¿Qué pasa con los millennials a la hora de trabajar?

Un grupo de jóvenes utilizando el móvil. Pexels
Un grupo de jóvenes utilizando el móvil. / Pexels.

Hoy interesa más la cima que subir la montaña. Son exigentes, narcisistas, con una seguridad en sí mismos que se desvanece en la práctica.

¿Qué pasa con los millennials a la hora de trabajar?

Busco personal para mi centro auditivo: audióloga y secretaria. Recibo currículums y entrevisto a candidatas. Digo candidatas porque no hay  interesados varones para secretario. Además, en Argentina, menos del diez por ciento de los audiólogos son hombres.

Las postulantes tienen entre veinticinco y treinta y cinco años. Poca experiencia y muchas exigencias. No tanto económicas, pero sí de horario, distancia y medios de transporte.

Si pretendo el puesto para San Isidro —que está en la zona norte del conurbano de la ciudad de Buenos Aires— y ellas viven en la Capital, ya es un problema porque “tendría que ir en el 168 ( el autobús que pasa a cien metros del consultorio) y me lleva casi una hora de viaje”. O preguntan a cuántos minutos caminando las deja el tren. Diez. “No, es muy incómodo”. Y solo estoy pidiendo para dos veces por semana, el resto de los días su puesto de trabajo sería en la ciudad de Buenos Aires. Si son de zona norte, solo están dispuestas para San Isidro porque ir a Capital tres veces por semana sería una complicación.

Una candidata a secretaria aceptaba a condición de comenzar en marzo, no en febrero que era cuando la necesitábamos, porque se iba todo el mes a veranear a Punta del Este, en Uruguay.

Algunas se niegan a trabajar en blanco porque pierden la subvención del gobierno.

La mayoría de las chicas tienen experiencia solo en el área gastronómica y desconocen las tareas administrativas. No tienen idea, ni quieren tenerla, de trámites bancarios; apenas saben escribir, a pesar de tener un secundario completo y estar intentando comenzar una carrera universitaria.

En cuanto a las audiólogas, salen de la licenciatura en fonoaudiología sin haber tocado un equipo para hacer estudios audiológicos.  Dicen estar interesadas en aprender. Hemos puesto empeño en capacitar a varias. Lleva tiempo y dedicación de nuestra parte.

Somos muy flexibles en horarios, acordamos una remuneración justa, nuestro interés es que se unan al equipo y se sientan cómodas, para poder dar lo mejor de sí mismas.

Cuando yo estudié —y no quiero caer en la de los viejos que cuentan que todo tiempo pasado fue mejor— en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, entrábamos treinta, presentándose para el ingreso cientos de postulantes. Tuve la suerte de contar en la cátedra de audiología con la profesora Alicia Zubizarreta, y quiero nombrarla para hacer público mi reconocimiento. Aún sigo aprendiendo de ella. Alicia nos daba un teórico en el que entregaba todo. Yo la torturaba a preguntas, no le dejaba pasar una. Creo que me temía. Después reforzaba con un práctico en el que podíamos realizar los estudios con los equipos del Hospital Ramos Mejía de Buenos Aires. Y los exámenes eran con pacientes. Ella nos hacía trampa. Quería que sospecháramos de las respuestas, que corroboráramos, que no nos quedáramos con el resultado a simple vista. Inolvidable un examen en el que solo un ítem estaba fuera de lo esperado, yo lo revisé mil veces y daba así. El paciente estaba confundiendo vibración táctil con audición y no supe hacer la contraprueba.

Su filosofía tan cartesiana me marcó y creo que por eso elegí la especialidad.

Eso hoy no existe. No tienen la culpa las egresadas, simplemente aprueban exámenes sin que les den la oportunidad de experimentar, sin exigirles criterio, sin hacerlas pensar.

Y son las profesionales que caen a ofrecerse. Tienen el título, la matrícula. Y se creen que eso es suficiente.

Las contratamos, les pagamos honorarios para que aprendan, empiezan a hacer estudios con nuestra supervisión. Pero lleva tiempo. “¿Y cuándo voy a empezar a cobrar más, porque yo haciendo foniatría gano más en otro lado.” “¿Pero no querías capacitarte en audio?” “Sí, pero ya hace meses que estoy…”

Cuando yo me recibí, para dedicarme a adaptación de audífonos, tuve que estudiar años, con bibliografía extranjera, porque no había en el país. Fue un proceso largo. Me gustó escalar esa montaña, cuanto más aprendía más segura y triunfal me sentía.

Hoy interesa más la cima que subir la montaña.

Son exigentes, narcisistas, con una seguridad en sí mismos que se desvanece en la práctica.

No puedo con esta generación. Quiero entender por qué son así.

Googleando encuentro al escritor inglés Simon Sineki. Recomiendo especialmente su charla sobre “La verdad sobre los millennials”, en YouTube.

Según él, a los nacidos después de 1984 sus padres los hicieron creer todo el tiempo que eran especiales y cuando caen en el mundo real se dan cuenta de que no lo son. Cuando un adulto experimentado los increpa preguntándoles qué vamos a hacer, ellos responden: “¡Esto vamos a hacer!”. Pero no tienen la menor idea.

Nacieron con la digitalidad. Son expertos en tecnología y eso los hace sentirse cracks. Pasan siete horas diarias aproximadamente conectados a Internet, es su forma de comunicarse. Necesitan likes, respuestas inmediatas. Si pasa un tiempo sin tenerlas empiezan a mandar “holas” a varios de sus conocidos y se desesperan si no les responden en el acto. Es ansiedad por la inmediatez.

Dice Sineki que una respuesta a un mensaje, un like en Instagram o en Facebook, genera dopamina que es la hormona del bienestar. Y produce adicción. La misma que produce el alcohol, fumar o apostar. En dosis prudentes no es nocivo pero en altas tiene consecuencias preocupantes.

Para el consumo de alcohol, el juego o determinadas drogas hay restricciones según la edad, pero no para el uso de las redes o el celular.

Las relaciones son casuales y los chicos no tienen el ejercicio de la amistad profunda, no cuentan con sus amigos, solo se divierten con ellos. No tienen los mecanismos para lidiar con el estrés.

Frente a la angustia de la adolescencia no acuden a una persona, buscan un aparato. Las redes les ofrece un alivio temporal.

Esa recompensa instantánea se traslada a todo.

Cuando buscan trabajo no saben esperar, no tienen paciencia. No escalan la cima.

En el peor de los casos, dice Sineki: aumento de suicidios, sobredosis de drogas; en el mejor, responder que todo está bien: el trabajo, sus amigos, su pareja, pero sin pasión, sin entusiasmo, sin profundidad, sin compromiso.

Esa es la generación con la que cuento para trabajar. No está claro si son millennials (o generación Y) o algunos ya rondan la Z, para mí son los jóvenes de hoy.

En muchas cosas me sorprenden, son brillantes, pero es difícil incorporarlos a una rutina y un compromiso. Pienso que los padres deberíamos empezar a cuestionarnos su educación. Dejar de hacerlos creer que son unos genios y enseñarles que el camino es duro y que está bueno lucharla. Disfrutar de esa subida de a poco.

Cuando digo esto, empiezo a sospechar que se está expandiendo un virus millennials, de alto nivel de contagio, porque cada vez somos más los baby boomers adictos a las redes: pendientes del teléfono, de los likes, de la respuesta a un mensaje. Ni digo de  todos los de mi generación que se aferraron a Facebook como compañía y comparten todo lo que encuentran leyendo solo el título. Y entonces un perrito que buscaba hogar en 2016 se republica hoy, y el teléfono que dieron de referencia no deja de sonar cuando el can ya tiene dueño, es casi abuelo, o habrá muerto.

Ya nadie se ocupa de entrar en detalles. Todo da igual. ¡Clic y arriba! Una noticia de una nueva droga que cura enfermedades mortales y que al leer el artículo no hay ninguna prueba de su eficacia, otra de un premio que ya se otorgó hace años. Y Facebook feliz porque se enriquece cada vez que comparten cualquier cosa.

Pasa igual a nivel de cualquier profesión. Los médicos ven diez minutos a su paciente, hacen la receta, indican estudios que después ven en otros diez minutos. Pero no tienen en cuenta las otras especialidades que lo están viendo, ni la medicación que están tomando, no se sienten obligados a sospechar nada, son empleados administrativos de sanidad. Pobre el paciente que no es criterioso y no duda del profesional que lo está atendiendo.

Un libro se publica sin un trabajo de edición serio, con errores imperdonables, la literatura entretiene sin que importe su calidad.

Los periódicos ya no cuentan con correctores, entonces suben artículos plagados de faltas ortográficas o gramaticales. ¡Qué importa, si la idea se entiende!

Los escritores solemos tipear mal, repetir palabras, dar un traspié con la gramática. Es imprescindible el trabajo de edición. Me siento muy bien cuando alguien más mira lo que he escrito y se da cuenta de errores que se me pasaron por alto. Por respeto al lector que es el ilustre destinatario de nuestro trabajo.

No da lo mismo cualquier cosa. Una coma puede cambiar el sentido de una frase, un acento el de una palabra, un resultado de un test o de un análisis no puede ser mirado a la ligera ni pasado por alto. No es lo mismo que una frase la haya dicho Borges o un desconocido que escribe sobre autoayuda. No es lo mismo lo que decía Mafalda, la de Quino, que la que hoy hacen hablar haciendo uso de sus ilustraciones.

Me siento una alienígena en un mundo millennial. @mundiario

¿Qué pasa con los millennials a la hora de trabajar?
Comentarios