Prince, rabiosamente ochentero: la condición inexorable que le convirtió en mito

Prince
Prince.

María Fidalgo Casares, experta en los 80, concluye que fue esta década la máxima responsable del auge y desarrollo del gran Prince, porque le permitió ser él mismo y convertirse en el mito que es hoy.

Prince, rabiosamente ochentero: la condición inexorable que le convirtió en mito

La crítica ha sido unánime en reconocer a Prince Roger Nelson ( Minneapolis, Minnesota, 1958 - Chanhassen, 2016 ) Prince, el príncipe de Minneapolis, como uno de los gigantes de la música de las últimas décadas. Fue de los artistas más innovadores de su tiempo y tras su sorpresiva muerte, centenas de artículos han inundado redes y periódicos que han recordado con detalle su figura y trayectoria. 

Sin embargo, pocos han señalado una de las características que no sólo le definió y le elevó a la condicion de estrella, sino que fue la condición sinequanum que le haría pasar a la posteridad: su ochentismo a ultranza y en grado superlativo.


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Prince.

 

Prince versus Jackson

Con la desaparición de Prince, no sólo se va un artista espectacular que tuvo una visión rabiosamente  transgresora. Durante toda esa década, fue uno de los músicos de referencia que gestó lo que llegó a conocerse como sonido Minneapolis, una mezcla del funky, soul, psicodelia, newwave, rock y rythm and blues. Su calidad técnica iba unida a una estudiada imagen, que en los 80 era un sello de personalidad indisoluble a la calidad musical, una refulgente estética fuera de lo común que lo convirtió en un poderoso icono del pop de los 80, el pop más puro y perfecto. Una obra maestra de la estética en la que aunque Bowie fue su principal antecesor, sería Jackson su continua referencia y el continuo paralelismo. Una dicotomía Rey- Principe, Jackson versus  Prince,  Motown versus Minneapolis. Prince se presentaba como un producto mucho más intelectualizado y completo: cantante, arreglista, instrumentalista, productor, coreógrafo  y con aura de autor  frente al Rey Jackson, de una genialidad insuperable, pero mucho más comercial

Prince tuvo la suerte de poder interactuar en la década de mayor libertad en la imagen. Bisutería,  lencería, metales, terciopelos, tacones, cuero, maquillaje y las pieles, jugaban permanentemente a la ambiguedad, androginia, el kitsch y la transgresión. Algo que jamás fue cuestionado,  y a lo que no se le ponía etiqueta, simplemente era Prince.  Porque los 80 eran tan abiertos y hedonistas que hasta una estética que en una visión actual resulta tan aplastantemente gay como la de Prince, jamás fue criticada, ni casi señalada, En los 80 se vivió la música de una forma existencial, sin cortapisas y fueron su espacio natural, los que le permitieron ser quien fue y  desarrollar su arte en plena libertad. Si hubiera surgido como artista en otra década posiblemente su talento no hubiera emergido como lo hizo o al menos no hubiera tenido esa repercusión ya que dudamos muy mucho que en las décadas siguientes  las discográficas hubieran apostado por el.

Hoy un hombre de metro y medio, voz de falsete, andrógino, con pañuelos en la cabeza y estética nueva romántica con trajes de boda de Farruquito, sumado a  unos bailes cimbreantes de bailarina oriental... siendo sinceramente demoledores casi sería el hazmerreír para una juventud que supuestamente está mucho más educada en valores de igualdad y antihomofobia. Hoy alguien como él en España hubiera quedado para poco más que cantar para el orgullo gay o en el Bagdag café y en USA para los ambientes de San Francisco y su talento difícilmente hubiera brillado. En el exitoso artículo sobre Bowie en MUNDIARIO David Bowie y su influencia en la intrahistoria de la movida de los 80  también señalábamos que aunque los mejores temas de Bowie  se adscribían a los 70, en su época  tuvieron poca repercusión y fue en los rutilantes 80 cuando se difunden de forma masiva y  adquieran su plenitud y reconocimiento

Los 80, una década ambivalente

En relación a los 80, al margen de la libertad, desde el punto de vista musical es muy significativo que con la muerte de Prince, en los obituarios y las "revisitas"  a su amplia discografía - casi 40 discos y siete grammys -  todos los críticos sin excepción alguna al seleccionar el top de sus mejores canciones, coincidan en situarlas en los 80. Una década que musicalmente ha sido siempre "cuestionada" en el mejor de los casos y en la que pocos críticos hasta la fecha han escrito a su favor (¿No es hora ya de que se bajen del burro?).

Porque la superioridad de la producción de los 80, en una visión global de cuatro décadas, no sólo ha pasado con los temas propios de Prince, sino también en los que hizo para otros u otros popularizaron como es el caso de Cyndie Lauper, el de su sincopado Kiss que permitió emerger al entonces desfasado Tom Jones, y cabalgando en los 90 también el mejor disco de Martika.  Todo ello sin olvidar el divino y ya eterno tema “Nothing Compares to you” de Sinead O'Connor que pasará a la posteridad como una de las baladas de amor más hermosas de todos los tiempos.

Hoy revisitar los mejores temas de Prince o Bowie es un viaje no sólo a los mejores 80 internacionales, sino a lo mejor de la historia de la música, como lo será cuando falten Collins, Elton John, o Sting cuya visión retrospectiva nos volverá a llevar a la misma década, aunque siguieran haciendo música 30 años después.

Por mucho que los críticos no se rindan a la evidencia, los 80 fueron un sueño.  El sueño musical maravilloso del que Prince y muchos otros no quisiéramos haber despertado jamás.

Prince, rabiosamente ochentero: la condición inexorable que le convirtió en mito
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