Doce hombres sin piedad, un alegato a favor de una justicia honesta y cabal

Doce hombres sin piedad es una crítica, un desenmascaramiento de unos ciudadanos reducidos a la ignorancia promovida por el egoísmo, a un pensamiento cerril y a una indiferencia esencial

Fotograma de "Doce hombres sin piedad", de Sidney Lumet
photo_camera Fotograma de Doce hombres sin piedad, de Sidney Lumet

Doce hombres sin piedad (1957, Sidney Lumet) es una de las películas más intensas que he visto, creadora de una atmósfera claustrofóbica, calurosa, asfixiante, exclusivamente varonil, representativa de una sociedad dominada por las exclusiones y los prejuicios. El guion está basado en el que Reginald Rose creó para la televisión (recordemos una magnífica versión en Estudio 1 de TVE, con un gran elenco de actores capitaneado por José María Rodero). Salvo unas pocas imágenes al principio y al final, de los pasillos del palacio de justicia, de la sala del juicio, y de las escalinatas de la calle (extraordinarias, por cierto, muy reveladoras de las intenciones de la película), la acción transcurre en la sala donde ha de producirse la deliberación del jurado. Este hecho, que podría haber supuesto un hándicap para el dinamismo de la película, es magistralmente superado por Lumet, con una dirección intuitiva, componiendo con los movimientos de la cámara un retrato sutil de la personalidad de cada miembro del jurado.

Entre esos planos del principio —la mayoría producto de un travelling que rastrea las diferentes emociones que concurren en el edificio judicial—, destaca el del joven de dieciocho años juzgado. Lo vemos primero de soslayo, mientras los miembros del jurado se levantan para dirigirse a la sala en la que se pronunciarán sobre su culpabilidad o su inocencia, y luego en un primer plano absolutamente empático, en el que se resaltan los rasgos de un ser desvalido, de un joven de procedencia racial no asimilable por la ideología norteamericana imperante, en el que se adivina una larga caída en la desgracia desde su naturaleza originaria. Y es que esta obra pretende ser una lección de ecuanimidad, una muestra de actitud compasiva, de comprensión de unas personas condenadas al mal ambiente en el que han nacido, a la incultura y la violencia de algunos barrios suburbiales, y a la mirada prejuiciosa de quienes han tenido la suerte de haber crecido en entornos más benévolos y aceptados por la clase dominante.

Pero Doce hombres sin piedad es, sobre todo, una crítica, un desenmascaramiento de unos ciudadanos reducidos a la ignorancia promovida por el egoísmo, a un pensamiento cerril y a una indiferencia esencial. Frente a esos hombres banales, irresponsables, el jurado número 8 (no conoceremos los nombres de cada uno de los miembros, salvo los de alguno en un emotivo instante final) se erige en adalid del rigor y del esfuerzo por alcanzar una justicia fiable. Este hombre —interpretado por un impresionante Henry Fonda— será la nota discordante en una unanimidad pretendida como cómoda solución para un trámite engorroso, en un caso que se considera claro de culpabilidad. Cuando se le pregunta por qué defiende la inocencia del acusado, él simplemente dice que no sabe si lo es, pero que ese asunto no puede resolverse tan precipitadamente, porque la vida de alguien —la condena, en este caso, sería la pena de muerte— no se puede decidir con tanta ligereza. Luego comprobaremos que su empeño no es el de salvar al chico a toda costa, que lo suyo es más un deseo de justicia que de simple compasión —aunque esta también intervenga, pues tiene en cuenta sus duros antecedentes biográficos—, algo que se confirma cuando uno de los jurados le interpela, nombrándole la posibilidad de que pudieran finalmente equivocarse decidiendo su inocencia cuando esta no lo fuera en verdad. La respuesta de Fonda a esa hipótesis es un rostro muy preocupado por esa eventualidad. La película es valiente al denunciar los prejuicios racistas y clasistas, pero —seguramente para no crear una digresión que pudiera esparcir la potencia del relato— no se plantea la pertinencia de la pena capital.  

Una de las grandes virtudes de la obra, es la precisión al describir la individualidad de cada uno de los personajes, entre los que destacan cinco o seis de más poderosa personalidad, pero donde los restantes también exhiben rasgos que los distinguen y que contribuyen al despliegue de un interesante abanico de psicologías singularizadas (esta película ha servido para ilustrar ejercicios de psicología o antropología). Así encontramos caracteres muy desiguales, elementos discriminatorios como la edad, la procedencia, e iremos viendo cómo las circunstancias personales de cada uno —de forma decisiva en los casos más graves— inciden en su votación. Cada uno de los doce actores nos ofrece un sensacional trabajo.   

Esos doce hombres se ven atrapados en una sala extremadamente calurosa, unos con fastidio y otros desde la responsabilidad. El nerviosismo creciente, la agresividad se masca y se manifiesta en algún previsible conato. El gesto originario del jurado número 8 —pese a las resistencias— provocará reconsideraciones que, poco a poco, irán aumentando las “dudas razonables” que han de volcar el veredicto hacia el lado de la inocencia. Se precisa una unanimidad que se irá consiguiendo, a la vista de la mala calidad de las pruebas antes irrefutables, y que ahora quedan anuladas por las nuevas evidencias. Y es que, en los testigos, también interviene la mezquindad, en forma de coquetería o de orgullo.  

La conclusión sería la enorme dificultad de conseguir una justicia infalible, cuando está en manos de las emociones de los hombres. Esas horas intensas sacan a la luz los traumas de alguno de los acusadores más recalcitrantes, las endebles creencias de quienes prefirieron la facilidad de una decisión precipitada. Toda la tensión desemboca en un costoso ejercicio de honestidad moral que finalmente será el logro propiciado por la integridad de una sola persona, por el coraje de contradecir a la fuerza de la obviedad que puede conferir una tan apabullante mayoría de opiniones. Es la muestra de que se precisa el esfuerzo de una cabal individualidad para revertir los errores que se derivan de la inercia de lo gregario. @mundiario