Trump y los recortes a la ciencia: el reajuste financiero frena investigaciones clave a nivel global

Donald Trump, presidente de EE UU. / RR SS
La Administración Trump ha ejecutado una profunda reducción en los fondos para la investigación científica, lo que ha llevado a la paralización de proyectos oncológicos, virológicos y de cambio climático, tanto en EE UU como en otros países.

Desde la campaña electoral hacia un nuevo mandato, el presidente de EE UU, Donald Trump, ha promovido un enfoque marcadamente ideológico sobre el gasto público. En nombre de la “eficiencia” y la lucha contra lo que califica como “excesos burocráticos”, su Administración ha recortado más de 1.800 millones de dólares en subvenciones a los Institutos Nacionales de Salud (NIH) en tan solo 40 días. Esta cifra sin precedentes ha puesto en jaque cientos de investigaciones esenciales en áreas como el cáncer, la salud mental, las enfermedades neurológicas y, de forma especialmente agresiva, los estudios sobre la salud de las minorías.

Uno de los ejemplos más contundentes es la eliminación de hasta el 30 % del presupuesto del Instituto Nacional sobre la Salud de las Minorías y las Disparidades en Salud, al que se acusa de estar “repleto de gastos en diversidad, equidad e inclusión (DEI)”. Más aún, la propuesta presupuestaria de Trump para 2026 contempla la eliminación total de este instituto, lo que representa un duro golpe a décadas de esfuerzos por reducir las brechas en salud que afectan a comunidades históricamente marginadas.

Este patrón de recortes no solo afecta a los centros estadounidenses. Las restricciones también han alcanzado a los proyectos internacionales financiados por el NIH, los cuales han sido suspendidos sin previo aviso, poniendo en pausa investigaciones de alto nivel en Europa, Asia, África y América Latina. 

Entre los proyectos paralizados se encuentran estudios clave sobre infecciones virales, genética humana y oncología. La suspensión se ha justificado con el argumento de que estas colaboraciones podrían suponer un “riesgo para la seguridad nacional”, especialmente en referencia a la financiación de instituciones científicas en China, como el laboratorio de virología de Wuhan, donde, según el presidente Trump, surgió la covid-19.

La decisión introduce cambios profundos en las reglas de colaboración: los investigadores extranjeros ya no podrán recibir fondos a través de instituciones estadounidenses, sino que deberán establecer contratos directos con el NIH, un proceso que aún carece de claridad y regulación definitiva. Esta incertidumbre amenaza con destruir consorcios científicos de larga data y desincentivar la cooperación global.

Más allá del impacto inmediato en la ciencia, las intenciones políticas detrás de estos recortes son difíciles de ignorar. El presupuesto propuesto por Trump plantea un recorte global del 40 % en los fondos del NIH, una reducción del 56 % para la Fundación Nacional de Ciencia (NSF), y casi un 50 % para los Centros de Control de Enfermedades (CDC). A cambio, se planea incrementar el gasto militar en un 13 %, superando el billón de dólares, y destinar 175.000 millones a medidas de seguridad fronteriza.

Este drástico giro hacia el aislamiento científico y el refuerzo del complejo militar-industrial no solo afecta la salud y el conocimiento en Estados Unidos, sino que también representa una amenaza para el equilibrio global del ecosistema científico. Europa comienza a despertar ante esta realidad y debate la viabilidad de seguir dependiendo de Estados Unidos para liderar grandes proyectos internacionales.

El argumento de Trump se apoya en una retórica populista que acusa a la ciencia de estar capturada por intereses ideológicos y elites desconectadas del ciudadano común. Sin embargo, los datos muestran que estos recortes perjudican especialmente a las primeras etapas de la carrera científica, limitando el acceso a becas, formación y desarrollo profesional, y poniendo en peligro la renovación generacional en la investigación médica.

En tiempos de crisis climática, riesgos pandémicos y cambios sociales profundos, reducir los recursos dedicados a la ciencia no es simplemente una decisión fiscal: es un acto de miopía estratégica. La ciencia necesita estabilidad, inversión a largo plazo y cooperación transnacional para afrontar los desafíos del presente y del futuro. 

Politizar la investigación biomédica, desfinanciar áreas sensibles como la salud de minorías o el cambio climático, y aislar a Estados Unidos de la comunidad científica internacional, no solo pone en riesgo vidas, sino también la posición global del país como potencia innovadora.@mundiario