.
Jesús Quintero y Antonio Gala en uno de los programas de "Trece noches".
Jesús Quintero y Antonio Gala en uno de los programas de "Trece noches".

En estos tiempos, en los que el noventa por ciento de la programación televisiva es desechable, en estos días tan carentes de figuras intelectuales y artísticas de primer orden, a algunos nos queda una herramienta paradójicamente producto de esta misma modernidad, como lo es Youtube, ese infinito cajón de vídeos que no excluye lo antiguo memorable.

Las figuras icónicas de la cultura, las del pasado más lejano, las tenemos que imaginar en su forma de desenvolverse en la vida, en la conversación, ese síntoma a menudo bastante fiable del valor de un hombre ­–y no solo por lo que dice, sino por la actitud, los gestos, el tono de la voz−. Los habitantes del siglo XXI cada vez vamos disponiendo de más documentos que nos muestran la forma de moverse, de gesticular, de hablar de los más eximios representantes de la cultura más recientes, con lo que nuestra visión se ajusta más a ciertas manifestaciones de la realidad y dependen menos de lo imaginado o lo mítico.  

Cada vez que veo un vídeo, por ejemplo de aquellos impagables programas de A fondo, en los que podemos contemplar la manifestación personal, la presencia latiente de grandes maestros de la literatura, yo, que no soy apenas mitómano, siento la emoción de esa casi milagrosa cercanía, ese factible salto en el tiempo, y me pongo a imaginar que pudiera aparecer ahora –por milagro o hecho mágico− alguna grabación de los debates que sostenían los filósofos griegos, o una entrevista a San Juan de la Cruz, a Nietzsche o a Miguel Hernández.

No creo que sea mi avanzada edad la que determine mi impresión de que estamos viviendo una época en la que están ausentes las músicas sublimes y rompedoras, las personalidades verdaderamente excepcionales. Al contrario que en épocas anteriores, hoy faltan defensores de una estructura social saludable y abundan los desiguales maestros de una actitud individual. Lo que tiene su indudable lado positivo, esa democratización de las voces, su profusión en los distintos canales de Internet, también favorece la proliferación de mediocres alzados a la popularidad como youtubers o influencers, a menudo propaladores de atractivas falsedades en forma de teorías que proponen una crítica de la sociedad poco profunda y muy visceral.

Toda esta introducción viene a cuento de que hoy me apetece hablar de los vídeos que he vuelto a ver −sobre todo, a escuchar− de una serie de entrevistas que el gran Jesús Quintero (riámonos de la gran mayoría de los entrevistadores actuales, demasiado complacientes, tendenciosos o directamente frivolizados) hiciera a Antonio Gala. Me refiero, particularmente, a aquella serie denominada Las trece noches, que fueron otros tantos programas dedicados, cada uno de ellos, a un tema esencial: el amor, el sentido de la vida, la religión, la verdad, la belleza, etc. En ellos, Quintero dispara sus preguntas al escritor que se consideraba andaluz con la seguridad de que este no iba a quedar mudo ante ninguna, a pesar de que cada una de ellas, a cualquiera de nosotros nos costaría horas o semanas de reflexión o la precipitación de una respuesta urgentemente estereotipada. Se podría decir que Gala respondía por puro ingenio mucho más que por verdadera lucidez, pero también por el resultado de una vida reflexionada.

Sé que la gran inteligencia no preserva al que la posee de caer en muchas pequeñas y sucesivas, y bien hilvanadas, estupideces, ni tampoco de la gran ausencia de sabiduría. He visto debates entre dos contendientes inteligentísimos que adornaban sus enfrentados discursos con una brillante ilación, con una bien urdida coherencia. Pero estaba claro que, al menos uno de los dos −y muy probablemente la ceguera de ambos− estaba completamente equivocado. Y es que uno de los enemigos principales de la sabiduría es la ideología, que infecta toda exposición, que, si es expuesta con inteligencia, puede resultar más peligrosa. He oído a grandes filósofos decir grandes sandeces, suspender del todo el ejercicio de su alta capacidad cognitiva, para expresar unas opiniones que apoyasen su posición política o religiosa.

Las rápidas respuestas que le da Gala a Quintero, apenas un segundo o unos pocos después de haber encajado una pregunta difícil, honda, esencial, nos dan una idea de la rapidez de reflejos que tenía, de su bagaje reflexivo, aunque luego nos demos cuenta de que algunas de las ideas que casi parecía improvisar en su enunciación las había utilizado en otras ocasiones, que eran parte de su maletín de ideas consolidadas, en lo que podría considerarse un temporal inmovilismo, una voluntaria cesación de la investigación de algunas cuestiones, algo por otra parte muy comprensible, pues sería inhumano un perpetuo ejercicio de reconsideración de las verdades alcanzadas.

Da gusto escuchar a Gala, porque habla desde un pensamiento delicado ­–que no cobarde-, a menudo poético, fundamentalmente respetuoso, y nunca lastrado por la más mínima sumisión. Se me ocurre que esas entrevistas pueden utilizarse de dos maneras provechosas: reflexionando sobre lo que dice el escritor, sobre su verdad, sobre si lo es y, en tal caso, si podría ser la nuestra; y también podríamos tomar todas las preguntas de Quintero como si estuvieran dirigidas a nosotros. Seguramente, para responder a muchas de ellas, no tendríamos la riqueza cultural necesaria, pero, intentar contestarlas sería como un ejercicio intelectual muy recomendable, el de ponernos al día para atender unas cuestiones que no son baladíes, sino que podrían extraer mucho de nosotros mismos.

Alguno podría decirnos que intentar responder todas las preguntas es un ejercicio meramente lúdico, inútilmente intelectual; es decir, apartado, paralelo a la verdadera vida, que es inmediatez, sensación, sentimiento. Y tal vez tuviera razón y debiéramos saber callarnos cuando no estuviéramos en la posesión de la certeza plena. Pero, por otra parte, no está de más aventurarse en una opinión, hacer una honesta incursión en nuestro desconocimiento, trascender el terreno de nuestras brumas o inseguridades. Notar que hemos tocado un punto de la inmensa realidad y lo hemos iluminado.

En estos programas, Gala, a sus sesenta y un años, estaba en su mejor momento. Unos años después ya había perdido parte de esa fe que tenía en la verdad y en la belleza, y se había convertido en un hombre socarrón, defensivo, bastante descreído, oscuramente irónico. En esas trece noches se entregó a decir, desde el ejercicio de una educada sensibilidad, aquello que parecía destapar el hermetismo de tantas cuestiones trascendentales; se atrevió a definir lo que casi nadie alcanza a pensar y, sin embargo, al escucharlo, nos parece que podría haber sido un pensamiento nuestro muy probable.

Ver esas Trece noches nos acerca a reflexiones importantes. No tenemos por qué asentir sus bellas aseveraciones. En realidad, algunas debieron ser fruto de la improvisación, tanteos que quedaron registrados, como si presenciáramos la cocina de un autor, una literatura en ciernes. Probablemente, bastantes de aquellos hallazgos no los pudiera suscribir en otro momento más propenso a la meditación más pausada, pero lo que importaba era esa osadía de la palabra, esa delicadeza de querer decir lo que dignifica y respeta, eso tan inconmensurable e insondable que es la vida. @mundiario

Comentarios