La violencia de género: una plaga que no cesa
Las leyes son necesarias pero no resultan suficientes para conseguir cambios sustanciales en un asunto tan complejo como este.
La concentración de varios asesinatos de mujeres en los últimos días ha situado, de nuevo, en el centro de la atención mediática, la persistencia del grave problema de la violencia de género.
Después de varios años de vigencia de una nueva normativa jurídica sobre esta materia, existe una inquietante sensación de impotencia que debería provocar una doble reacción: mayor reflexión sobre la naturaleza y el tratamiento de esta lacra social y un renovado compromiso práctico de todos los sectores que no aceptamos convivir resignadamente con las intolerables estadísticas de víctimas causadas por semejante violencia.
Los últimos episodios confirman, una vez más, que las leyes son necesarias pero no resultan suficientes para conseguir cambios sustanciales en un asunto tan complejo como este. Se requieren, ciertamente, más recursos económicos y una mayor eficacia en la gestión de los medios humanos y materiales ya disponibles. Pero hay otros aspectos que demandan actuaciones específicas y de largo recorrido temporal. Algo se está haciendo mal durante los trayectos formativos de chicos y chicas para que -tal y como demuestran diversas encuestas- sigan vivos los estereotipos tradicionales que atribuyen a los varones la capacidad para decidir el tipo de comportamiento admisible en su pareja femenina. La presencia de un volumen relevante de enseñantes que -sobre todo en el ámbito de los centros públicos- simpatizan explícitamente con una orientación igualitaria en las prácticas educativas debería ser un factor decisivo en la batalla por mudar la deriva preocupante en la que nos encontramos.
Después de tantas experiencias trágicas conocidas resulta evidente la transversalidad que se constata en los perfiles de los victimarios: hombres de distintas edades, diferentes niveles formativos y variados estratos laborales o profesionales. Tal circunstancia se asienta en un denominador común que habita en sus códigos mentales: el cariño es un sinónimo de posesión que explica la reacción ante el final del vínculo afectivo por parte de la pareja femenina. Lo confesaba un encausado por el asesinato de su compañera sentimental en el propio juicio oral:”Quería muchísimo a mi mujer. Saber que estaba con otro, me derrumbó”.
Las cifras de la violencia de género cuestionan radicalmente cualquier tentación conformista emanada de los poderes públicos. Pero también constituyen un dramático emplazamiento para quienes deseamos vivir en una sociedad de personas libres e iguales. El cambio en los comportamientos colectivos exige una acción pedagógica singular por parte de aquellos hombres que no aceptamos reproducir el rol dominante que nos viene atribuido en el imaginario heredado.