En otros tiempos, bastaba con que una película llevara el sello Pixar para convertirla en evento cinematográfico global. Era sinónimo de originalidad, excelencia técnica y emoción transversal. Pero esa era parece lejana. El batacazo comercial de Elio, su último largometraje, confirma lo que venía intuyéndose desde hace años: la fórmula mágica de Pixar se ha debilitado. Y lo ha hecho no solo por la fatiga del público, sino también por una creciente inseguridad creativa que ha convertido al estudio en una sombra de lo que fue.
El peor estreno de su historia: datos que pesan
Con apenas 21 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana en Estados Unidos, la película ha registrado el peor arranque comercial de Pixar en casi tres décadas de existencia. El dato es especialmente doloroso si se tiene en cuenta que el filme costó más de 150 millones. Ni siquiera el tibio estreno de Elemental en 2023 se acerca a semejante debacle. Y, para más inri, Elio ha sido vapuleada en su estreno por productos mucho más convencionales y reconocibles, como el remake de Cómo entrenar a tu dragón o el eterno tirón de Lilo & Stitch, que continúa atrayendo espectadores a las salas.
Pero reducir el problema a una cuestión de fechas, competencia o marketing sería quedarse en la superficie. Este caso habla de algo más profundo: una crisis de identidad que afecta al corazón mismo de Pixar.
Un proyecto mutilado: de historia singular a producto genérico
Elio nació como una propuesta atrevida. Iba a ser la historia de un niño introvertido, apasionado por la moda y el espacio, criado por una madre latina, con guiños sutiles a su orientación sexual. Una apuesta por la diversidad, la sensibilidad estética y la imaginación desbordante. Al frente, Adrian Molina, codirector de Coco, que pretendía dar forma a un personaje complejo y fuera de norma.
Sin embargo, lo que llegó a los cines fue una versión descafeinada, amputada de gran parte de su personalidad inicial. Molina fue sustituido, el personaje perdió su identidad cultural, su sensibilidad queer y su relación materna. La madre latina fue borrada del guion; América Ferrera, que ya había grabado sus líneas, abandonó el proyecto decepcionada. Lo que podría haber sido un relato fresco y arriesgado se convirtió en una aventura espacial anodina, sin la fuerza suficiente para conquistar ni al público infantil ni al adulto.
Desde dentro del propio estudio, voces críticas —como la de una montadora implicada en el proyecto— denuncian que lo que ha llegado a las pantallas no es más que una pálida sombra de la historia original. Y, con ella, también se marcharon parte del equipo creativo y del alma de la película. Una desbandada que debería hacer reflexionar a la cúpula de Pixar.
El castigo a la originalidad en tiempos de franquicia
¿Quién quiere hoy historias nuevas cuando puede tener secuelas, precuelas, remakes o reboots? Esa parece ser la lógica que impera en la industria. Y Elio ha pagado el precio de ser original. No tiene un personaje conocido, ni un universo previo, ni merchandising asegurado. No es un viejo amigo como Buzz Lightyear ni una entidad viral como el Experiment 626. Es un niño desconocido que obliga al espectador a empezar de cero. Y eso, en un mercado saturado de estímulos y certezas, es casi una invitación al fracaso.
Pixar, en su afán por recuperar el terreno perdido tras el errático paso por Disney+ durante la pandemia, parece haberse rendido a la nostalgia. Cada vez hay más continuaciones y menos apuestas genuinas. Desde Coco en 2017, ningún universo nuevo ha logrado calar hondo. La reciente Del revés 2 —gran éxito de taquilla— confirma que, si quieres triunfar, lo mejor es no arriesgar.
Un síntoma más de una crisis más amplia
Elio es el síntoma, no la causa. Su fracaso remite a un momento de desorientación profunda en Pixar. Un estudio que fue sinónimo de innovación ha entrado en una fase defensiva, rehén del miedo a la controversia y a las malas cifras. Lo que antaño se celebraba como valentía —Up, WALL·E, Ratatouille— hoy parece dar vértigo. Y ante la duda, se opta por lo seguro. Aunque lo seguro no siempre funcione.
Paradójicamente, el público no ha sido especialmente duro con la película. Las críticas de los espectadores son moderadamente positivas, destacando su estética visual y su tono amable. Pero eso no basta. Una película infantil hoy no solo debe emocionar: debe generar franquicia, juguetes, mochilas, series derivadas. Y Elio, sin una identidad potente, ha fracasado también como producto comercializable.
¿Y ahora qué?
Pixar se encuentra ante una encrucijada. ¿Debe seguir apostando por historias originales aunque fracasen? ¿O resignarse a ser una fábrica de secuelas y reciclajes? Su prestigio, forjado durante décadas, no se puede mantener solo con la memoria del pasado.
Quizá haya que asumir que no todas las películas serán éxitos. Pero sí deberían ser fieles a su propósito artístico. Si Elio hubiera sido fiel a la visión de Molina, probablemente habría recaudado lo mismo… pero con dignidad. Lo triste es que ni siquiera ha podido intentarlo. @mundiario


