El robo descontado del diferido

Ladrón. / Pixabay
Ladrón. / Pixabay

El pillaje se ha institucionalizado como una plaga histórica. No es cuestión de clases. Lo dañino es que se tolera y toreamos con el lenguaje.

 

El robo descontado del diferido

No hace muchas fechas mi hija preguntó cómo era posible que en España se mangara tanto: roba el rey de los decimales, roban los ministros, roban los partidos del gobierno y de la oposición, roban a España y “España nos roba”. 

Pero también roba por la fuerza Rusia en Ucrania, hurtando vidas humanas, planes de futuro, la dignidad, la esperanza, el derecho a defenderse, la vuelta a casa y el anhelo de empezar de cero, mientras en nuestro país nos roban unas cuantas verdades para culpar a Putin de todos nuestros males.

Los males del pasado, ahora multiplicados, que han diezmado la clase media y la economía del país, resulta que no son tan graves sino “cosas chulísimas aunque no se expliquen bien”. En otros casos, se nos sustrae noticias del telediario por informar de perogrulladas como las tapas y los dulces en Semana Santa con despliegue de corresponsales.

O de datos de interés nacional por parte del ejecutivo por ser “materia clasificada”. Con tantos secretos oficiales cada vez nos parecemos más a la Rusia de Putin. Siempre pobres pero nada nos impide despilfarrar miles de millones en chanchullos o en evadir un importe superior a las ayudas del Plan Marshall a Alemania tras la gran guerra. Ellos con poco, y arrimando el hombro, hicieron un milagro. Nosotros con mucho más, nos buscamos la ruina. 

Tal vez el verbo más desgarrador, aparte de asesinar, podría ser robar, la desposesión, por la fuerza, de bienes tangibles e intangibles. España no es Ucrania. Pero hubo un tiempo que sufrió como ella. Robaron la paz social por las continuas huelgas que desestabilizaron la convivencia. Luego vino el robo del orden imperante con una dictadura que no aprendió a robar porque ya venía con la lección aprendida. 

LA DEMOCRACIA TRAJO EL CODIGO DE LA IMPUNIDAD 

Cuando llegó la Democracia tras robarnos la ilusión de las libertades, volvimos a la dictadura de los robos encubiertos de guante blanco para aforados y pelotazos a tropel. Nada es elegante en el robo, pero se impuso el código del sin-escarmiento y  la impunidad. Por ser rey y devolver la democracia, toleramos las turbulencias oscurantistas durante otros 40 años, dando falso ejemplo a parientes políticos y clases modestas.

Las castas favorecidas se pasaron por el arco de triunfo el robo institucional de poderes, favores, derechos, cargos a dedo, corruptelas y sobre todo de la economía.

Lo más grave que nos haya ocurrido en España no es que nos robaran la democracia durante cuatro décadas, pero cuando nos la devolvieron nos robaron la economía y desde entonces padecemos las perpetuas crisis. Pero España es famosa por las crisis que concatenan por azar político. No digamos de los pillajes famosos.

Todo arrancó en tiempos de los Reyes Católicos con la expulsión de los judíos y más tarde Felipe III de los moriscos cuyas castas eran las que manejaban la economía de España. Poco tiempo después de la diáspora, padecimos una de las crisis más graves por aquellos años por falta de mano de obra en el campo, la artesanía y el comercio. Siglos después seguimos igual. 

Desde entonces tenemos el mal de ojo, porque pillamos todas las crisis sin los deberes hechos. Los cristianos de entonces estaban para conquistar y robar en otras hazañas de ultramar. Los de hoy, descuentan todo lo ocurrido.

Inevitablemente se ha institucionalizado los robos, que aún en pleno siglo XXI de la robótica, el 5G, la IA y el futuro de la economía ecodigital, enseñaremos a hacerlo con más maña. Porque la moralidad lo tolera y evita que se devuelva lo robado. Robar sale barato. Incluso un par de años en el calabazo compensa si has guardado a buen recaudo el botín.

Parece mentira que el robo de valores, de impuestos, del español, de la verdad, de la natalidad y hasta de la vejez digna se haya instaurado en la España del siglo XXI. Cómo vamos a ser optimistas si nos llevan robando más de veintiún siglos, con todas las salvedades posibles.

El pueblo llano, honesto, trabajador, no roba, pero como la guerra en Ucrania, alargar la agonía por cuestiones de intereses gasísticos para mover la economía, nos vuelve cómplices. Un sistema vestido de leyes, constituciones, instituciones y una justicia que nunca vela ni es celosa en sus cometidos por exceso de expedientes, falta de desarrollo de otras normas, indultos insultantes y una injusticia que tolera que no seamos iguales todos ante la ley.

Nos han enseñado buenos modales, a ser tolerantes, generosos y compasivos, pero esos activos intangibles se ven frustrados ante tanto latrocinio institucional, partidista y clerical. Hasta la santa madre iglesia, robó la dignidad de miles de niños abusados sin que la judicatura actúe, porque para ello se reservan el derecho canónico que los aparta de la senda de igualdad que tanto pregonan en nombre de Dios desde el púlpito.

Nos roban vidas, tiempo, la historia, códigos profesionales, sentencias y hasta la cuenta corriente con la complicidad de entidades públicas cada vez menos neutrales esquivando el derecho. Nunca hay leyes ni fallos judiciales suficientes para hacerlas cumplir íntegramente. Ni siquiera cuando nos arrebatan la vida. 

Porque siempre se disfrazan otros robos a las mismas orillas del vacío legal. Hay proscritos por la ley a los que hemos indultado, rebajado las fianzas y encima subvencionamos sus empresas con dinero del Estado.  Uno se pregunta sin respuesta si empleáramos las mismas energías en dar ejemplo desde las esferas del estado,  a lo mejor seguro seríamos un país mucho más rico. Nos sobraría tanto que nadaríamos en la abundancia terrenal y espiritual.

Pero no, la picaresca que inventamos es española, y nos lleva acompañando siglos. Hay quienes se sienten muy listos de dar el palo sin dar golpe. La dudosa moral no nos es extraña. Al contrario, cuando conviene se cambia como los principios de los hermanos Marx.

Por eso la holgazanería se ha institucionalizado y la desidia perezosa de reclamar un abuso, un robo, ha dado paso a la manga ancha para que prácticamente cada cual se sirva como en un autoservicio. Ya no roban solos los pillos sin recursos. 

Cada vez más lo hacen la clase de alta cuna, bien vestida y perfumada, hasta la aristocracia. Favor por favor, aunque cuesten millones de dinero ajeno, de dinero público. Tanta moral inmoral es inagotable. Tampoco queremos reconocerlo. Siempre hay un punto que lo justifica o disimula a ojos de los perpetradores.

Yo también he robado, respondo a mi hija. He robado la verdad, convivido con la mentira y la tolerancia de tanto golfo. Le he robado a mi comodidad por no salir a la calle a protestar y boicotear por tanto daño colectivo provocado. Pero esto a nadie interesa, porque estamos demasiado ocupados en llegar a  fin de mes cuando nos roban el salario con tan alta inflación, impuestos que carcomen el estado de bienestar, en sufragar unos rescates que nunca devuelven y en amparar unos  villanos vividores con aires de moralidad inquisidora pero alma zurcida.

Por no hablar del clima robado. Cuando nos demos cuenta ya no tendremos donde robar más recursos sobreexplotados, ni agua que mantenga con vida la vida de tantos pillos, ni aire para respirar para tantos seres inertes. Si negamos el robo de la manzana, de los abusos, de las barbaries, de la historia  y hasta de los derechos en Democracia…..  cómo no vamos a negar el robo de la Tierra como si nos creyéramos inmortales. 

Pero aquí lo único inmortal es el hurto y pillaje consentidos de tanta inmoralidad moralista. Como dirían unos cuantos de signo contrario, si a tanto robo le descontamos lo robado en diferido, nos queda un bello país que nunca ha robado. @mundiario

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