Una pequeña aproximación a la figura de Juan Benet
He tardado muchos años en atreverme a leer esta novela, pero parece que ahora estoy en racha, capacitado para disfrutar obras prestigiosas difíciles, y eso es algo maravilloso que he de aprovechar. Volverás a región, de Juan Benet, es uno de esos libros sobre los que muchos han advertido de su dificultad. El autor madrileño era un admirador de William Faulkner, y eso se nota. De Faulkner he leído varias novelas, pero en muchos de esos momentos de lectura pensé si era realmente importante terminarlas, o si solo eran un valioso artilugio que se prestaba a una lectura aleatoria siempre muy laudable por su virtuosa calidad. De Benet, solo he leído esta novela, pero en ella se aprecian las características del gran autor norteamericano, ese gusto por la frase perfecta, ese atrevimiento a las oraciones largas, que en Benet alcanzan a veces las quince líneas, casi siempre muy bien dirigidas y culminadas, excepto en alguna ocasión, de esas en las que introduce, un subtexto largo entre guiones, que complica en exceso la atención.
Mi primera lectura de la prosa de Benet fue el magnífico texto que escribió como homenaje a su amigo Luis Martín-Santos, y que está incluido en ese curioso libro que es El amanecer podrido, formado por relatos cortos de estos autores, en los que no está dirimida su autoría, escritos, supuestamente, a cuatro manos, en torno al año 1950; es decir, antes de la eclosión de la novedosa literatura −que rompía con el realismo social o costumbrista imperante− que llevaron a cabo ambos insignes escritores (Volverás a Región es de 1967, y Tiempo de silencio, de 1962). Ese artículo me pareció extraordinariamente bien escrito y, en definitiva, fue el preludio de la lectura que acabo de finalizar.
En un documental que se puede ver en YouTube, quien fuera amigo de Benet, el también escritor Manuel de Lope, aludía a la, por tantos, reconocida dificultad en la lectura de las novelas de Benet. Pero decía que podíamos hacer el ejercicio de abrir sus libros por cualquiera de sus páginas, porque entonces: “Enseguida se percibe la potencia de la escritura, y no solo la potencia, sino una especie de profunda sinceridad, de profunda autenticidad en la escritura”. Y esto mismo lo considero válido para Volverás a región. Benet reconocía en una entrevista tener trescientos lectores, pero que si pudiera tener mil, sería mucho mejor. Pero no más, no un éxito masivo. Como decía Manuel de Lope: “A Juan le importaba un rábano el animar o desanimar a alguien a que lo leyera”.
Podríamos decir que Benet era un escritor nada complaciente con los lectores, a los que se lo ponía muy difícil, y que solo algunos seguidores acérrimos, como Javier Marías, podían justificarlo plenamente. Este −un año después de morir su amigo− escribió: “Yo comprendo que alguna gente... bueno, se echa un poco para atrás porque algunas veces los libros de Benet presentan dificultades, y no voy a negar que las presentan, si bien una de las cosas que hacen atractiva la literatura de Benet es el tipo de dificultades que presenta. Su oscuridad, a mi modo de ver, no es nunca gratuita, se corresponde con una complejidad de pensamiento en algunas ocasiones, o con una complejidad de estructura o técnica que a veces se requiere y que es armoniosa y coherente dentro de cada libro, que no está puesta desde fuera, que no está puesta de manera gratuita”. Tal vez, para estar plenamente de acuerdo con Marías, debería releer al menos dos veces la novela, para intentar averiguar todos sus secretos mecanismos; tal vez así comprendería bastante más aproximativamente el argumento, dejaría de perderme en tantas ocasiones, y podría escribir un artículo, como uno que he encontrado por la Red, en el que su autor asegura haber averiguado el argumento de esta novela, y lo dice, no por jactarse de ello, sino humildemente, para facilitarnos a los lectores su comprensión, tal vez compadeciéndose de nuestros fracasados esfuerzos. Decía Ortega y Gasset que “la claridad es la cortesía del filósofo”. No sé si esto valdría exactamente para la literatura, en la que quizá habría que encontrar siempre el punto anterior a lo abstruso o a lo simplemente demasiado complejo, pero lo bastante alejado de las obviedades anodinas.
Defiende también Marías la criticada personalidad de Benet, su fama de huraño y difícil (de “cascarrabias”, decía él, en televisión: “Me gusta ser cascarrabias porque el día así está más lleno”): “Benet, cuando alguien no le gustaba, podía mostrarse muy odioso. Hay gente con la cual no tenía el menor motivo para estar simpático, lo cual me parece muy bien”. “Con las personas que lo conocían bien era el hombre más gracioso y encantador de la tierra, decía exactamente eso y lo sigo afirmando”.
Seguramente que sí hay que frenar, con la suspensión de la cortesía, algunas actitudes claramente hostiles o estúpidas, o que haya que denunciar ciertos fraudes artísticos muy claros, aunque solo suele hacerlo quien está bien respaldado o protegido en varios flancos. En un libro de artículos de Benet −el volumen que corresponde a los que escribiera entre 1962 y 1977− me he encontrado con algunas muestras de esa lengua sin pelos y a veces sin mesura que tenía el escritor madrileño.
En uno de ellos, intenta destrozar la venerada figura de Solzhenitsin: “Yo creo firmemente que mientras existan gentes como Alexander Solzhenitsin perdurarán y deben perdurar los campos de concentración”. Benet le deniega el derecho a expresarse como si fuera una voz autorizada de Occidente, de creerse la conciencia de su tiempo: “Y, todo eso. ¿por qué? ¿Porque ha escrito cuatro novelas? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne −y bien que le ha sacado partido a ello− los horrores del campo de concentración?”
Es también muy dura su crítica de Galdós, quien le parece mucho más interesante desde el punto de vista de la sociología que de la literatura. En una carta abierta a Pedro Altares, de Cuadernos para el diálogo, en 1970, rechazando la invitación a que escriba un artículo sobre Galdós, dice: “No le sorprenderá, con lo anterior, que observe el culto a Galdós (y muchos otros a figuras antiguas del pasado), como una desgracia nacional […] un escritor de segunda fila, elevado (casi por razones de prestigio nacional) al rango de patriarca de las letras”.
Y así hablaba de Dostoyevski en una entrevista televisiva: “Me parece una larva como escritor, […] un escritor que del alma humana no sabía nada, más que exageraciones, era un escritor para El caso”. Y, para mayor sorna, le parecía emparentable con el ínclito Juan de Orduña. El único elogio completo que pronuncia en el citado libro es para Samuel Beckett, “uno de los pocos inventores de la literatura”.
Y, de vuelta a Volverás a región, no creo que valga mucho la pena esforzarse en comprender el argumento o la globalidad de la obra. Yo eso se lo dejaría a quienes, por su profesión, no tendrían más remedio que hacerlo. De hecho, siempre he dicho que me importa muy poco el desenlace de una novela o una película, y que, de hecho, es la parte que antes olvido. Lo que interesa es la calidad de su transcurso, la resolución de los problemas que se van planteando, la brillantez en la sucesión de los pasos por los que se va avanzando. En este caso, es cierto que, muchas veces, se nos hurtan las ayudas para comprender un relato que parece deslavazado, que se nos presenta un largo diálogo que no lo es, sino una sucesión de delirantes soliloquios, unas explicaciones sigilosamente concurrentes, unos personajes que a veces parecen variar de ubicación, despojados de trayectorias coherentes y concretas.
El caso es que he finalizado esta novela que apenas tiene puntos y aparte, y que se sostiene en una densidad de descripciones que siempre suenan a inéditas, plenas de sutileza, y de discreta belleza. He aquí solo tres muestras: “Una maraña de pelo prematuramente engrisecido y esas facciones carentes de energía y carácter de quien ha madurado en la apatía y la ignorancia”. “Solo cuenta con un ayer cicatrizado en cuya propia insensibilidad se mide la magnitud de la herida. El coche negro no pertenece al tiempo sino a ese ayer intemporal, transformado por la futurición en un ingrávido y abortivo presente”. “Huraño y reconcentrado trataba en vano de recuperar la penumbra fétida anterior al gesto que parecía exigir una justificación”. Supongo el placer de Benet al lograr estas y tantísimas otras frases. En una entrevista, al preguntársele por la presunta dureza del oficio de escribir, decía que hay momentos “en que el pensamiento o la inspiración no corresponden a la voluntad, no marchan a la misma velocidad, y hay que forzar la máquina; pero si la velocidad y el viaje, por decirlo así, están engranados, casi todo resulta suave, apacible y muy remunerativo”. Y, en otra ocasión: “Si no fuera un placer, no escribiría”. Si no hubiera sido un placer, no habría completado la lectura de Volverás a región, pese a todo. @mundiario

