Byung-Chul Chan, acerca de la cultura y la filosofía del lejano oriente

Byung-Chul Han. / FB @BChulHan
Byung-Chul Han. / FB @BChulHan

La filosofía occidental es una filosofía de la especulación racional, denota una voluntad afirmativa, declara dónde empieza su expedición intelectual y dónde debe de acabar. La mentalidad oriental tiende a dejar pasar, a tener en cuenta y conocer las transformaciones del mundo sin inquirir qué es lo que hay bajo tales configuraciones.

Byung-Chul Chan, acerca de la cultura y la filosofía del lejano oriente

En ocasiones, la oposición entre varias cosas es el mejor método de definir la naturaleza de tales cosas.

En este libro que publica la editorial argentina Caja Negra, Byung Chul Han va exponiendo, a través de una sistemática oposición entre ambos universos, las diferencias culturales y conceptuales existentes entre Oriente y Occidente. De un modo sencillo y preciso, Chul Han expone las diferencias que definen ambas culturas. Son estas las que claramente las ubican una enfrente de la otra sin otra intencionalidad que anotar sus destinos específicos. No es que ambas culturas se opongan, meramente: sus estrategias de conformación conceptual obedecen a intereses de distinto orden y prioridad.

Chul Han empieza su exposición con la definición no tanto de los hallazgos existentes en cada filosofía, la occidental y la oriental, sino del procedimiento y de los objetivos de ambas, de la voluntad que hay tras sus pesquisas elucubrativas. La filosofía occidental es una filosofía de la substancia y de la esencia. Cree que hay algo tras las apariencias que merece ser descubierto y comprendido. Las cosas, contempladas reflexivamente, remiten a otra cosa más profunda que las propias cosas: la esencia. Este buscar, esta inquietud occidental lleva de la búsqueda de la esencia a la encarnación del ser, destino final y plenario de la reflexión filosófica. Si la filosofía occidental es una filosofía del ser, la oriental no busca ese fin como recompensa gloriosa de la meditación filosófica: su filosofar es la del camino, la de continuar viajando espiritualmente a través de todas las apariencias sin detenerse en un objeto secreto tras tales apariencias.

La filosofía occidental es una filosofía de la especulación racional, denota una voluntad afirmativa, declara dónde empieza su expedición intelectual y dónde debe de acabar. La mentalidad oriental tiende a dejar pasar, a tener en cuenta y conocer las transformaciones del mundo sin inquirir qué es lo que hay bajo tales configuraciones. Para el oriental, el objeto filosófico no es otro que el que se configura ante sus ojos, no lo que signifique en otro plano, rechaza internarse en ámbitos duales buscando algo que se resuelva en la contienda entre ambas alternativas. La significación de algo es la cosa misma en cuestión, no una entidad separada de ella que haya que definir y alcanzar.

Las diferentes formas de filosofía responden a distintas actitudes ante lo intelectivo y lo moralmente óptimo. Occidente admite el análisis de determinados aspectos de lo real, suponiéndolos soporte de una esencia, el objetivo verdadero y último de su pensamiento. Occidente busca lo que se esconde, lo que permanece en planos no visibles de significación aunque perceptible en lo aparente y visible. 

Oriente prioriza la desapropiación, privilegia el vacío. El vacío es el ámbito filosófico y místico del oriental.

Ante lo espacial, Occidente determina, delimita y limita; Oriente hace lo contrario: comunica levedad espacial, permite la fluidez, tiende a la ingravidez. No cierra las cosas de modo definitivo, como ocurre en los templos cristianos donde el apogeo se desenvuelve dentro del espacio sagrado. Los templos budistas dejan flancos abiertos, propician la indeterminación espacial, no aparecen tan fijados como lo lleva a cabo el explosivo relato arquitectónico occidental.

Ausencia, de Byung-Chul Han.

Ausencia, de Byung-Chul Han.

Chul Han habla de “la catedral de la interioridad” para definir la experiencia espacial que asume la espiritualidad occidental en sus templos. La actitud oriental a este respecto es la contraria a la occidental. Tiende a no acotar tan rígidamente el espacio, a no definirlo tanto. El espacio sacral en Oriente se ve tenuemente diferenciado con respecto a lo que le rodea, disfrutando de márgenes abiertos que permitan un acceso discreto del exterior. Esta sensibilidad, esta diferencia entre ambas espiritualidades, también se refleja en los materiales elegidos para los templos: mientras que los occidentales eligen la solidez y la perpetuidad de la piedra, los orientales prefieren materiales más blandos o que sugieran levedad, poca resistencia como la madera o el papel.

Chul han señala que lo occidental, lata y técnicamente, supone la complejidad de procesos como consecuencia de la aplicación de una lógica centralizadora y unificadora. Comparativamente, lo oriental se aleja de densidades tan estructuradas y opta por desligarse de lo que constata, mostrando apenas un rastro de lo que haya sido percibido.

Como ya hemos señalado, el “método” por el que Chul-Han opta en su exposición de las formas culturales de Oriente y Occidente es la oposición, no la confrontación. Pero a veces, en la lectura de tal exposición, según sea el orden que elija en la ilación, parece que el autor coreano jugase a sugerir qué universo resulta preferible,  como si nos indicara qué forma o modo resultara más sensato: la sutileza oriental, o la complejidad inquisitiva occidental.

Sabemos que la lectura va generando posibilidades interpretativas conforme avanza sobre la multiformidad de un texto. En este caso, tenemos a un autor de origen asiático que ha elegido libremente estudiar una cultura distinta a la propia y expresarse a través de la lengua de esa cultura elegida, en este caso la alemana. Sin retorcer mucho los sentidos que asoman a través del sentido manifiesto, aquí, podríamos adivinar una suerte de autoreivindicación exenta de toda gestualidad, al ir percibiendo cierto elogio creciente de lo oriental frente a la mayor e incluso violenta determinación de la cultura occidental.

La espiritualidad oriental, al ser menos barrocamente conceptual y más desasida, resulta, aparentemente, menos pretenciosa que la occidental en la búsqueda de formas, normas y ubicaciones. Aunque bien es cierto que a esta tortilla conceptual le podemos dar la vuelta y juzgar ese Vacío neto, lugar del acontecer místico para los orientales, como algo insulso e igualmente pretencioso….

Cierto es que para un oriental, lo importante no es tanto fijar como filtrar,  propiciar la transición, mientras que para el occidental se impone lo contrario: la solidez posee la característica de lo afirmativo. A partir de estas consideraciones sobre las opciones espaciales sacras, surgen dudas razonables: ¿la supuesta solidez occidental en su arquitectura profana y sacra, es un destino, supone un estatismo irremediable? ¿Hasta qué punto para un coreano o un chino un templo cristiano es algo ineludiblemente quieto, centrado, acorazado, un tanto inexpugnable?

El oriental tiende a no valorar lo meramente invariable, lo que perdura por perdurar, diríamos vulgarmente. Mientras el occidental sí busca un cimiento como sostén sustancial de las cosas, el oriental deja que la vacuidad continúe siendo el único signo detectable o cierto de la realidad. Esto, y volviendo a nuestra consideración hermenéutica anterior, ¿hasta qué punto es un elogio para lo oriental o lo es para lo occidental?

En las consideraciones lingüísticas aparecen también una serie de características muy importantes para ubicar conceptualmente las fronteras de ambas culturas.

El pensamiento de los orientales es plano y la incidencia del yo en el lenguaje es muy tenue. Los occidentales han introducido el juego de las dualidades en la definición de la función y el ser del lenguaje. Las famosas remitencias semióticas entre signo y referente, entre significante y significado, han producido redes de alusiones vectoriales a la búsqueda de la verdad final que el oriental ignora tranquilamente, instalado en su vacuidad fundamental. Y es en este sentido que sea real su literalidad: cuando el taoísmo o el budismo buscan el silencio no lo hacen porque busquen una supuesta esencia perdida entre infinitas alusiones intelectivas, o deseen rastrear un no sé qué innombrable. Lo no decible en el lenguaje, lo esotérico, lo que el lenguaje no puede nominar y que para un occidental es motivo de pruritos filosóficos y místicos, no supone prioridad alguna para un oriental. Simplemente, no existe.

En Oriente, cuando se opta por el silencio no se hace como recurso intelectual de búsqueda de algo sino como reacción al ruido invasor que ya existe alrededor. Se elige el no decir, pero no porque haya algo de índole misteriosa que  se resista a ser dicho.

Lo oriental y lo occidental se reducen a un fino y elocuente juego de oposiciones y divergencias, cuyo eje parece definirse por el distinto énfasis con que abordan las distintas implicaciones de sus respectivos espectros culturales. @mundiario

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