El poder terapéutico de los pequeños gestos, tras la tragedia de Santiago

Flores en recuerdo de las víctimas de la tragedia de Santiago.
Flores en recuerdo de las víctimas de la tragedia de Santiago.

Cuando Nueva York padeció la masacre de las Torres Gemelas el impacto emocional colectivo fue tan grande que los ciudadanos experimentaron un cambio en su comportamiento.

El poder terapéutico de los pequeños gestos, tras la tragedia de Santiago

Cuando Nueva York padeció la masacre de las Torres Gemelas (donde murieron, recordemos, 2.973 personas, en una población, la de Manhattan, de algo más de un millón y medio), el impacto emocional colectivo que siguió a aquella desgracia fue evidente, enorme. Los neoyorquinos, acostumbrados siempre, en su frenético día a día, a vivir cada uno a lo suyo y jamás reparar en lo que le pueda suceder al vecino, experimentaron en su comportamiento un cambio aparentemente trivial, pero que era mucho más trascendente: “Empezamos a saludarnos en los ascensores. Simplemente esto”, contaban las crónicas en las semanas siguientes a aquella tragedia del 11-S de 2001. Un saludo en el ascensor. Solo un gesto.

El jueves 25 yo no me atreví a pasear por la ciudad de Santiago. Compostela nos acoge amante todos los festivos del año, cuando la recorremos en familia o con amigos por calles y parques. Pero el jueves, no. Huimos muy cerca, a las aguas que bajan del río Tambre, en la parroquia de Tapia (Ames). Pero llegamos allí y un cansancio hondo se apoderó de nosotros. El cuerpo solo pedía estar sentado y callado. Más tarde, ya al atardecer, fuimos a la Estación del Tren. A las 20:42 horas, cuando se cumplía un día exacto de la tragedia de Angrois, cientos de personas habíamos sigo convocadas para compartir quizás únicamente la desesperanza. Más también ese valor terapéutico de estar juntos en lo peor. Cientos de personas mirando al suelo y un aplauso que nadie quería concluir. Un gesto.

Compostela era una ciudad violentada. Con enormes huecos y miradas bajas. Y un bochorno que caía pegajoso sobre nuestras cabezas. Esas cabezas que no dejaban de pensar: “¡Qué dolor para toda esa gente, y que espantoso azar es nuestro existir!”.

Cada uno buscó algo de sosiego donde pudo en las horas y jornadas siguientes. Por ejemplo, en el poder, también terapéutico, de las palabras, de las reflexiones. El escritor Suso de Toro hablaba “del asombro de estar vivos aquí”. Helena Villar Janeiro, desde su muro en Facebook, decía: “Iremos tratando de olvidar este drama colectivo porque la vida vuelve a la apariencia de normalidad”. El poeta Ribadulla Corcón componía unos versos titulados “Angrois”: “Manos sobre manos para constituir la esperanza imposible”. Y el periodista y escritor Miguel Anxo Murado concluía su crónica para el periódico inglés The Guardian con una reflexión que nos lleva a la autocrítica: “De todo habrá que hablar después de esto. También de nuestra ansia por querer ir cada vez más rápido”.

El gesto mínimo de saludarse en los ascensores. Como en Manhattan. O una mirada de complicidad. Cualquier indicio de camaradería, mientras pensamos: “Estamos aquí vivos, un día más, tú y yo. Y debemos estar bien, solo por eso. Ninguna otra cosa merece la pena”.

El poder terapéutico de los pequeños gestos, tras la tragedia de Santiago
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