One Way parte de una premisa sencilla pero efectiva: Freddy (interpretado con solvencia por Colson Baker, más conocido como Machine Gun Kelly) es un criminal herido, con una bolsa llena de dinero y cocaína, que huye de su jefa mafiosa tras un robo fallido. Herido de bala y sin muchas salidas, sube a un autobús de línea en pleno desierto californiano, con la esperanza de sobrevivir lo suficiente para hacer una última jugada: escapar y redimirse.
La película opta por ofrecer la información a cuentagotas. El espectador no recibe un prólogo explicativo ni se le detalla qué ha pasado con exactitud. Todo se va revelando poco a poco, a través de llamadas, silencios incómodos y encuentros dentro del autobús. Es un recurso arriesgado, pero aquí funciona, manteniendo la tensión y generando un interés constante en lo que ocurrirá a continuación.
Lejos de apostar por la espectacularidad o una narrativa llena de giros forzados, One Way se sustenta en una propuesta cerrada: el 90% de la acción transcurre dentro del autobús, con unos pocos personajes y diálogos cargados de tensión. Esa limitación espacial se convierte en una fortaleza, dotando al relato de una atmósfera claustrofóbica y de urgencia que recuerda a thrillers clásicos como Speed o Phone Booth.
El personaje de Freddy, que podría haber caído en los clichés del criminal reformado, consigue humanizarse sin perder del todo su crudeza. Sus conversaciones telefónicas con su hija, su ex y su desagradable padre (Kevin Bacon) añaden capas emocionales a un relato que, por momentos, roza la tragedia griega.
Un reparto irregular, pero funcional
Colson Baker sorprende para bien. Sin excesos ni poses, ofrece una interpretación contenida, vulnerable y convincente. Es un tipo al límite, físicamente debilitado, pero aún con agallas para intentar una última jugada. Su química con el resto del reparto es efectiva, especialmente con Travis Fimmel, que encarna a uno de los pasajeros del autobús con ambigüedad y carisma.
Kevin Bacon, en cambio, resulta algo caricaturesco. Su personaje, apodado simplemente “Asshole” (sí, así tal cual), se presenta como un padre abusivo y egocéntrico, que entra en escena más por necesidad de guion que por verdadera construcción dramática. Su actuación se siente forzada, como si estuviera en otra película, aunque su presencia aporta peso al reparto.
Lo mejor de One Way es cómo gestiona las expectativas. Cuando parece que va a convertirse en un thriller genérico o en una sucesión de tiroteos, opta por un camino más introspectivo y sorprendente. El desenlace no es grandilocuente ni moralizante, pero sí coherente con lo que se ha construido antes. Deja un regusto amargo, pero satisfactorio, como si el viaje hubiese valido la pena. @mundiario


