El precio de la negligencia: la tormenta que arrasó un campamento infantil en Texas

Las devastadoras inundaciones en el centro-sur de Texas, que ya han dejado al menos 68 muertos —entre ellos 21 niños—, no solo son una conmoción por su magnitud, sino también una llamada de atención sobre la creciente fragilidad del equilibrio entre la naturaleza, la prevención institucional y la respuesta política.
Inundaciones en Texas. / X.
Inundaciones en Texas. / X.

Las imágenes son desgarradoras: niños arrastrados por las aguas, padres buscando desesperadamente noticias en redes sociales, helicópteros sobrevolando un paraje desbordado de angustia. Lo ocurrido en el condado de Kerr, Texas, no es simplemente una "tragedia natural". Es un acontecimiento que habla tanto de la violencia climática que se está volviendo rutinaria como del déficit de preparación institucional ante eventos extremos cada vez más frecuentes. La política del consuelo fácil y la ayuda tardía ya no basta.

En apenas unas horas, el río Guadalupe creció ocho metros y arrasó con todo a su paso. Entre los afectados, un campamento cristiano de verano con 750 niñas. De momento, 21 menores han muerto y varias continúan desaparecidas. Entre ellas, Janie Hunt, de nueve años, cuya historia —como tantas otras— resume el dolor de una comunidad que ha sido sorprendida por una fuerza que no entiende de calendario ni de inocencias.

Las autoridades, con la Guardia Nacional y la Guardia Costera al frente, se volcaron con rapidez en las labores de búsqueda y rescate. El vicegobernador Dan Patrick prometió remover "cada piedra" para dar con las niñas desaparecidas. Pero estas palabras, pronunciadas cuando ya se acumulaban los cadáveres, resuenan más como gesto de buena voluntad que como prueba de un sistema que haya funcionado de forma eficaz.

La lluvia que cayó esa noche equivalía a casi la mitad del total anual de precipitaciones en la zona. ¿Se podía prever? Probablemente sí. ¿Se podía evitar la tragedia? No del todo, pero es legítimo preguntarse por qué un campamento con centenares de niñas no fue evacuado a tiempo. ¿Dónde estaban los protocolos? ¿Dónde estaba la alerta temprana? ¿Dónde la inversión en sistemas de control fluvial y drenaje?

La gobernación de Texas declaró el estado de desastre con rapidez, y el presidente Donald Trump no tardó en aparecer en redes con su habitual retórica de apoyo: "Una situación terrible", "Dios bendiga a Texas", "nuestros socorristas están haciendo un trabajo increíble". Palabras que poco consuelan cuando las políticas climáticas han sido desmanteladas sistemáticamente, y cuando la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA), llamada a gestionar este tipo de crisis, atraviesa un proceso de debilitamiento impulsado desde su propia cúpula.

La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, ha reconocido que FEMA está "en riesgo de desmantelamiento", al tiempo que ha defendido que los Estados deberían gestionar por sí solos sus emergencias. Un planteamiento que suena más a declaración ideológica que a estrategia viable ante catástrofes de esta magnitud.

Mientras tanto, las redes sociales se han llenado de fotografías de menores desaparecidos. Las familias, atrapadas entre la desesperación y la impotencia, claman por información, por recursos, por explicaciones. Y sobre todo, por certezas: ¿estaban seguras sus hijas? ¿Hizo el campamento todo lo que estaba en su mano? ¿Y el Estado? ¿Se está aprendiendo algo de este desastre?

La emergencia climática ya no es un horizonte lejano: es presente continuo. Los fenómenos extremos no golpean solo a los países del Sur Global ni son episodios ocasionales. También arrasan con violencia comunidades rurales de Estados Unidos, y especialmente a quienes menos margen tienen para protegerse: niños, ancianos, familias de ingresos bajos.

Pero si algo ha demostrado la tragedia de Kerr es que no basta con buscar culpables después. Las sociedades que no invierten en prevención, que minimizan el cambio climático, que recortan presupuestos de protección civil, están condenadas a repetir estas escenas con mayor frecuencia. El dolor será siempre el mismo. La pregunta es si estamos dispuestos a dejar de mirar hacia otro lado.

Las niñas del Camp Mystic merecían algo más que oraciones en X y promesas vacías. Merecían un sistema que funcionara, un Estado que las protegiera y una clase política que entienda que la seguridad climática no es una opción, sino una prioridad de civilización. Porque la próxima inundación ya no es cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo. Y cuántas vidas más nos costará la negligencia. @mundiario

 

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