Los residuos consentidos del ambientalismo

Cigarrillo / PxHere
Cigarrillo./ PxHere

Los chicles y la colillas son la segunda fuente de residuos contaminantes más grande del mundo. Pese a su grave problema ambiental y alto coste a las arcas públicas son consentidos impunemente.

 

Los residuos consentidos del ambientalismo

Estamos seguros que esta columna interesará a los ministerios, consejerías y regidurías de Consumo, pero también de Medio Ambiente, Sanidad e Industria  entre otros como poco. Y si no debería, porque somos unos de los países que más residuos tiramos gratuitamente a la vía pública, ocasionando no solo un problema ambiental sino de salud pública. Este vicio nos sitúa como uno de los países más consentidos (social y administrativamente) por depositar colillas y chicles en la misma vía pública.

Dime qué haces con las colillas y chicles y te diré cómo eres. Este refrán no quita razón a quienes abogan por un mayor civismo. Tanto ambientalismo mostrado en otros frentes, y resulta que no nos turba la conciencia con esta conducta antisocial y contaminante tan extendida que pone en peligro también las aguas de ríos y mares. Es lo que se conoce como hipermetropía ambiental, es decir preocuparse en exceso por situaciones difíciles de revertir en otros puntos del planeta (como el hambre o la pobreza), pero muy poco de los pequeños gestos en el día a día en nuestras mismas poblaciones.

Lo malo es que las administraciones, pese a ciertas excepciones, suelen hacer la vista gorda y contribuye así a que se siga extendiendo esta vieja costumbre de escupir  las colillas y chicles no en las papeleras públicas sino a los adoquines y aceras de nuestras calles.

Los chicles en los espacios públicos son un foco de infección y riesgo por albergar hasta 10.000 bacterias. En algunas ciudades como Barcelona, se calcula que cada mes los restos de chicles invaden 20 metros cuadrados de vía pública retirándose en torno a 1.800 unidades al día. Tanta suciedad atrae la desidia. Algunas autoridades locales siguen considerándolo una falta leve cuando no brilla su ausencia, y por eso, o a causa de eso, la suciedad atrae más suciedad.

La dimensión del problema provoca el malestar de algunos gobiernos aparentemente más civilizados que el nuestro como el británico que dedica alrededor de 200 millones de euros anuales a la limpieza de chicles de sus espacios públicos. Es por ello que Londres está derivando la exigencia a los fabricantes de elaborar gomas de mascar con materiales solubles al agua y biodegradables.

Aunque en algunos restos prehistóricos se encontraron restos de este tipo de chicles en Dinamarca, fue en el siglo XIX cuando empezó a fabricarse en México de donde salía la materia prima y posteriormente en EEUU como golosina. En la actualidad, Irán y Arabia Saudí son unos de los países donde más chicle se consume: el 80% lo hace de forma regular. En Estados Unidos y Europa el 60 % de la población consume entre uno y cuatro unidades al día. Sin embargo, pocos de estos consumidores son conscientes que mascan plásticos de un solo uso.

En España el consumo per cápita de chicles es de unos tres kilos al año, según fuentes sectoriales. Y aunque cada uno tiene un coste ínfimo de producción, no lo son los millones de euros que dedicamos para su limpieza de las vías públicas. En otras palabras, un artículo super barato de producir y consumir pero super caro de limpiar.

Las alternativas al chicle común que termina pegado en las baldosas de los peatones pasarían por  la obligatoriedad de fabricar gomas de mascar biodegradables, reciclar sus restos para otros usos posteriores o incluso la de crear un impuesto especial para atajar su consumo siguiendo el ejemplo del tabaquismo como sugieren determinados colectivos.
 

LAS COLILLAS SE MULTIPLICARON CON LA LEY ANTITABACO

En el caso de las colillas, se calcula que el 75% de los restos de cigarrillos de los fundadores terminan en el suelo y no en los ceniceros. Con la ley antitabaco, se multiplicó el volumen de colillas tiradas al suelo. 

En un momento que hemos adquirido aparentemente conciencia de la contaminación de los mares con microplásticos, resulta que las colillas contienen sustancias dañinas al medioambiente (para suelos y organismos vivos) y especialmente de las aguas, como cadmio, arsénico, alquitrán, acetatos, cuyos efectos pueden perdurar entre 7 y 25 años. Según fuentes ecologistas, una colilla tiene el potencial de contaminar más de 50 litros de agua dulce. 

Los políticos tienen mucha responsabilidad, tanto por su falta de sensibilidad torticera medioambiental, como por inhibirse de legislar contra esta falta social tan consentida para erradicar un hábito  dañino al ecosistema. Se calcula que uno de cada tres cigarrillos acaban en el suelo, lo que puede dimensionar la gravedad. 

Con razón estos desechos son considerados desechos peligrosos, aunque no lo parezca por la débil respuesta social y administrativa a sus infractores, en especial por la falta de una legislación que elimine permanentemente el destino final tras el consumo en puntos como alcantarillas, y por ende, en mares y ríos.

En algunas ciudades europeas con mucha mayor conciencia, tirar una colilla al suelo puede representar una sanción de 200 euros en Bruselas hasta los 1.500 € en Lisboa. En EE.UU. se ha puesto en marcha una iniciativa que podríamos emular en Europa para acabar con los filtros de los cigarrillos, aunque tienen en contra al lobby del tabaco que aboga por mantenerlo, en muchos casos a base de materiales derivados del petróleo que tardan alrededor de 12 años en descomponerse totalmente.

Pero hasta que no llegue ese día, sigamos consintiendo con toda la normalidad del mundo. Siempre hay alguien aunque nos cueste mucho dinero que viene detrás a retirarlo. A esto llaman vida inteligente en la Tierra. ¿Qué haremos entonces cuando los robots masquen chicle y fumen cigarrillos? @mundiario

 

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