Hay algo profundamente melancólico en ver a Pixar esforzarse por recordar quién era. Como un niño prodigio que, al alcanzar la adultez, se descubre atrapado por la necesidad de repetir su mejor truco, el estudio que durante más de una década redefinió la animación occidental parece hoy avanzar con paso dubitativo, temeroso de no cumplir sus propias expectativas. Elio, su última propuesta original, no es ni una catástrofe ni una obra maestra: es, más bien, una muestra de ese desconcierto identitario que Pixar arrastra desde hace años.
La historia de Elio, dirigida finalmente por Madeline Sharafian y Domee Shi tras el abandono del proyecto por parte de Adrian Molina, tiene todos los ingredientes de una aventura animada con aspiraciones: un niño solitario, un universo intergaláctico lleno de criaturas pintorescas, una búsqueda interior disfrazada de odisea cósmica y, por supuesto, ese peaje emocional que Pixar convirtió en marca de la casa. Pero, a diferencia de Del Revés, Coco o incluso Ratatouille, aquí nada termina de encajar con la naturalidad esperada. Cada escena parece escrita por un comité que discute más sobre lo que "debe tener" una película de Pixar que sobre lo que la historia realmente necesita contar.
Hay ideas sugerentes, claro que sí. La relación entre Elio y Glordon, su compañero extraterrestre, guarda ecos de un coming of age clásico, con una química que funciona como metáfora del autodescubrimiento y la empatía mutua. El universo visual, plagado de diseños creativos y guiños a la ciencia ficción de toda la vida —de E.T. a La cosa, pasando por Terminator 2— ofrece destellos de originalidad. Incluso el juego con clones y dobles identidades podría haber dado pie a un relato psicológico más profundo. Pero todo ello se ve frustrado por una estructura narrativa que parece tener prisa por emocionar, sin tiempo para que las emociones respiren.
El problema no es solo de guion o ritmo —aunque ambos flaquean—, sino de enfoque. Elio da la impresión de haber nacido bajo el peso de un legado imposible. En lugar de buscar una voz propia, se contenta con imitar los tics que hicieron famosa a la factoría: personajes vulnerables con pasado doloroso, resolución moralizante y esa lágrima que se asoma pero no llega del todo. El resultado es una película que funciona mejor cuando se olvida de que es de Pixar, cuando se permite jugar, improvisar y ser simplemente una fantasía espacial con algo de encanto y mucho potencial.
En este sentido, resulta sintomático que los personajes secundarios —tan visualmente atractivos como poco desarrollados— parezcan insertados con más intención decorativa que narrativa. Sus intervenciones, generalmente humorísticas, sirven de válvula de escape pero no construyen una mitología sólida ni aportan peso dramático. Son, como tantas otras piezas del filme, engranajes de una máquina que no acaba de arrancar del todo.
La animación, impecable como siempre, empieza sin embargo a acusar cierto agotamiento estético. El estilo CalArts, omnipresente en el sector desde hace años, se ha convertido en una fórmula visual algo gastada que ya no sorprende ni emociona por sí sola. Pixar, que fue pionera en buscar nuevas vías expresivas dentro de la animación digital, parece ahora conformarse con el estándar que ayudó a crear.
Pero más allá de los detalles técnicos o estructurales, lo que realmente preocupa de la película es su falta de valentía. Pixar se encuentra en una encrucijada: seguir explotando un modelo que le dio fama o arriesgarse a perderla en busca de nuevas formas. Elio quiere hacer ambas cosas, y en esa ambivalencia pierde claridad, intensidad y alma. En lugar de apostar con decisión por una historia de ciencia ficción pura, con todos sus matices y oscuridades, se amarra al molde emocional y familiar que la empresa madre —Disney— exige como garantía comercial.
No obstante, sería injusto no reconocer sus méritos. Elio no aburre, tiene momentos sinceros y plantea algunas preguntas relevantes, sobre todo en torno a la identidad, el miedo al rechazo y la necesidad de conexión. Que una película infantil se atreva con estos temas ya es, en parte, una victoria. El problema es que lo hace sin convicción, como quien sigue un manual en lugar de escribirlo desde cero.
Al salir del cine, uno no siente rabia ni decepción, sino una suave tristeza: la de comprobar que incluso los gigantes creativos pueden perder el rumbo, atrapados entre el deseo de innovar y el miedo a decepcionar. No es un fracaso, pero tampoco es ese regreso triunfal que algunos esperaban. Pixar, como su joven protagonista, aún busca su lugar en el universo.
Quizá la próxima vez tenga el valor de encontrarlo sin mirar atrás. @mundiario

