En una industria que acostumbra a disfrazar su vacío narrativo con envoltorios de autor y discursos vacíos, Fight or Flight se presenta como una rareza honesta: no quiere trascender, solo quiere pasarlo bien. Y eso, en estos tiempos de solemnidad impostada y metacine pretencioso, ya es un acto de rebeldía. La película de James Madigan —debutante en la dirección— asume sin rubor su lugar en la estirpe de hijas bastardas de John Wick y Bullet Train, pero lo hace con tal desparpajo y energía que resulta difícil no rendirse ante su exceso estilizado y su humor cafre.
El argumento es lo de menos —una especie de thriller aéreo con criminales, traiciones y venganzas—, pero el tono marca la diferencia. Aquí no hay espacio para el realismo ni para los matices dramáticos: lo que hay es sangre, motosierras, one-liners y escenas de acción diseñadas para provocar carcajadas tanto como asombro. Es cine de palomitas elevado a su forma más absurda y festiva, con un ritmo que, tras un primer acto algo vacilante, se dispara hasta alcanzar cotas de auténtico disparate audiovisual.
Josh Hartnett, otrora galán de los 2000 algo desdibujado en los últimos años, firma aquí uno de los papeles más desquiciados de su carrera. Su Lucas Reyes es un antihéroe de manual, caricaturesco, violento, pero con una dosis de carisma que resulta difícil de ignorar. Después de colaboraciones con directores de renombre como Nolan o Guy Ritchie, su elección por un título de bajo perfil como este parece desconcertante. Sin embargo, una vez vistas sus andanzas a bordo de este vuelo demencial, la apuesta cobra sentido: hay libertad, diversión y espacio para brillar sin ataduras.
Eso sí, conviene avisar: Fight or Flight no es para todos los públicos. Su narrativa es caótica, su lógica interna hace aguas por todos lados y sus recursos visuales —más cercanos al videoclip salvaje que al cine de precisión— pueden desconcertar a quienes busquen en el género la sofisticación de una John Wick o la elegancia de un Nobody. Pero quienes sepan disfrutar del caos, del exceso y de los guiños autoconscientes, encontrarán aquí un festín generoso de acción sin frenos.
¿Es una gran película? No. ¿Es una película memorable? Tampoco. Pero en su franqueza y en su capacidad de divertir sin disfrazarse de lo que no es, Fight or Flight encuentra su auténtico valor. Incluso con un final abierto que huele más a secuela programada que a cierre narrativo digno, la cinta cumple con su promesa básica: ofrecer un espectáculo salvaje, irreverente y, por momentos, deliciosamente idiota. Y en una cartelera saturada de fórmulas recicladas con ínfulas, eso también tiene mérito. @mundiario

