Tiroteo en Manhattan: la NFL en el centro de un drama con demasiados culpables

El ataque armado en un rascacielos de Nueva York, con cuatro víctimas mortales y el suicidio del atacante, no es solo otra estadística de violencia. Es un episodio que expone la fragilidad de las instituciones.
Shane Tamura. / X.
Shane Tamura. / X.

Cuatro personas asesinadas a tiros y un atacante que se quitó la vida. Ese es el saldo inmediato del último tiroteo masivo en Estados Unidos, esta vez en el corazón financiero de Manhattan, Nueva York. Pero reducir esta tragedia a una cifra más entre las decenas que se registran cada mes en el país sería una forma de seguir alimentando la inercia. Lo ocurrido en Park Avenue no es un suceso aislado, sino el síntoma visible de una enfermedad estructural.

Shane Tamura, un joven de 27 años procedente de Las Vegas, recorrió el país durante días al volante de su BMW. Llegó hasta la costa este con un propósito aún nebuloso pero inquietante: saldar una cuenta personal con la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL), a la que culpaba de padecer encefalopatía traumática crónica, una dolencia degenerativa provocada por impactos repetidos en la cabeza. Tamura había jugado al fútbol americano en su adolescencia y, como muchos otros antes que él, aseguraba haber quedado marcado física y psicológicamente por la práctica de este deporte. Su nota de despedida, de tres páginas, así lo refleja: pedía que su cerebro fuera donado para la investigación científica.

Pero más allá de las motivaciones particulares, lo esencial es comprender por qué una persona con claros antecedentes de trastornos mentales pudo atravesar el país armado con un fusil semiautomático y sin que saltara ninguna alarma efectiva. Ese es el verdadero centro del problema: un sistema que no impide que alguien psicológicamente inestable acceda legalmente a armas de guerra. Tamura tenía licencia de armas en Nevada, y en su vehículo se hallaron varios cargadores adicionales y un revólver. Ninguna barrera legal se interpuso entre él y su capacidad de causar muerte.

El edificio atacado albergaba oficinas de la NFL, pero también de gigantes financieros como Blackstone y KPMG. Era, en apariencia, un búnker corporativo impenetrable. Sin embargo, la realidad desmintió esa percepción. Tamura irrumpió armado en el vestíbulo, disparó a sangre fría al vigilante de seguridad, un policía en excedencia, y después ascendió hasta el piso 33, donde continuó su matanza antes de suicidarse. Las imágenes del caos, empleados huyendo, despachos atrincherados con sofás y cuerpos tendidos en los pasillos, recuerdan más a escenas de guerra que a una jornada laboral en la primera potencia mundial.

Entre las víctimas está Didarul Islam, un agente de policía de 36 años, inmigrante bangladesí, padre de dos hijos y esperando un tercero. Su muerte ha sido elevada a categoría de sacrificio heroico por las autoridades neoyorquinas. Sin embargo, ni su compromiso ni su entrega pudieron impedir la matanza. No por falta de valentía, sino por la brutal desproporción entre un hombre con una pistola y un atacante con un rifle semiautomático y una determinación homicida.

El alcalde de Nueva York, Eric Adams, ha confirmado que el objetivo de Tamura era probablemente la sede de la NFL, pero que tomó el ascensor equivocado. Esta revelación da pie a un escalofrío adicional: si no se hubiera equivocado, ¿cuántas víctimas más habría dejado? ¿Y si hubiese tenido más munición o mayor preparación? La pregunta no es si volverá a suceder, sino cuándo y dónde será el próximo tiroteo masivo.

Estados Unidos acumula ya más de 250 tiroteos masivos en lo que va de año. La mayoría de ellos ni siquiera llega a los titulares internacionales. El país ha normalizado una violencia que debería causar conmoción diaria. Mientras tanto, los intentos de reforma en el Congreso, liderados por los demócratas, se ven sistemáticamente bloqueados por una derecha política que defiende el derecho a portar armas como un dogma intocable, sin importar cuántas vidas se pierdan por el camino.

En este caso, el debate adquiere incluso una dimensión más compleja: la conexión entre el fútbol americano y la salud mental. La encefalopatía traumática crónica ha sido confirmada en decenas de jugadores retirados. La NFL ha tenido que pagar más de mil millones de dólares para resolver demandas relacionadas con esta dolencia. El caso de Tamura, aunque extremo, subraya el coste humano de una industria deportiva que durante años minimizó los riesgos que conllevaba.

Pero no es la NFL la única que debe responder. Es el sistema en su conjunto el que necesita una revisión urgente: el acceso a las armas, los protocolos de salud mental, la seguridad en edificios públicos y privados, y sobre todo, la voluntad política de actuar antes de que la sangre vuelva a manchar el asfalto.

Nueva York ha vivido una tragedia. Pero es el espejo roto de un país que sigue esquivando la conversación de fondo: ¿puede una democracia fuerte sobrevivir a su propia incapacidad para proteger a sus ciudadanos?

Porque no es un asesino quien define a una sociedad, sino lo que esa sociedad permite que ocurra, una y otra vez, sin consecuencias duraderas. @mundiario

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