De estaciones de tren y amores breves e imposibles

En las dos películas se repiten los trenes humeantes, las estaciones oscuras y las cantinas, como insuficientes lugares de refugio contra el avance de un tiempo destructor

Fotogramas de las películas Estación Termini y Breve encuentro
photo_camera Fotogramas de las películas Estación Termini y Breve encuentro

Se suele comparar Estación Termini (1953, Vittorio de Sica) con Breve encuentro (1945, David Lean). Las comparaciones son odiosas y esta es una buena muestra. Que la inglesa sea la mejor de las dos parece algo incontestable, pero que la italiana tenga grandes virtudes que la convierten en una película muy valiosa es algo que no se puede ignorar.

Las situaciones de ambas películas son extraordinariamente parecidas. Ambas historias suceden fundamentalmente en una estación de tren —de forma íntegra en la italiana y parcial en la inglesa— y el tema de las dos es una relación adúltera muy intensa, de escasa duración y definitivamente inviable. En Estación Termini, De Sica y su guionista habitual, Cesare Zavattini, relatan las horas de angustia de una pareja de recién enamorados que, en breve, arrancados por las razones de una vida comprometida y ordenada, deberán separarse. Ella, Mary (Jennifer Jones), es norteamericana; él, Giovanni (Montgomery Clift), italiano. En torno a ellos transcurre una marea de costumbrismo, la visión de una Roma diversa, rebosante de vida. Es el mundo que sigue su rutinario curso rozando a unos seres que están viviendo un momento único, inolvidable, trascendental. Vemos ríos de gente, curas, monjas, soldados, estudiantes, canto de himnos; y también las miradas —descaradas de lascivia e impunidad— de los hombres a las mujeres, aquellos gestos que las películas de aquel tiempo —sobre todo en Italia, pero también en España— retrataron tan bien.

El problema de esa relación, la rémora que la impide avanzar, es la nostalgia que siente Mary por su marido, pero muy especialmente por su hija. Giovanni, que lo sabe muy bien, le ofrece una vida en la que podrían estar juntos los tres. Pero eso no basta. Hay demasiados signos que la disuaden de perpetrar una traición a la que, por otra parte, se siente tan impulsada. Cuando socorre a una mujer que se ha sentido mal, admira la unión familiar, el marido que la quiere, y los tres hijos pobres y humildes, a quienes les regalará unas tabletas de chocolate. Son demasiadas señales las que atiende ella y que se interponen entre los dos. La última, cuando accidentalmente abre la maleta, y ve la foto de su hija y la muñeca que le ha comprado. Giovanni, loco por ella, en su desquiciamiento, a punto está de ser atropellado por un tren. Mary también lo ama, y mucho, pero ese amor es incompatible con una vida responsable. Por eso, lucha por terminar con una pasión que no sabe si tendría una sólida continuidad. Aunque tampoco sepa si esa renuncia podría acabar pagándola con una nostalgia infinita. Tras el vértigo de los minutos marcando el camino de la separación, después de instantes llenos de obstáculos, de deseo, de miedo, y de cariño, serán los dos quienes asuman el final. A él, que no encuentra apenas razones sino las que ella sostiene, se le hará más difícil. El último instante, antes de separarse, concentrará todo el dolor de los dos.  

Si en la película italiana no conocemos el inicio del romance y solo las horas de su conclusión, en Breve encuentro la protagonista nos lo narra de principio a fin, en una voz en off acompañada de unas imágenes que reflejan perfectamente su sujeción a la melancolía, al amor imposible en el que se ha visto inmersa. Toma ese relato la forma de una confesión que Laura (Celia Johnson) imagina hacerle a su marido, un relato que nunca podrá pronunciar. Ese hombre está constituido por la mezcla de dos componentes difícilmente conciliables: por un lado, el de la indiferencia y la incomunicación, y, por otro, el respeto, y el cariño puntual, el estrictamente necesario. Son estas dos características las que tal vez propician la necesidad en ella —aunque no lo sepa— de otra persona. las que, sin quererlo, la predisponen a ver en ese hombre que conoce accidentalmente, en Alec (Trevor Howard), una aparición, alguien tan distinto que es capaz de mirarla como si ella, por fin, en todo momento existiese. Pero, a esta gratísima sensación de estar recuperando una muy complaciente visibilidad, se oponen las imágenes de su hijo, de su hogar, aunque la escena habitual de ese ámbito sea la representación de un amable silencio, de una medida distancia marcando la correspondencia vaciada de un verdadero y recíproco interés.

En ambas películas son las mujeres las que se sienten ancladas a la familia, especialmente por su maternidad. En las dos se repiten los trenes humeantes, las estaciones oscuras, y las cantinas, como insuficientes lugares de refugio contra el avance de un tiempo destructor. Otra similitud es la de la representación que aquí también se hace del contraste entre la fervorosa y decisiva vivencia de la pareja y, en torno a ella, el mundo completamente ajeno e ignorante. Y un paralelismo más: si en Estación Termini el intruso era el sobrino de ella, aquí es la amiga pesada, la cotorra que invade el terreno de la pareja, que desgracia la conciencia de los dos más importantes minutos de sus vidas, aquellos que les quedan para estar juntos antes de una definitiva separación.

Laura se sorprende de sí misma: “Soy una persona corriente, y nunca pensé que a las personas corrientes les sucedieran estas cosas”. Es como si, desde la pantalla, nos estuviera lanzando a todos una advertencia, la del peligro de enamorarse contradiciendo una vida sensata, ordenada, que se ve como preferible, porque no produce un agudo sufrimiento, sino, como mucho, una soledad acompañada, un velado tedio, una secreta y asumida insatisfacción. Para intentar reducir su sentimiento de culpa, para conseguir una sospecha o una oposición que la frene, Laura le cuenta a su marido, de la forma más inocente, su encuentro con ese hombre, que es médico, con el que ha almorzado, y se ha ido al cine, y que tan simpático es. La respuesta de él es desoladora. Sin dejar de hacer el crucigrama, le contesta: “Magnífico”. Y le cierra así la salida que había intentado para apagar su remordimiento, ese camino de recuperación de una inocencia que necesita volver a sentir. No soporta que le resulte todo tan fácil, quisiera una resistencia que la ayudara a abandonar: “Mentir es tan fácil y degradante, sobre todo cuando te creen del todo”.

Laura es siempre la que se muestra más reticente y asustada: “No somos libres para querernos. Hay demasiados obstáculos”. Sin embargo, la fuerza del amor los avanza hacia una intimidad frágil, hecha de escasos besos y abrazos, de incómoda clandestinidad. El suyo es un amor que se cuentan el uno al otro, porque quieren estar seguros de él, saber lo que están sintiendo; un amor el que están inmersos, juntos y por separado a la vez. Pero, a la vuelta de cada momento de febril exaltación, de extrema felicidad, está el dolor. “Yo me conformaría teniendo paz, volviendo a mi estado de ánimo anterior”, dice Laura, que no puede dejar de pensar en él. Si algún jueves se retrasa, sufre como si le estuvieran arrancando un paraíso prometido. Pero, la efímera felicidad que sienten acaba abriendo la puerta hacia una herida irrestañable. Cuando él la ve sufrir, le dice: “Perdóname por haberte conocido, por haberte extraído la arenilla del ojo. Por quererte, por haberte causado tristeza”. “Te perdono si tú me perdonas”, le responde ella.

“Quiero recordar cada instante por siempre, hasta el fin de mis días”, se dice a sí misma Laura, consciente de que está viviendo una extraordinaria época de su vida que está a punto de finalizar. Él se lo ha puesto fácil. Le ha salido una oportunidad laboral que podría abreviar el sufrimiento de una promesa que ve que nunca se podrá materializar. Le habla de su decisión de irse a vivir a Johannesburgo, con su mujer y sus hijos, pero le deja a ella la oportunidad de pronunciar una palabra que supondría su renuncia. Demasiada responsabilidad para ella: desbaratar dos familias y una carrera profesional.

Pronto estarán a miles de kilómetros de distancia. Ambos prometen no escribirse, aunque él con menos convicción. Antes, ella, enloquecida, tras el momento de separarse, ha salido de la cantina corriendo, buscando un tren que acabara con su padecimiento, el de una vida injustamente truncada por la imposible simultaneidad de un desdoblado amor. Pero en el último instante se detiene. Termina así el silencioso relato de esa mujer. Fred, su marido, que ha estado enfrente, con su periódico, le dice: “No sé qué soñabas, pero no era un sueño feliz, ¿verdad? ¿Puedo serte de alguna ayuda?” “Sí, Fred tú siempre lo eres”, le responde ella, desde su tristeza y su renovada admisión. “Has estado muy lejos. Gracias por volver a mí”, añade él, ese compañero de vida tan inocuo como insulso. Laura ha decidido seguir a su lado, prisionera de esa amable frialdad. @mundiario