El radicalismo... ¿es una disfunción genética?

El comportamiento de diferentes sociedades, culturas y etnias posee una base genética que, a través de múltiples rutas metabólicas, se canaliza para producir y liberar determinadas moléculas neuroquímicas. En psicogenia, esto nos permite comprender cómo ciertas conductas pueden ser inhibidas o, por el contrario, estimuladas, en función de normas sociales, culturales o contextuales.
Una imagen dividida, aparece un grupo de personas manifestándose por derechos civiles y al otro los símbolos de la ultraderecha. Tensión social y política. / Mundiario.
Una imagen dividida, aparece un grupo de personas manifestándose por derechos civiles y al otro los símbolos de la ultraderecha. Tensión social y política. / Mundiario.

Las respuestas neuroquímicas se relacionan directamente con hábitos y costumbres que se consolidan mediante procesos de repetición y habituación. Con el tiempo, determinadas formas de respuesta emocional o conductual se estabilizan y pasan a formar parte del repertorio colectivo de un grupo social.

Por ejemplo, la agresividad o la violencia pueden estar más aceptadas y reforzadas en algunas culturas o grupos que en otros, lo que sugiere que la expresión conductual no depende únicamente de factores individuales, sino también de patrones colectivos profundamente arraigados y modulados por la bioquímica del cerebro.

De esta manera, la psicogenia propone que los comportamientos sociales no son únicamente construcciones culturales, sino que también poseen un sustrato biológico concreto, regulado por la interacción entre genética, metabolismo neuronal y hábitos aprendidos. Sin embargo, entre la base genética y la expresión conductual existe un entramado extraordinariamente complejo. Los genes no producen directamente comportamientos; lo que generan son proteínas, enzimas y receptores que participan en múltiples rutas metabólicas. Estas rutas se cruzan, se combinan y se reorganizan continuamente, dando lugar a una gran diversidad de configuraciones neuroquímicas.

Es precisamente en este punto donde aparecen los Neurofactores, entendidos como estados funcionales resultantes de la interacción entre neurotransmisores, moduladores sinápticos y circuitos neuronales. Cada Neurofactor no surge de una única vía bioquímica, sino de la convergencia de numerosas rutas metabólicas que pueden amplificar, modular o bloquear determinadas respuestas del sistema nervioso.

Esta red de combinaciones explica por qué, a partir de una base genética relativamente similar, pueden emerger patrones conductuales profundamente distintos. Pequeñas variaciones en la intensidad de una ruta metabólica, en la disponibilidad de un neurotransmisor o en la sensibilidad de un receptor pueden alterar significativamente el equilibrio de los Neurofactores y, con ello, modificar la amplitud o la intensidad del comportamiento.

La actividad reguladora de los Neurofactores

Algunos Neurofactores cumplen una función defensiva o reguladora dentro del sistema. En lugar de estimular la actividad conductual, actúan limitando o bloqueando determinadas liberaciones neurotransmisoras. Este tipo de regulación puede reducir la amplitud del repertorio comportamental, concentrando la respuesta del individuo en un conjunto más estrecho de conductas posibles.

Cuando este fenómeno se intensifica, el comportamiento puede volverse estrecho pero profundamente intenso. El individuo o el grupo desarrolla una fuerte focalización en determinadas respuestas emocionales, ideológicas o conductuales, esperando a su vez reacciones igualmente intensas del entorno. En estas circunstancias, la regulación neuroquímica no favorece la diversidad conductual, sino la concentración y polarización de las respuestas.

Este tipo de configuraciones puede observarse en fenómenos colectivos donde la intensidad emocional y la rigidez conductual se refuerzan mutuamente, como ocurre en determinadas formas de violencia organizada, procesos de radicalización ideológica, terrorismo o violencia callejera por motivos políticos, deportivos, etc...

Desde la perspectiva psicogénica, estos comportamientos no deben interpretarse únicamente como construcciones sociales o políticas, sino también como expresiones de equilibrios neuroquímicos colectivos que canalizan la energía conductual hacia respuestas intensas, estrechas y altamente reactivas.

El terrorismo como ejemplo extremo

Un ejemplo particularmente extremo de esta dinámica puede observarse en determinados procesos de radicalización que desembocan en terrorismo. Desde una perspectiva psicogénica, estos fenómenos pueden interpretarse como configuraciones en las que el sistema neuroconductual reduce progresivamente su amplitud de respuesta mientras incrementa la intensidad emocional y conductual.

En estos contextos, determinados Neurofactores asociados a la amenaza, la identidad grupal, la hostilidad o la defensa colectiva pueden adquirir un peso desproporcionado dentro del sistema. Paralelamente, otros Neurofactores vinculados a la empatía, la flexibilidad cognitiva o la evaluación contextual pueden quedar parcialmente inhibidos o bloqueados.

El resultado es un estrechamiento del repertorio conductual, donde la complejidad moral y social del entorno queda reducida a categorías simples y polarizadas: amigo o enemigo, lealtad o traición, pureza o amenaza. En estas condiciones, la conducta deja de operar en un espacio amplio de posibilidades y pasa a concentrarse en respuestas intensas, rígidas y altamente reactivas.

Este proceso no surge de manera instantánea. Suele consolidarse a través de ciclos de repetición ideológica, reforzamiento grupal y experiencias emocionales intensas que van modulando progresivamente los equilibrios neuroquímicos del individuo. Con el tiempo, determinadas configuraciones de Neurofactores pueden estabilizarse hasta convertir la violencia en una respuesta percibida como legítima, necesaria o incluso moralmente obligatoria.

Desde la psicogenia, el terrorismo puede entenderse así como una configuración extrema de intensidad conductual con mínima amplitud, donde la arquitectura neuroquímica del individuo o del grupo se reorganiza alrededor de un conjunto muy reducido de respuestas posibles.

Combinaciones y mezclas

Los comportamientos humanos dependen de combinaciones específicas de elementos comunes: pequeñas variaciones en rutas neuroquímicas o hábitos pueden producir resultados conductuales radicalmente diferentes.

Comprender el comportamiento humano implica entonces descifrar la arquitectura combinatoria de los Neurofactores, es decir, cómo genética, metabolismo, neuroquímica y experiencia se entrelazan para producir la enorme diversidad de conductas observables en individuos y sociedades.

Cuando la mente pierde amplitud de respuesta, la intensidad de la conducta puede ocupar todo el espacio disponible. Este principio explica no solo cómo surgen comportamientos extremos en contextos colectivos, sino también la plasticidad y vulnerabilidad del sistema humano frente a la presión social, emocional o ideológica. La psicogenia nos invita a mirar más allá de la conducta visible, hacia la arquitectura oculta que la sustenta, para entender no solo lo que hacemos, sino por qué lo hacemos y cómo se podrían abrir nuevas vías de ampliación y regulación conductual. @mundiario

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