Otro capítulo al horror de nuestros días, a la vida cotidiana de nuestros hijos

La noche de los cristales rotos / Maribel Zamudio
La noche de los cristales rotos. / Maribel Zamudio

Desolador y aterrador encontrarse a una madre inerte, muerta, ante su hijo de tres años en estado de shock, que no llora, ni se queja, ni parpadea. 

Otro capítulo al horror de nuestros días, a la vida cotidiana de nuestros hijos

Lunes 13 de junio, todavía en estado de shock por el atentado contra la discoteca en Orlando, no puedo dormir. Acabo de apagar el teléfono y me acuesto con la angustia de saber que hay una familia capturada como rehén en Magnanville, a una hora escasa en coche de Paris. El padre, un funcionario de policía de cuarenta y dos años, subcomandante en esa misma localidad, ha sido asesinado por un hombre joven, a las puertas de su casa y con un simple cuchillo. Antes de sucumbir a las puñaladas grita alertando a los vecinos para que se vayan y llamen a los servicios de urgencias. Jean-Baptiste como buen policía, pensó antes en su deber que en su propia familia.

Las fuerzas especiales han tomado el barrio, un barrio residencial de viviendas unifamiliares y habitualmente tranquilo. Han obligado a los vecinos a salir de sus casas en la oscuridad, han cortado el gas e intentan negociar la liberación de los rehenes: la mujer del policía asesinado, Jessica, de treinta y seis años y secretaria en la misma comisaría de policía que su marido, y su hijo Mathieu de tres años. Casi de forma instantánea, Daesh reivindica el acto como una acción terrorista del estado islámico a través de su página oficial en las redes sociales. Cuando a las doce y media vuelvo a encender el teléfono, el asalto ha sido llevado a cabo y nada se sabe del estado de las personas que están en el interior de la casa. Desolador, es la única palabra. Desolador y aterrador encontrarse a una madre inerte, muerta, ante su hijo de tres años en estado de shock, que no llora, ni se queja, ni parpadea.

El asesino Larossi Abballa de 25 años, francés, reinsertado tras una condena de cárcel de tres años, por pertenencia a una organización de reclutamiento a grupo terrorista, se encuentra disfrutando de una reducción de pena de seis meses, al demostrar la creación de su propio negocio de fast food que el estado francés le ayuda a subvencionar. Se halla bajo vigilancia judicial y escuchas telefónicas, tras haber retomado el contacto con grupos terroristas en las últimas semanas.

Antes del asalto de los RAID, graba un video de unos trece minutos. En francés y en lengua árabe declara su pertenencia y fidelidad al Estado Islámico y reivindica sus actos, al mismo tiempo que solicita a sus colaboradores el asesinato de periodistas, figuras de la canción y de la política francesa. Vestido con una djellaba y con la barba al más puro estilo musulmán, afirma que ha asesinado a la madre del pequeño que se encuentra en el sofá detrás de él, y que todavía no ha decidido que es lo que va a hacer con la vida del pequeño…

Y esta aberración suma otro capítulo al horror de nuestros días, a la vida cotidiana de nuestros hijos, que poco a poco se van acostumbrando a palabras como asesinato, terrorismo, Daesh o Estado Islámico, sumando otro huérfano a nuestra República Francesa, bien enferma de esta epidemia llamada terrorismo, que va de atentado en atentado como si de un videojuego infernal de la oca se tratase.

Así, a nuestra pobre existencia se va sumando toda una generación de padres, hijos de emigrantes a su vez, que pierden a sus hijos franceses de nacimiento, en un estúpido camino hacia la celebridad post mortem con la bendición de Allah, con buena publicidad en las redes sociales y en tiempo real. Toda una generación de adolescentes inadaptados socialmente, que caen en la delincuencia como único refugio a su marginación. Jóvenes que encuentra en su estancia en las cárceles, la respuesta a sus problemas de inadaptación, y que a cambio de una acción terrorista obtendrán su premio en el más allá con el pago de su propia vida.

Por otro lado, y con una crueldad y una indignación sin medida entre todos los que contemplamos indefensos y hastiados el espectáculo, el estado islámico va sembrando su segunda semilla, su plan B:  toda una generación de huérfanos de atentados terroristas que pierden a uno, o a sus dos progenitores, en una lucha que les es totalmente ajena y que en unos años proveerá al país de la libertad, la igualdad y la fraternidad, de una buena razón para que dichas premisas no sean más que papel mojado… un recuerdo triste de lo que pudo ser y no fue: la convivencia entre los diferentes pueblos y las diferentes religiones.

Otro capítulo al horror de nuestros días, a la vida cotidiana de nuestros hijos
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