Cuando la mente se reparte: así elige el pulpo qué brazo usar para cada acción
El reino animal nunca deja de descolocarnos. Si los humanos sufrimos para coordinar dos brazos haciendo movimientos distintos, el pulpo lo hace con ocho, como si llevara siglos ensayando un ballet imposible. Y no lo hace de cualquier manera: cada extremidad tiene un rol preferente, como si dentro de ese cuerpo viscoso habitara un ejército organizado. Lo sorprendente es que esa inteligencia no reside en un cerebro central, como en nuestra especie, sino que se despliega a lo largo de sus tentáculos y ventosas. Dicho de otro modo: el pulpo piensa con los brazos.
Ese hallazgo, confirmado por una investigación publicada en Scientific Reports y grabada en seis ecosistemas distintos, vuelve a poner sobre la mesa lo que muchos biólogos llevan tiempo advirtiendo: los cefalópodos son la gran anomalía de la evolución. Cada uno de sus ocho brazos es capaz de realizar cualquier acción, sí, pero la ciencia revela un patrón. Los delanteros se emplean sobre todo para explorar y cazar; los traseros, para el desplazamiento. Como si fueran manos y pies, sin serlo. Como si la naturaleza hubiera diseñado un modelo paralelo de inteligencia.
Lo provocador es que el pulpo no es diestro ni zurdo. No hay lateralidad dominante como en los humanos. Su 51% de acciones con el lado izquierdo frente al 49% con el derecho lo confirman: ambos lados trabajan en armonía. Pero lo más intrigante es que, aunque cada brazo pueda hacerlo todo, hay una especie de afinidad, un uso preferente, un “gusto” que revela una organización interna que no depende de un único centro de mando, sino de una red distribuida.
Esa red, formada por 500 millones de neuronas (la mayoría en sus brazos y ventosas), no solo coordina el movimiento, también percibe, prueba, saborea y decide. Cada ventosa, unas 800 en total, es un laboratorio táctil y químico que supera de lejos la destreza de nuestras manos. Lo que para nosotros es un reto motor casi cómico —dar una palmada y al mismo tiempo dibujar un círculo con el otro brazo— para un pulpo es el pan de cada día.
La descentralización como modelo evolutivo
El dato es demoledor: los pulpos tienen siete veces más neuronas en la periferia que en el centro. En los humanos ocurre lo contrario. Somos seres centralizados, gobernados por un cerebro que ordena y jerarquiza; ellos, en cambio, encarnan la descentralización más pura. Su cuerpo es su mente. Y ese simple hecho obliga a preguntarse qué entendemos realmente por inteligencia.
El profesor Antonio Figueras lo describe sin rodeos al diario El País: “El pulpo es un animal con el cerebro por todo el cuerpo”. Eso implica que cada brazo no solo ejecuta, sino que también procesa. Si uno se alarga y explora, otro puede retorcerse en paralelo y un tercero sujetar el sustrato. No hay jefe de orquesta, sino un enjambre de nodos interconectados que recuerdan a los sistemas de inteligencia artificial distribuida.
La lección del pulpo para los humanos
En tiempos en que la centralización del poder y la información genera desconfianza, el pulpo es una metáfora viva de lo contrario: la autonomía de las partes sin perder la coherencia del conjunto. Sus brazos “prefieren” ciertas tareas, pero no son esclavos de ellas. Pueden adaptarse, intercambiar roles y responder al entorno. Es una lección de flexibilidad que nos cuesta asimilar a quienes nos creemos el pináculo de la evolución.
La Armada de Estados Unidos no ha pasado por alto esta sabiduría natural. Ha financiado parte de la investigación para diseñar brazos robóticos inspirados en el pulpo. Imaginen una operación de rescate en un edificio colapsado: no basta con llegar al fondo de los escombros, hay que poder maniobrar, sujetar, entregar objetos. Y ahí es donde la biomecánica del pulpo se convierte en una fuente de innovación.
Decía Figueras que los cefalópodos son “marcianos de la evolución”. No lo parece una metáfora exagerada. Estos animales no solo nos obligan a redefinir la inteligencia, también nos muestran que hay más de una forma válida de organizar un cuerpo y una mente. Mientras nosotros seguimos atrapados en la tiranía de nuestro cerebro central, el pulpo reparte su sabiduría en ocho brazos que, aunque iguales en apariencia, se comportan como individuos con preferencias propias. @mundiario

