Fracasos musicales
Hay piezas maestras de la música clásica que hoy nos entusiasman y aclamamos, pero que en su estreno fueron un fracaso y hasta un escándalo. Porque la historia del arte es caprichosa. Lo que hoy consideramos obras maestras y éxitos absolutos, en su día fueron sonoros fracasos de crítica y público. Brahms, Berlioz, Verdi, Wagner, Mahler… incluso Beethoven los tuvieron y, aunque nos parezca desconcertante, obras musicales que hoy nos parecen irreprochables, creadas por autores que calificamos de genios, provocaron epítetos tremendos.
Es cierto que al ser humano, por lo general, le cuesta aceptar los cambios, vengan de donde vengan: en el campo del arte, del saber, de las ideas… y la música no es ajena a esta cuestión: el oído tarda en habituarse a las novedades armónicas. Hagamos un repaso: en 1852, en Critique et littérature musicales, se leía: «Monsieur Berlioz empareja instrumentos que aúllan al juntarse»; sobre «Scheherezade», de Rimsky-Korsakov, el Daily Advertiser se imagina toda una epopeya: «¡Los rusos han tomado Boston! (…) El combate de “Scheherezade” comenzó con un bombardeo a cargo de la orquesta al completo, al abrigo del cual la sección de viento-madera avanzó por la derecha. Entonces los violines realizaron una brillante incursión por el flanco izquierdo. (…) Siguió una furiosa descarga de timbales (…) Ante esto, todo el público –incluida la artillería pesada– optó por rendirse».
El New York World-Telegram publicó en 1936 que la «Rapsodia sobre un tema de Paganini», de Rachmaninoff, «suena en algunos momentos como una plaga de insectos en el valle del Amazonas; en otros, como una versión en miniatura del Día del Juicio Final». El 11 de diciembre de 1918, The New York Times afirmaba sobre el primer concierto para piano de Prokofiev que «tiene momentos en que el piano y la orquesta hacen sonidos que no evocan solo la caída de un imperio, sino también la de la vajilla». Aunque había críticas buenas, por supuesto, e incluso podían ser más numerosas, quien se cebaba con una obra lo hacía a conciencia. Así, en la Gazette de Boston, del 22 de noviembre de 1880, se leía: «La sinfonía de Liszt basada en la “Divina Comedia” de Dante trata del infierno, y resulta ciertamente infernal (…) Lo único bueno de esta composición es que añade nuevos terrores al más allá de los condenados». No se libra ni siquiera Verdi, quien, según publicó en 1856 la parisina Revue des deux mondes, «es un músico decadente. Tiene todos los defectos propios de esta clase de artistas: la violencia de estilo, la incoherencia de ideas, la crudeza de los colores, la impropiedad del lenguaje». El estreno de «La Traviata», en el teatro «La Fenice» de Venecia, el 6 de marzo de 1853, fue muy mal recibido.
La ópera se basa en la vida de la cortesana Alphonsine Duplessis, una historia muy reciente contada por Alejandro Dumas hijo en «La dama de las camelias», y, seguramente, con algunos de los amantes de Duplessis sentados entre el público, por eso la alta sociedad se tomó a mal verse retratada con tanta sinceridad y abucheó esta ópera maestra de Verdi. «La Traviata» es un espejo de la sociedad contemporánea de entonces, algo extraordinario en las óperas, que solían contar historias de tiempos antiguos, en otros contextos; pero «La Traviata» no: la ópera de Verdi reflejaba a la sociedad del momento. Hoy «La Traviata» es la ópera más representada en el mundo. El espanto ante las novedades llega, en ocasiones, a semejarse al dolor físico: «¡Si usted es lo bastante perverso y masoquista para soportar una hora de flagelaciones sonoras, he aquí su oportunidad!», comentaba Down Beat sobre la «Octava Sinfonía» de Mahler en 1952. Según The Musical Times, del 20 de abril de 1861, la ópera «Tannhäuser», de Wagner, provocaba la siguiente reacción entre el público: «Los oyentes más corteses, que quisieron tener una conducta decente, sufrieron sin pestañear; otros se revolvían en sus asientos y cambiaban de lado como san Lorenzo en la parrilla».
Y si nos imaginábamos un clamor de admiración en el estreno de una obra tan magna como la «Novena Sinfonía» de Beethoven, resulta una sorpresa comprobar que no. El 6 de febrero de 1853 se podía leer en el Daily Atlas, de Boston: «Si los mejores críticos y orquestas no han logrado encontrarle sentido a la “Novena Sinfonía”, bien puede perdonársenos si confesamos también nuestra incapacidad para hacerlo. El Adagio posee una gran belleza, es indudable, pero los demás movimientos, y el último en particular, parecen ser una progresión incomprensible de progresiones armónicas extrañas». Y esta tropelía encontraba su explicación en la sordera del autor, comparándolo con «un pintor ciego tocando el lienzo al azar».
Si ni siquiera la «Novena Sinfonía» fue comprendida en una primera escucha, es fácil imaginar lo que podía ocurrir con las obras de Stravinsky. En The Musical Times, del 1 de agosto de 1913, se podía leer: «La música de “La consagración de la primavera” se resiste a cualquier descripción. Decir que consiste en su mayor parte en un ruido espantoso es quedarse corto». El estreno de «El lago de los cisnes», de Tchaikovsky, también fue un fracaso. El ballet no fue bien recibido, obteniendo una crítica negativa casi unánime acerca de los bailarines, la orquesta y la escenografía. Por desgracia, la magistral partitura de Chaikovski se perdió en la debacle de la pobre producción. Aunque hubo algunos que reconocieron sus virtudes, la mayoría consideró que era demasiado complicado para el ballet. Los propios críticos, en general, no estaban familiarizados con el ballet o la música, sino más bien con el melodrama hablado. La música de Tchaikovsky les pareció «demasiado ruidosa, demasiado wagneriana y demasiado sinfónica».
Al «Barbero de Sevilla» de Rossini se le considera la madre de las óperas bufas. Pero ya existía un «Barbero de Sevilla» antes de Rossini, compuesto por el italiano Giovanni Paisiello y gozaba de gran popularidad. Así, cuando en 1816 Rossini estrenó en el Teatro «Argentina» de Roma su «Barbiere», los partidarios de Paisiello se mostraron hostiles, aprovechando cualquier oportunidad para manifestar su desacuerdo con silbidos y abucheos.
El 3 de marzo de 1875 se estrenó con un absoluto fracaso, en la Opéra-Comique de París, «Carmen», ópera dramática en cuatro actos con música de Georges Bizet y libreto basado en la novela homónima de Próspero Mérimée. El público parisino no recibió con buenos ojos la mescolanza de ópera seria y ópera cómica que Bizet había propuesto en «Carmen», en la que su ruptura con las convenciones conmocionó y escandalizó a sus primeras audiencias. También protestaron enérgicamente por la representación de un asesinato en escena y por el predominio de un personaje femenino fuerte, independiente y libre como Carmen. El 3 de junio de 1875, Bizet murió de un ataque al corazón, a los 36 años, sin llegar a saber cuán popular iba a ser «Carmen», hoy una de las óperas más representadas del mundo.
«Madama Butterfly», de Giacomo Puccini, también tuvo un estreno desastroso el 17 de febrero de 1904 en «La Scala» de Milán. Muchos encontraron similitudes entre algunas piezas corales y «La Bohème»; por ello, el público abucheó desde el principio la ópera y, durante el segundo acto, prácticamente impidió cantar a los artistas por el griterío. Incluso boicotearon el célebre intermezzo. Fue un desastre, pero Puccini realizó cambios que convirtieron «Madama Butterfly» en un hito del repertorio operístico mundial.
En fin, en el mundo de antes siempre hubo incomprensión y hasta amargura para los creadores musicales. ¡Cuán distinto de lo que ocurre ahora, en que tantos chiquilicuatres logran rápidamente éxito, fama y fortuna con musiquitas repelentes! @mundiario


