Un mensajero de otra estrella sacude la astrofísica: el cometa 3I/ATLAS y la química que favorece la vida
No todos los cuerpos celestes que atraviesan el sistema solar despiertan la misma fascinación. Algunos destacan por su brillo, otros por su periodicidad y unos pocos por plantear preguntas incómodas a la ciencia. El cometa 3I/ATLAS pertenece claramente a este último grupo. Detectado como un objeto de origen interestelar —el tercero confirmado hasta la fecha—, su paso ha obligado a los astrónomos a mirar más allá de la mera observación orbital y centrarse en lo que realmente lo hace excepcional: la naturaleza de los compuestos químicos que libera al aproximarse al Sol.
El 19 de diciembre, 3I/ATLAS alcanzará su máxima cercanía a la Tierra, a unos 270 millones de kilómetros, una distancia que descarta cualquier riesgo de impacto o alteración gravitatoria. La atención no se debe, por tanto, a un hipotético peligro, sino a una oportunidad científica irrepetible. Se trata de un objeto que nació en otro sistema estelar, mucho antes de que existiera el nuestro, y que ofrece una rara ventana a las condiciones químicas del universo primitivo.
La clave está en su actividad. A diferencia de otros visitantes interestelares, como el enigmático Oumuamua, 3I/ATLAS es un cometa activo. Al calentarse por la radiación solar, libera gases que pueden ser analizados con gran precisión. Las observaciones realizadas desde instalaciones punteras, como el radiotelescopio ALMA en Chile, han revelado la presencia de metanol y cianuro de hidrógeno, dos moléculas esenciales en la llamada química prebiótica, es decir, los procesos que preceden al surgimiento de la vida.
Lo que ha desconcertado a los científicos no es solo la presencia de estos compuestos, sino su proporción. El cometa emite más de cien veces más metanol que cianuro de hidrógeno, un equilibrio extremadamente raro que apenas tiene precedentes en cometas conocidos. Este reparto químico favorece reacciones que pueden conducir a la formación de aminoácidos y de las bases del ADN y el ARN, al tiempo que reduce la abundancia de sustancias tóxicas. En términos científicos, se trata de una química sorprendentemente “amigable” para la vida.
Este hallazgo ha reavivado teorías de largo recorrido, como la panspermia, que plantea que los ingredientes básicos de la vida podrían viajar por el cosmos a bordo de cometas y asteroides. El astrofísico Avi Loeb, de la Universidad de Harvard, ha sugerido de forma especulativa que 3I/ATLAS podría comportarse como una suerte de “jardinero cósmico”, sembrando compuestos favorables allí por donde pasa. Durante su trayecto ha cruzado regiones cercanas a planetas y lunas con interés astrobiológico, como Marte o Europa y Encélado, satélites helados que albergan océanos bajo su superficie.
La comunidad científica, no obstante, subraya un matiz esencial: el cometa no transporta vida, sino moléculas que, bajo condiciones adecuadas, podrían contribuir a que esta surja. La diferencia es crucial para evitar interpretaciones sensacionalistas. De hecho, algunas peculiaridades adicionales del objeto —como una cola con orientación poco habitual, cambios de color hacia tonos azulados o pequeñas variaciones en su trayectoria— han alimentado hipótesis más extravagantes. La NASA y la mayoría de los expertos descartan de plano cualquier explicación no natural y apuntan a que 3I/ATLAS se formó en un entorno estelar radicalmente distinto al nuestro, lo que explicaría su comportamiento sin recurrir a ideas extraordinarias.
El interés por este visitante interestelar se refleja también en el despliegue observacional. Ha sido seguido por el telescopio espacial Hubble, por la misión europea JUICE camino de Júpiter y, de forma especialmente llamativa, desde Marte, gracias a la cámara HiRISE de la NASA. Desde la Tierra no será visible a simple vista, pero astrónomos aficionados con telescopios potentes podrán localizarlo en cielos oscuros durante la madrugada.
Con una antigüedad estimada en unos 7.000 millones de años, 3I/ATLAS ya vagaba por el espacio cuando el Sol y los planetas aún no se habían formado. Su paso será único y breve. Tras dejar una valiosa estela de datos, desaparecerá de nuevo en el espacio interestelar. No es un presagio ni una rareza amenazante, sino un recordatorio de que los componentes fundamentales de la vida podrían estar repartidos por la galaxia. Un mensajero químico del cosmos que obliga a replantear hasta qué punto el universo pudo estar —y quizá siga estando— preparado para la vida. @mundiario


