Los incendios forestales arrasan los bosques del planeta y agravan la crisis climática
La Tierra está en llamas, y no en sentido metafórico. Según el último informe de Global Forest Watch (GFW), el año 2024 registró una destrucción sin precedentes de bosques en todo el mundo, impulsada en gran medida por el aumento de incendios forestales extremos. Solo los bosques tropicales primarios —los ecosistemas más antiguos y ricos en biodiversidad del planeta— perdieron 6,7 millones de hectáreas, casi el doble que en 2023. El equivalente a perder un área del tamaño de Panamá o 18 campos de fútbol por minuto.
Este hito devastador representa una “alerta roja global”, como lo definió Elizabeth Goldman, codirectora de GFW. Y no es para menos: por primera vez en más de dos décadas, los incendios superan a la expansión agrícola como principal motor de deforestación. Cerca del 50 % de la pérdida de bosques primarios se debió directamente a las llamas, cuando en años anteriores esta cifra no pasaba del 20 %.
Aunque la deforestación suele asociarse a la tala ilegal o la expansión de cultivos en el trópico, 2024 trajo una novedad inquietante: los grandes incendios no solo arrasaron la Amazonía, sino también bosques boreales en Canadá y Rusia. Estas regiones, tradicionalmente más resilientes, fueron devastadas por incendios de una magnitud sin precedentes, elevando el total global de masa forestal perdida a 30 millones de hectáreas, una extensión comparable a todo el territorio de Italia.
Los incendios han alcanzado tal intensidad que se calcula que emitieron 4,1 gigatoneladas de gases de efecto invernadero, el cuádruple de lo que generó el sector de la aviación global en 2023. Además de sus efectos climáticos, empeoraron la calidad del aire, agravaron los problemas de acceso al agua y amenazaron la vida de millones de personas que dependen de estos ecosistemas para sobrevivir.
Los trópicos, al límite: Brasil, Bolivia y Colombia en el epicentro
América Latina fue una de las regiones más castigadas. Brasil, Bolivia y Colombia lideraron la pérdida de bosques tropicales. La deforestación causada por la actividad humana, muchas veces mediante quemas ilegales para abrir paso a la agricultura y la ganadería, sigue siendo la principal causa de incendios en estos ecosistemas que no están adaptados al fuego. En los trópicos, a diferencia de otros paisajes como las sabanas o los pinares, el fuego representa una agresión letal que compromete la regeneración natural de la selva.
En contraste, el Sudeste Asiático dio señales de esperanza. Indonesia, históricamente azotada por incendios ligados a la industria del aceite de palma, redujo la deforestación en un 11 %, mientras que Malasia logró una caída del 13 % y salió del top 10 de los países más afectados. Sin embargo, estos logros parciales no compensan la tendencia global al deterioro.
Cambio climático, El Niño y retrocesos políticos: una tormenta perfecta
La multiplicación de incendios forestales está íntimamente ligada al calentamiento global. El año pasado fue el más caluroso jamás registrado, con una temperatura media que tocó el simbólico umbral de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales. A este escenario se sumó la reaparición del fenómeno climático de El Niño, que exacerba las sequías y favorece la propagación de incendios en diversas regiones del mundo.
En paralelo, los compromisos políticos para frenar esta devastación están lejos de cumplirse. Más de 140 países firmaron en 2021 la Declaración de los Líderes de Glasgow sobre Bosques y Uso de la Tierra, con el objetivo de detener la pérdida de bosques antes de 2030. Pero el informe de GFW es claro: 17 de los 20 países con mayor cobertura forestal han perdido más vegetación desde que firmaron ese acuerdo.
Los bosques: último muro de contención frente al colapso climático
Más allá del drama ecológico y humano, la pérdida acelerada de bosques implica un grave retroceso en la lucha contra el cambio climático. Los bosques tropicales son auténticos pulmones del planeta: generan oxígeno, capturan miles de millones de toneladas de CO₂ y albergan el 80 % de la biodiversidad terrestre conocida. Su destrucción es también una amenaza existencial para los pueblos indígenas que habitan en ellos, quienes son, irónicamente, sus mejores guardianes.
La paradoja es trágica: mientras se multiplican los discursos políticos sobre sostenibilidad y transición ecológica, la realidad en el terreno muestra que el planeta sigue perdiendo su mayor aliado natural contra el colapso climático.
El fuego ya no es un fenómeno aislado o local. Se ha convertido en un factor estructural del deterioro ambiental global. En este contexto, no basta con promesas ni con acciones aisladas. Es imprescindible aumentar los esfuerzos de prevención, restauración ecológica y protección de los pueblos que habitan los bosques. El reloj climático corre, y con cada hectárea calcinada perdemos algo más que árboles: perdemos estabilidad, resiliencia y esperanza. @mundiario





