De pulmón del planeta a pozo de petróleo: el Congo entrega su selva a la industria fósil
El Gobierno de la República Democrática del Congo (RDC) ha lanzado una ofensiva sin precedentes: más de la mitad de su suelo, incluyendo 67 millones de hectáreas de bosque virgen y el mayor complejo de turberas tropicales del mundo, ha sido puesto a concurso para la explotación de petróleo y gas. El anuncio no solo sacude las fronteras africanas, sino que pone en jaque la estabilidad climática de todo el planeta. Porque lo que se juega en el corazón del Congo no es únicamente un negocio de hidrocarburos: es el futuro de la biodiversidad y de los equilibrios ecológicos globales.
El país, que ya produce 18.000 barriles diarios gracias a la empresa franco-británica Perenco, busca ahora expandir su mapa energético hacia el interior, en territorios hasta ahora preservados. Las cifras hablan por sí solas: 52 bloques licitados, 124 millones de hectáreas en juego y comunidades enteras expuestas a un modelo que en Muanda —ciudad costera y petrolera— ya dejó huellas de aguas contaminadas y enfermedades respiratorias.
La contradicción es sangrante. En Davos, a principios de año, el Ejecutivo congolés se presentaba como abanderado de la sostenibilidad al anunciar un corredor ecológico para proteger 100.000 km² de selva intacta. Pero ahora, el 72% de ese mismo proyecto “verde” quedaría anulado por los bloques petroleros. La estrategia parece ser vender dos caras opuestas: la del país que promete empleo limpio y futuro renovable, y la del Estado que abre sus bosques primarios a las perforadoras.
El trasfondo político tampoco es menor. Estados Unidos presiona para arrebatar influencia a China en el país más rico en recursos estratégicos del continente. El propio Gobierno congoleño reconoce que está construyendo un “entorno legal atractivo” para las compañías norteamericanas. Lo que se ofrece no es solo petróleo, sino acceso preferencial a un territorio crucial en la geopolítica de la transición energética.
Un pulmón del planeta en peligro
Según señala El País, la cuenca del río Congo es mucho más que un mapa verde en el corazón de África. Es la segunda selva tropical más grande del mundo después del Amazonas y un hábitat único para gorilas, bonobos, elefantes y aves endémicas. Además, sus turberas —del tamaño de Inglaterra— almacenan una cantidad colosal de carbono que, si se libera, multiplicará la crisis climática global. Apostar por extraer petróleo allí es, en la práctica, elegir acelerar el colapso climático.
Desde la campaña Nuestra Tierra Sin Petróleo, activistas como Pascal Mirindi advierten que se trata de “una amenaza directa a 39 millones de congoleses y al equilibrio climático del planeta”. Para ellos, lo que se esconde detrás de las licencias no es desarrollo, sino la perpetuación de un modelo extractivo opaco, en el que los beneficios se concentran en manos de élites políticas y corporativas mientras las comunidades cargan con contaminación, pérdida de territorios y deterioro de la salud.
La paradoja del desarrollo
El argumento oficial es el de siempre: ingresos, empleo, modernización. Pero las alternativas están ahí. El río Congo tiene un potencial hidroeléctrico capaz de abastecer de energía limpia a gran parte de África. Sus minerales estratégicos podrían sostener la transición hacia tecnologías verdes. En lugar de convertirse en la nueva frontera del petróleo, el país podría liderar la revolución renovable. La pregunta incómoda es por qué insiste en atarse a un modelo caduco.
Lo que hoy se debate en Kinshasa refleja una contradicción más amplia: la tensión entre la urgencia climática y la inercia de un sistema económico aún dependiente de los fósiles. El Congo, con su riqueza natural y su fragilidad institucional, se convierte en un laboratorio de esa disputa. Si triunfa la lógica del petróleo, no solo perderán los congoleses, sino el conjunto del planeta.
La RDC está ante una decisión histórica: puede ser el país que abra la puerta a la destrucción de uno de los mayores sumideros de carbono del mundo o convertirse en emblema de un desarrollo verde y justo. Lo que está en juego no es un contrato de hidrocarburos, sino la posibilidad de elegir entre dos futuros: el de la riqueza inmediata y fugaz o el de la vida sostenible para millones. Y esa decisión, aunque parezca lejana, nos afecta a todos. @mundiario