¿Es la adicción al trabajo una enfermedad propia de WASP?

Moritz Erhardt
Moritz Erhardt, joven tiburón financiero en formación, tiranizado por los objetivos que le exigía su empresa, murió tras trabajar 72 horas.

Moritz Erhardt, de 21 años, audaz joven de origen alemán formado en Michigan y becario en Londres del Bank of America Merrill Lynch, era un paradigmático WASP entregado al trabajo.

¿Es la adicción al trabajo una enfermedad propia de WASP?

Sobre la base del adjetivo alcoholic, la lengua inglesa ha creado workaholic, que podemos dar en romance como trabajólico y vale ‘adicto al trabajo’. Que el palabro de marras haya nacido en el circuito sociocultural anglosajón no tiene nada de particular, pues es ahí donde se ha desarrollado, para paleta envidia de los países de la segunda división, la idea de que el ocio es propio de vagos y tomar vacaciones una lacra ignominiosa y signo inequívoco del inútil.

Pocas obras del humano pensamiento como La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905), de Max Weber, expresan con tanta elocuencia la íntima relación entre la idea luterana de la entrega al trabajo y el éxito de los países de esa confesión en el liderazgo del mundo contemporáneo, un liderazgo que adquiere su máxima y más perversa expresión en el acrónimo WASP (White Anglosaxon Protestant). Moritz Erhardt, de 21 años, audaz joven de origen alemán formado en Michigan y becario en Londres del Bank of America Merrill Lynch, era, sin duda, un paradigmático WASP.

Digo era porque, hace diez días, y después de currar a destajo durante más de 72 horas por exigencias de los objetivos que le marcaba su empresa, su cuerpo y su cerebro, desengañados de un ser humano que les dio tan mal trato, dijeron basta, hasta aquí llegamos, amigo, y simplemente se desconectaron para siempre jamás. Yo creo que los cuerpos y los cerebros de los seres humanos que habitamos más al sur de las frías latitudes nórdicas reciben de sus propietarios mejor pago.

La siesta, el pasmoneo, los puentes de fin de semana, las cañitas de media tarde y las eternas tertulias en horario laboral para arreglar el mundo, lejos de representar una vergüenza incomprensible a ojos de un estresado ejecutivo de Manhattan, constituyen, además de ejercicios extremadamente saludables, un patrimonio inapreciable, justamente admirado por propios y extraños, pues son los mismos ciudadanos rubios y boreales, que sonríen perdonando la vida al pobrecito español, los que luego arrasan con chiringuitos, playas, hoteles y discotecas ibéricas en dos meses de estío, antes de retornar al durísimo régimen laboral que les impone dirigir el mundo.

Por mi parte, como curioso impertinente y disciplinado observador de las cosas humanas, hago votos porque la patología conocida como en el céltico noroeste como o mal da cereixa (ya saben, «eu quero traballar pero o corpo non me deixa»), una enfermedad paradójicamente recomendable, no se diluya en la tontuna sistemática de creer que todo lo que viene de América o la pérfida Albión es lo mejor. Vale, salvemos el cine, los Beatles y el rock’n’roll.

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