No es un desnudo más, es La maja desnuda
Se trata de un óleo sobre lienzo de 97,3x190,6 cm. Realizada entre 1795 a 1800. Se encuentra en el Museo del Prado.
En la obra se representa a una mujer joven de cuerpo entero. En cuanto a su protagonista, no se sabe exactamente quién es la modelo, aunque la teoría más aceptada señala a Pepita Tudó, amante de Manuel Godoy y primer propietario del cuadro.
Goya sigue la tipología tradicional de la diosa Venus, por lo que la sitúa recostada plácidamente en un diván de terciopelo verde oscuro, complementado con una sábana y almohada blancas con encajes.
En el arte clásico no se representaban los desnudos recostados, fue a partir del Renacimiento cuándo se empezó a recoger de ese modo a la figura femenina. Goya, gran admirador de Velázquez, se inspiró en la Venus del Espejo de éste a la hora de realizar su obra.
Con respecto al cuadro, podríamos decir que es un desnudo más, como otros tantos que se pueden observar de otros tantos genios, no obstante, sería un craso error pensar así, no es un desnudo más, es ¡el desnudo!
Esta obra supone la primera vez, en toda la historia del arte, que se pinta un desnudo ¡porque sí!, es decir, por el puro placer de pintarlo, sin excusas, sensual y provocativo.
Antes de la Maja de Goya, los desnudos necesitaban una “justificación”. Estas justificaciones estaban tasadas en dos motivos: religiosos (p.ej. Adán y Eva) o mitológicos (p.ej. El Nacimiento de Venus). No obstante, las representaciones de desnudos iban cubiertos en algún punto anatómico, bien con vegetación, telas, cabellos, manos, objetos, etc., Por tanto, nunca se apreciaba un desnudo íntegro, menos aún un pubis con vello.
Pero llegó nuestro genio aragonés y se atrevió a pintar a una mujer real, sin excusas, fantasías o decoro, es decir, representó un desnudo claro y sin justificaciones. Simplemente recogió a la mujer tal cual la veía, apareciendo, por primera vez en la pintura universal, una mujer con vello púbico. Goya a través de su Maja y el pubis de ésta, inicia la Edad Moderna de la Pintura.
La Maja nos mira de forma atrevida, no muestra ningún pudor, todo lo contrario exhibe su desnudez de forma relajada y placentera, sabe que está provocando al espectador.
El centro del cuadro coincide con su pubis, lo cual resalta el erotismo de la composición. La mujer apoya la cabeza sobre sus brazos entrecruzados realzando así sus pechos, mientras coloca las piernas elegantemente recogidas, marcando, de este modo, las curvas de sus caderas. No hay adornos que la acompañen, no los necesita, sólo está ella en su desnudez absoluta, sin tratar de dejar nada a la imaginación, mirando al espectador de forma directa, desafiante, con una leve y sugestiva sonrisa, nos deja claro que no estamos ante una mujer timorata.
Goya pinta a la Maja a través de una pincelada detallista y precisa. Los colores son suaves, sin exageraciones, destacando la palidez de su piel nacarada. En la obra todo es refinamiento y sensualidad.
Las Majas o las “Gitanas”, denominación esta última asignada en el Inventario del Palacio de Godoy, han sufridos distintas vicisitudes a lo largo de su existencia, destacando el secuestro de la Maja desnuda, en 1815, por parte de la Inquisición que consideró la obra de “obscena”. El Santo oficio levantó causa contra su autor, obligándolo a comparecer ante su Tribunal para que confesará el nombre de la modelo y de la persona que realizó el encargo, algo que, tal y como se ha comentado en el inició, parece que nunca fue desvelado.
Por último, destacar la importante influencia de Goya en muchos de los movimientos de los siglos XIX y XX, tales como expresionismo, surrealismo, impresionismo…, en cuanto a la desconocida Maja, sirve de referencia absoluta a un Manet, precursor del impresionismo, a la hora de plasmar a su Olimpia, en la que tratará de recoger el descaro apreciado en la Maja desnuda. @mundiario


