La pobreza, crisis climática e imagen internacional: los retos de Lula como presidente

Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil. / RR.SS.

El líder del PT ha sido investido como mandatario de Brasil por tercera ocasión, pero para este nuevo periodo se encuentra con un país dividido y muy diferente al que dejó.

El año comienza con la investidura de Luiz Inácio Lula da Silva como nuevo presidente de Brasil. El líder del Partido de los Trabajadores (PT) se convierte en el mandatario del gigante sudamericano por tercera vez, precisamente en el aniversario de su primer juramento como presidente, hace exactamente 20 años. No obstante, el que llegó a ostentar una inmensa popularidad entre los ciudadanos ahora se enfrenta a una lista de desafíos que retarán a su ambiciosa agenda.

Tras su victoria electoral ante el presidente saliente Jair Bolsonaro, el dirigente socialista ha tomado posesión dos décadas después de que lo hiciera por primera vez en 2003, cuando sus políticas sociales lo catapultaron a la popularidad nacional y global. Unos 12 años después de dejar el poder en 2011, el nuevo líder de Brasil hereda un país golpeado por el aumento de la pobreza, la crisis económica, la polarización, las relaciones internacionales, el cambio climático y el objetivo de “reconstruir” y borrar la huella de su predecesor al mismo tiempo.

Reducir las tasas de pobreza es la prioridad, según ha aseverado el propio Lula, como logró en sus periodos anteriores. El principal motor económico de América del Sur carga con el lastre de una economía que no crece lo suficiente y suma más personas del otro lado del umbral de la precariedad. Según un estudio realizado por la Red Brasileña de Pesquisa en Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional (Red Penssan), para 2022 hasta 33.1 millones de personas pasaban hambre y dependían de la ayuda del Estado para sobrevivir, es decir, el 15,5 % de la población.

El número de brasileños bajo la pobreza el año pasado supuso un retroceso hasta cifras de hace 30 años, cuando la población era un 35 % menor que en la actualidad. Para 2020 solo 19 millones de personas pasaban por era situación, por lo que la cantidad casi se duplicó en dos años. Para cuando Lula dejó su segundo mandato había disminuido la cantidad de personas viviendo en pobreza de 50 millones a 29.9. Brasil reingresó en el mapa del hambre de las Naciones Unidas, por lo que atajar la pobreza será nuevamente su principal objetivo, con los obstáculos de elevar el gasto público mientras conserva una disciplina fiscal decente para evitar complicar la deuda pública, que ya se sitúa por encima del 76 % del producto interno bruto (PIB).

El resultado de la guerra contra el hambre viene atado al éxito de la gestión económica, una de las principales preocupaciones de los bolsonaristas. Fernando Haddad, exalcalde de São Paulo y exministro de Educación asumirá la cartera de Hacienda, en medio de un Gobierno con un número récord de ministerios con 37, el mayor que Brasil haya tenido. Precisamente el gasto público será un inconveniente, especialmente con la agenda de políticas sociales que el veterano izquierdista desea ejecutar. Analistas locales prevén que para que toda esta serie de programas se mantengan, una reforma fiscal tiene que ser diseñada.

Un país más dividido

Aunque Lula tenga en la mira también atender la sanidad y la educación, lo cierto es que para cualquier movimiento que haga el PT deberá ser negociado. Lula da Silva ganó las elecciones presidenciales en segunda vuelta por un mínimo margen, pero la mayoría del Congreso no solo cayó en manos bolsonaristas, sino que los partidos de derechas que solían alinearse con el expresidente ultra también tienen una voz mayoritaria en el Parlamento. Con solo 141 diputados, el PT tendrá que depender de las negociaciones que consiga, aunque la oposición ha prometido ser bastante dura, con un bolsonarismo fortalecido.

La sociedad brasileña está más dividida que hace 20 años. El norte apoya a Lula, el Sur recae en Bolsonaro. Los reñidos resultados de las elecciones generales del año pasado lo demuestran. Todavía para la investidura de Lula un grupo de simpatizantes de Bolsonaro se encontraban acampando en las afueras del cuartel del Ejército en Brasilia, para pedir una intervención militar que impida la juramentación.

La lucha contra el cambio climático y la imagen internacional

Lula ha reiterado su compromiso en la lucha contra el cambio climático, por lo que revertir las políticas negacionistas de Bolsonaro será otra de las claves de su Gobierno. El mandatario ha situado la preservación del Amazonas como una de sus prioridades, después de que la deforestación alcanzara los niveles más altos en los últimos 15 años. Para estos asuntos ha nombrado a la reconocida ecologista Marina Silva, excandidata presidencial y exministra de Ambiente durante el segundo mandato de Lula, cuando lo abandonó en 2008 debido a la deriva política de su Gobierno.

El nuevo Ejecutivo tendrá como reto reintegrarse nuevamente al escenario global, al que dejó siendo un país con bastante potencial, integrado dentro del grupo BRICS, que abarca las principales economías nacionales emergentes junto a China, Rusia, India y Sudáfrica.

La integración que probablemente será más sencilla sea la latinoamericana, favorecida por la nueva marea rosa que configuró un nuevo escenario donde la izquierda dominará las principales economías de la región, con Gustavo Petro en Colombia, Gabriel Boric en Chile, Alberto Fernández en Argentina y Andrés Manuel López Obrador en México. Además, el Ejecutivo de Lula ha restablecido plenas relaciones con el Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, quien estaba incluso invitado a la toma de posesión del mandatario brasileño, aunque al final no asistió pese a que se levantaron las restricciones de Bolsonaro para evitar que entrara alguna vez al país. @mundiario