Regresando a casa

Mascarilla. / Pixabay
Mascarilla. / Pixabay

No ha podido conmigo ningún virus y ninguna pandemia, jamás. Lo que sí me ha resultado insufriblemente impertinente e inadmisible es la grosera conducta de muchos de los usuarios.

Coming home. Regresando a casa. Realmente es difícil teclear algo, bien fuere que resulte divertido o bien enrevesado y necesario transmitir; ora por entretenimiento ora por necesidad de comprensión. Difícil pero imprescindible. Al menos así lo considero en este caso: ¡Imprescindible una transmisión entendible!

El autor – hay quien ya lo sabe – ha ejercido por más de treinta años el arte –más o menos pulido– de curar. Así es definido, desde los inmemoriales tiempos, el oficio de la Medicina: "El arte de curar". Hubo tiempos mejores en el oficio. Hay que decirlo y de este modo lo digo... ¡Mucho mejores!

No discutiré que, algunos de esos artistas, se han prodigado, y aún pregonan el docto sudor que destila su incuestionable sabiduría, dominio del arte y el bien hacer en todo momento. Salpicando altivez, soberbia, arrogancia y petulancia por cualquiera de sus poros y por donde quiera que vayan. No, no lo discutiré, porque yo mismo he criticado eso hasta el hartazgo, y continúo en el afán.

Siempre que alguien presume de algo, se calan sus lagunas desde lontananza sin necesidad de mirada mantenida ni penetrante. El "artista de la curación" no iba a ser menos. Yo ruego a las deidades no haber caído en ese foso, por mucho que haya sido menester.

¡Piratas del oficio!

En estos tiempos de virus las cosas citadas se han recrudecido hasta lo eterno (algunos dicen que el virus "Severe acute respiratory syndrome coronavirus" o SARS-CoV2 en sus siglas inglesas, así como sus irremediables variantes, que se debieron siempre tener en cuenta, ha llegado para quedarse, y no es cierto: posiblemente antes de la aparición humana en estas tierras, el susodicho ya campeaba por estos lares , salvo que fueren materia de laboratorio). Se han encarnizado hasta lo interminable, tanto el virus como los comportamientos humanos, hasta el centro neurálgico de la propia y desazonante sinrazón.

No obstante, tal ensañamiento y pésimo talante, no solo atañe a los citados artistas de la curación. Mucho más intrusamente se ha intensificado en la gente que pretende ser valorada según dicte su propio e inadmisible criterio; sin datos ni hechos para tal pretensión: Todos quieren llevar la insignia de médicos y hacen caso del caos informativo desde los distintos medios; o sencillamente se lo inventan con tal de ser los primeros.

Tal es la intensidad de tal atrocidad en la gente encarada y mal llamada “paciente” que, no solamente se han apoderado de un amontonamiento –colapso total, en realidad– insuperable en las distintas atenciones a la salud – primaria, hospitalaria y la que fuese de menester – hostigando para ser valorados y “recetados” no solamente al instante, sino antes que el resto de sus congéneres solicitantes de las mismas atenciones y que tienen la decencia de “guardar el turno y la cola”, cueste lo que cueste– ausencia total de educación y que caiga quien tenga que caer. Apoderándose de una serie de supuestos derechos que ni les corresponden y que ni siquiera existen, aprovechando el silencio de las distintas instituciones del ramo cuya callada les viene de perlas, otorgándose unos privilegios dañinos y una especie de impunidad manifiesta a la que se agarran como «el koala a su Eucaliptus» – dicho de don Fermín Trujillo y que me viene muy bien aquí–.

Si bien este conjunto de chusma suele ser la menos incidente, no por ello la tal nauseabunda minoría, presunta poseedora de unos derechos inexistentes, desgañitan tales falsos derechos a voz en grito y ausente de toda urbanidad, corrección, gentileza, modales y educación mínimamente aceptables ( que nunca lo son, ni siquiera en su mínimo), haciendo estúpidas amenazas verbales, físicas o ambas con el personal facultativo- es mi caso – de no cumplirse sus exigencias: “Hipotecar una firma para calzarse con sus propósitos”, así es... ni más ni menos así.

Suelen mermar hasta el colmo las ya enormemente menguadas capacidades del sanitario de turno. O no necesariamente sanitario (administrativos, por ejemplo, que también andan los pobrecitos hasta el moño).

Este tipo de morralla se salta a la torera las mínimas disposiciones y preceptos del sistema, en la seguridad absoluta de que, puestos a dirimir tales comportamientos ante cualquier togado, la ridícula frase de "tu palabra contra la mía" siempre será su imperante bandera: ¡Craso error... execrable error para tales infames bellacos!

Lo que no ha podido este y otros virus, este y otros achaques con este suyo servidor, lo ha podido esta manada canalla. He regresado despacio, callado, sollozando y anímicamente destrozado, a... casa.

Todo tiene su límite y su perdón. Ya no puedo disculpar un día a día de tal estulticia, tales amenazas por no acceder a intimidaciones sin sentido alguno; no por temor a las mismas, sino por pura dignidad, pundonor, honra y integridad (entre otros adjetivos).

“Mi firma fue conquistada por mí, nunca permitiré su hipoteca”

La inmensa mayoría de los postulados que aducen este tipo de escoria suelen ser la de repetir recetas que para colmo todavía no han caducado, porque las adeudan en las respectivas farmacias (este tema es digno de un articulo aparte, o más. Mi conversación con el Presidente colegial no acaba de dar fruto) o bien que necesitan la baja laboral por antígeno supuestamente positivo que se han hecho en sus respectivas casas, con fechas muy anteriores a las supuestas reales si es que alguna vez fueron reales, puesto que las instituciones del ramo no contemplan- hasta la fecha – la necesidad de un informe fiable de que la prueba se ha realizado y, per ende, si ha sido positiva… una especie de justificante, vaya.

¡Desastroso, calamitoso, pero... cierto y cabal!

He ahí las urgencias ineludibles para saltarse las colas e intentar – y en su mayoría, conseguir de otros facultativos, supuestamente compañeros, (y que tengo muy presentes) – todo lo que aduce este tipo de personajes a la hora de obtener sus cometidos al tiempo y hora que le viene en gana y le son convenientes (nunca antes de las once de la mañana, ni decir tiene). Porque “para eso pagan”, suelen aducir, cuando la mayoría están en el paro o son beneficiarios de ayudas estatales que resultan de risa amarga. Soy yo – y ustedes–, señoras y señores quien les estoy pagando sus propias impertinencias y abusos con unos impuestos de hasta el cincuenta y uno por ciento... jurado y a la disposición de quien lo pretenda.

Puesto que el autor del presente no se deja amilanar por tales amenazas ni imposiciones, ni en este campo ni en ningún otro, al cabo de la jornada tiene que contestar una serie de imbecilidades que las susodichas piaras suelen escribir en las denominadas “hojas de quejas” y que los servicios encargados de recibirlas tienen el estúpido cuajo de tramitarlas. Dando más pábulo a las propias reclamaciones que al honor del denunciado. Yo ya he preguntado a coordinador de mi centro quién coño es la persona que se digna en tramitarlas... todavía no lo sé, pero me importa, y mucho. Hablaría con el responsable, largo, tendido y –cómo no – educadamente.

Sucintamente, expongo dos casos en el mismo día de primero de año 2022.

Uno.- Una señora de cincuenta y pocos años, gritando, pasando a consulta con un empujón a la puerta, sin cita previa – obviamente – y exigiendo que le recetara antibióticos contra el virus – eso es absolutamente necio cuando no contraindicado – porque tiene mucha tos... solo tos. Tras gritarme intensamente con voz firmemente del arrabal, conseguí que saliera de consulta. Otra facultativa, antes de cinco minutos de su salida, le permitió la receta. ¡Toma ya!

Dos.- Un caballero muy señoreado – tómese como uno quiera – empuja mi puerta, me empuja a mi, me da su tarjeta y exige que le haga recetas “a mano” de sus medicinas porque que no iba a estar yendo y viniendo al ambulatorio cada dos por tres y cada vez que en la farmacia no se las dieran. Cogió fuertemente mi muñeca izquierda al percatarse de que estaba siendo la grabada la conversación y tiró al suelo la grabadora. También conseguí largarlo de mi consulta. Además, solucionó su problema con otra facultativa antes de cinco minutos de los hechos, sin consultarme siquiera el motivo de mi rechazo a la exigencia. ¡Toma ya otra vez!

¿Acaso piensan que son solo dos? Son cientos de similares características. Ambos – de momento únicamente hay cuatro – están a la espera de ser citados por un juez. Por creer que con una reclamación iba que chutaba y por creer que un “tu palabra contra la mía” era el bálsamo de fierabrás.

¡Craso, craso error!

Y pagarán lo que la judicatura dictamine (he tenido que grabar toda consulta que me pareciese pendenciara, hasta ahí he tenido que llegar, obviando la saco-santa confianza médico-paciente). Esto –grosso modo – es lo que está sucediendo en los centros de salud. Al menos en el mío, número dos, que yo solicité fervientemente y me fue concedido; no por enchufe, tan solo por méritos –conste donde convenga–.

Estoy en la certeza – los pasillos son muy cotillas – de que algunos de los facultativos que forman parte de la plantilla del centro y cuya filiación me la conozco me están poniendo a hurtadillas cuál hoja de perejil por tener el morro de abandonarlos en plena pandemia de maleducacionismo, que no de virus. Les contesto mis estimados médicos y médicas: no ha podido conmigo ningún virus y ninguna pandemia, jamás. Lo que sí me ha resultado insufriblemente impertinente e inadmisible es la grosera conducta de muchos de los usuarios que ustedes toleran y permiten. He pensado que tales situaciones deben ser leídas en toda España y, en los EE UU (al menos en la Costa Este y Florida). Así lo espero. Por todo ello ahora estoy... regresando a casa… por no tolerar lo que me resulta objetivamente infame. ¡”My sweet and polite home”! @mundiario