Museo Cajal: ¿la ciencia española tendrá por fin su templo en Madrid?
El legado de Santiago Ramón y Cajal —el más grande científico que ha dado España— ha pasado décadas atrapado entre cajas, instituciones enfrentadas y silencios burocráticos. Pero este viernes, según confirman a El País, el Ministerio de Ciencia propone saldar una deuda histórica con la creación del Museo Cajal en pleno corazón de Madrid, en el antiguo caserón de Atocha donde el sabio aragonés descifró los secretos del alma con un microscopio y tiza de colores. Se trata de mucho más que un nuevo museo: es una declaración de principios sobre la memoria, la ciencia y la identidad cultural de un país que durante demasiado tiempo relegó a sus genios.
España ha sido prolífica en artistas y escritores, pero tacaña con sus científicos. Mientras El Quijote tiene su altar laico en cada estantería nacional, la "Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados" —el equivalente neurocientífico de la obra cervantina— apenas suena fuera de círculos académicos. Sin embargo, fue este tratado, salido del mismo barrio madrileño que la novela de Cervantes, el que transformó para siempre nuestra comprensión del cerebro. Y aunque el edificio donde se gestó sigue en pie, hasta ahora carecía de un reconocimiento institucional a la altura de su historia.
El Ministerio de Ciencia propone instalar el Museo Cajal en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos, frente a la calle Atocha 87, donde se imprimió la primera edición del Quijote en 1605. Apenas 180 metros separan ambas gestas. La coincidencia no es banal: habla de un país que, en su mejor versión, ha sabido producir pensamiento libre, ideas desafiantes y obras inmortales. El caserón fue testigo de uno de los momentos fundacionales de la neurociencia moderna. Allí Cajal, armado con cerebelos de pollo y cadáveres infantiles de la Inclusa, desmanteló la idea de que el cerebro era una masa uniforme y demostró que estaba compuesto por células individuales: las neuronas.
En una época donde los científicos aún eran considerados hechiceros con bata, Ramón y Cajal no solo ofreció evidencias, sino también metáforas. Habló de "mariposas del alma", de "ósculos neuronales", de “bosques inextricables” que solo podían entenderse estudiando el vivero del cerebro infantil. Humanizó lo invisible. A diferencia de muchos sabios, no se alejó del aula: dibujaba en la pizarra para sus alumnos con la misma pasión con la que redactaba sus tratados. Convertir ese espacio en un museo es rescatar el alma del conocimiento.
De la ruina al renacer: un proyecto cultural y científico
El edificio, que albergó la Facultad de Medicina hasta los años 60, cayó en decadencia y fue parcialmente rescatado por el Colegio de Médicos. Hoy, con un nuevo impulso institucional, puede resurgir como un hito museístico nacional. No solo se trata de exhibir rodajas de cerebros teñidos y dibujos originales —aunque solo eso justificaría su existencia—, sino de convertirlo en un espacio vivo de divulgación, investigación y memoria.
Estar situado junto al Museo Reina Sofía y a pocos pasos del Prado y el Thyssen permitiría insertar el Museo Cajal en el eje cultural de mayor proyección internacional de la capital. No es un detalle menor. España lleva años reivindicando una mayor presencia científica en el imaginario colectivo. Tener un museo nacional dedicado al cerebro justo donde se inició la neurociencia puede convertirse en una herramienta poderosa para esa aspiración.
El abandono del Legado Cajal no solo era una injusticia con el pasado, sino una renuncia al futuro. En un momento donde la salud mental, la inteligencia artificial y el envejecimiento poblacional ponen al cerebro en el centro del debate científico, España no puede darse el lujo de seguir ignorando su aportación fundacional a esta disciplina. No basta con citar a Cajal el día de su nacimiento: hay que poner su obra al alcance de todos. Un museo no es solo una vitrina: es una plataforma para construir referentes.
La propuesta del Ministerio no está exenta de obstáculos. El Colegio de Médicos aún debe aprobar el proyecto, y las tensiones internas no ayudan. Pero hay una oportunidad histórica que no puede volver a dejarse escapar. @mundiario